«Mi popularidad se la regalo a quien la quiera. Es un peaje justo, pero grande»

El cantante Leiva, en Madrid. / VIRGINIA CARRASCO
El cantante Leiva, en Madrid. / VIRGINIA CARRASCO

Leiva aterriza en el recinto ferial de Gijón el viernes para presentar 'Nuclear'«Admiro la parte punk que tiene el trap a la hora de decir lo que les da la gana y donde sea. Es algo que estamos perdiendo»

PABLO SUÁREZGIJÓN.

Se le nota calmado, en paz, pero no pierde un ápice del deje intenso, a veces pasional, que envuelve cada una de sus expresiones. José Miguel Conejo Torres, 'Leiva', (Madrid, 1980), bandera del rock patrio, madrileño de pro y músico de guardia a tiempo completo, atiende al diario EL COMERCIO desde el aeropuerto de Bilbao, a punto de volver a casa. «Si puedo, intento no coger aviones. Estos todavía, pero los transoceánicos no me molan nada», comenta. Hay miedos que no terminan de irse. Otros, ya se esfumaron hace tiempo.

-Cuatro discos en solitario y una carrera consolidada. ¿Se acerca Leiva a lo que quería ser Miguel?

-Bueno, a la hora de hacer música ni mido las consecuencias ni persigo nada. Trato de seguir un camino musical que se parezca a lo que yo quiero hacer. La verdad es que si lo he encontrado ha sido al ir restando elementos. Me he dado cuenta de que menos es más, tanto musicalmente como a la hora de tomar decisiones. Voy reduciendo elementos en mi carrera y encontrando lo que más me gusta. También está muy bien ese punto de recordarte por qué empezaste. Tratar de reducir pirotecnia en todos los sentidos es el lugar donde me siento tranquilo y donde me gusta estar.

«Me conmueve mucho ver el efecto que tiene una canción en alguien que no conoces de nada»«Las redes son como un tenedor. Puedes usarlo para comer o para descuartizar a alguien»

-Defiende el concepto de 'felicidad moderada'. ¿Cómo se llega ahí?

-Yo he aprendido con los golpes. Estar histérico de felicidad es algo que me ha ocurrido mucho, esas curvazas que solo conducen a una histeria general. Tengo la sensación de que con el tiempo vas encontrando un lugar real, un estado que consiste en que la felicidad es estar día a día sobreviviendo y encontrando un equilibrio donde no siempre se está bien o no siempre se está mal. No se puede vivir intentando convertir cada momento en algo especial, porque acabas sin pila. Estoy descubriendo ese punto.

-¿Qué emociona a quien se dedica a emocionar?

-(Resopla). En un escenario la verdad es que, hasta que una gira no está muy avanzada, lo que haces es tratar de salvar cada show. La emoción tarda en llegar. En mi caso, cuando estoy tocando, suelo mirar a un punto fijo. Una persona en concreto. Apuntas y te diriges a ella. Me fijo mucho en la reacción de esa persona durante el concierto y me suele conmover mucho ver el efecto que tienen las canciones en alguien que no conoces y que probablemente nunca conocerás personalmente. Hay algo, como un movimiento corporal reaccionando a tu música, que a mí me conmueve un montón.

-¿Es la fama el precio a pagar por hacer lo que le llena?

-En mi caso, sin duda. Para mí la popularidad es un peaje grande, pero no puedes meter 30.000 personas en Madrid y luego bajar a tomar una cerveza en Malasaña y que nadie te conozca. Hay que asumirlo y entenderlo. Es justo que ocurra.

-¿De verdad lo es?

-Bueno, yo vivo de la música y hay miles de personas que vienen a verme. Hay que ser equilibrado con lo que te da la vida. Una cosa es que sea justo y otra que disfrute con ello. Mi popularidad se la regalo a cualquiera. No me divierte ni me aprovecho para nada de ella. No entro y salgo de lugares VIP porque no es el terreno donde me muevo. Pero es tal el privilegio que tenemos los que podemos llegar a vivir de la música que creo que es un peaje justo.

-En este sentido, ¿son las redes sociales un mal necesario o solo un mal?

-No me aventuro a juzgarlo. Las redes sociales son como un tenedor. Tú puedes utilizarlo para llevarte algo a la boca o para descuartizar a alguien. Son maravillosas como herramienta de comunicación, para eliminar filtros, pero la parte Gran Hermano es peligrosa. Hay un punto de búsqueda de aceptación que no cultiva nada el mundo interior, cultiva mucho el ego, y eso es la antítesis a la felicidad. A mí me angustiaría estar ahí, pero hay gente que lo hace y le va bien.

-¿Se nota en la música la presión de lo políticamente correcto?

-Sí que estamos en un momento en el que hay como una necesidad de ametrallar a cualquiera. La gente está con la ametralladora cargada y nos estamos haciendo muy asépticos a la hora de hablar. Tenemos miedo a ofender a algún colectivo. Por ahí va la parte que más admiro del trap. Les veo más libres, más punk. Las entrevistas que más me interesan son las que hace la gente del trap. No es que me guste todo lo que dicen, pero hablan libremente y me interesa escuchar ese punto punk de decir lo que te apetece, como te apetece y donde te apetece. Eso lo estamos perdiendo.

-Su música ha bebido mucho de Madrid. ¿Cómo ve el cambio político que vive la ciudad?

-Con tristeza. El cambio es a peor, sin duda. Solamente el conjunto de ideologías que va a gobernar Madrid se aleja mucho de lo que yo entiendo por ser libres y solidarios. No puedo entender que alguien quiera sentarse a pactar con un partido ultra, franquista y peligroso. Se aleja de lo que yo concibo como un mundo mejor y más justo.