«Vine por la música, vuelvo por la gente»

Ángel Tello (oboe), Libia Olivera (violín), Ariadna Landrove (flauta) y Constança Pereira (cantante). / ÁLEX PIÑA
Ángel Tello (oboe), Libia Olivera (violín), Ariadna Landrove (flauta) y Constança Pereira (cantante). / ÁLEX PIÑA

La Fundación Princesa inaugura sus cursos de verano en el Conservatorio Eduardo Torner | Jóvenes intérpretes de distintos países conviven una semana en Oviedo, donde reciben clases magistrales y acuden a conciertos y recitales

ANA RANERAOVIEDO.

En el vestíbulo del Conservatorio Superior de Oviedo Eduardo Torner se escuchan las presentaciones de quienes llegan por primera vez y los reencuentros de los que ya coincidieron el año pasado. De fondo, suena un piano y, ajenos a su melodía, los alumnos se afanan, nerviosos, en llegar puntuales a las primeras clases. Todos caminan con sus instrumentos a cuestas con la ilusión de disfrutar de una semana de formación musical gracias a los cursos de verano que ofrece la Fundación Princesa de Asturias.

Ariadna Landrove,Libia Olivera, Ángel Tello y Constança Pereira son ejemplo de la pasión por la música que trae a Asturias a jóvenes de todo el mundo cada verano, 135 este año. Los cuatro llevan desde niños dedicando su vida a ensayar, aunque cada uno comenzó de una forma distinta. Ariadna Landrove empezó tocando la gaita en Narón (La Coruña), su pueblo, cuando tenía seis años y, un año más tarde, ya se apuntó al conservatorio, donde se inició con la flauta, instrumento con el que ha continuado hasta hoy. Ángel Tello se matriculó en la escuela de música de Tuéjar (Valencia) a los siete años y su profesor le recomendó que tocara el oboe. «Me dijo que no había ningún oboísta en el pueblo, así que decidí aprender yo». La sevillana Libia Olivera no sabe muy bien cómo ha llegado hasta aquí. «Fue todo por casualidad, mis padres me preguntaron que si quería ir a música. Yo tenía cinco años, o sea que no sé por qué dije que sí. Al poco tiempo me animaron a que eligiera un instrumento y escogí el violín, también sin tener ningún motivo para tomar esta decisión». La mozambiqueña Constança Pereira es la única de los cuatro que no toca ningún instrumento, ella es cantante. «Lo hago desde que nací, no podría decir cuándo empecé porque lo he hecho siempre».

Ninguno de ellos se plantea renunciar a la música en el futuro, «es lo que nos hace felices, es nuestra vocación», explican, pero cada uno tiene en mente proyectos distintos. Ariadna acaba de terminar Secundaria. «En septiembre empiezo Bachiller, me gustaría hacer el Curso Superior de flauta y Musicología y Composición»; a Ángel, sin embargo, le llama la atención la docencia: «Me he matriculado en Valencia para empezar dos carreras, Pedagogía y Magisterio. Son profesiones que podré compaginar con la música». Libia quiere terminar el Curso Superior y cuando termine le «encantaría buscar trabajo de algo relacionado con la música. Aunque no lo parezca, hay bastantes salidas, pero son muy desconocidas. Todavía no tengo claro a qué me quiero dedicar exactamente». Constança tampoco sabe qué hará. «Yo acabo mi formación escolar el año que viene y, aunque cantar es mi pasión, todavía no sé cuáles son mis planes de futuro».

Casi todos los que vienen una vez a estos cursos vuelven, y es que, para ellos, «es muy especial entrar en la cabina y tocar una obra juntos o pasar el rato entre músicos, hablando de alguna pieza, es un ambiente en el que todos tenemos algo en común». A lo que Libia añade: «Yo me he dado cuenta de que, más que por la música, vengo por las personas, al final es con lo que más disfruto». Ángel, de hecho, llevaba varios veranos intentando apuntarse. «Nunca podía y este año por fin me quité la espinita, voy a aprovechar la semana». Constança descubrió estos cursos gracias a internet: «Pensé que era una oportunidad de conocer otra realidad, es una ciudad muy distinta a la mía, pero el idioma que se habla es el mismo, el musical». Los cuatro están de acuerdo en que regresarán, incluso quienes acaban de llegar. Ángel aclara por qué sabe que querrá repetir. «Tengo amigos que han venido y todos me han dicho que aquí se aprende mucho de música, pero también de los compañeros».

Los alumnos dedican cinco horas a lo largo del curso a clases de instrumento, otras cinco a clases colectivas y, además, tienen Orquesta y alguna asignatura optativa. Pero, pese a tener que trabajar duro, los cuatro están de acuerdo: «No nos importa, lo hacemos porque nos gusta. Además, tenemos también mucho tiempo libre y conocemos gente con las mismas inquietudes».

Los alumnos tienen por delante una semana en la que irán poniendo melodía a sus días de verano, hasta que llegue la hora de despedirse y contar el tiempo que falta para volver a verse el próximo año.