El paraíso roteño de Ángel González

El poeta asturiano, a la guitarra, flanqueado por Sabina y Felipe Benítez Reyes, en 2005. / E. C.
El poeta asturiano, a la guitarra, flanqueado por Sabina y Felipe Benítez Reyes, en 2005. / E. C.

Un libro recorre las anécdotas de los veranos que el poeta asturiano pasó en Cádiz junto a amigos como Joaquín Sabina o García Montero

A. VILLACORTAGIJÓN.

«Nuestros veranos son como los de casi todo el mundo. Calurosos, poco madrugadores, un poco más sedientos, ociosos hasta cierto punto. Nos vemos con frecuencia, pero no a todas horas ni todos los días, porque también sabemos ser cargantes. Hay quienes dan por hecho que nos pasamos dos meses de orgías romanas, y no creo que haya que quitarles la ilusión. Ya sabe usted: la verdad también se inventa», resume el poeta Felipe Benítez Reyes sus estíos en la localidad gaditana de Rota. Un enclave de 30.000 habitantes junto a la bahía de Cádiz tan exótico -tiene hasta una base militar estadounidense- que terminó por reunir a un grupo de músicos y literatos liderado por el propio Benítez Reyes (roteño de nacimiento), cuya cara más visible es Joaquín Sabina y que tuvo en el ovetense Ángel González a su patriarca hasta su fallecimiento en 2008.

Las anécdotas de sus veranos compartidos han sido recogidas en un libro firmado por Francisco Sierra Ballesteros y titulado 'Joaquín Sabina y el club de Rota' que publica Renacimiento. «Un testimonio de la amistad -forjada a base de versos- entre el cantautor más grande del mundo hispanoparlante y algunos de los mejores literatos del país», en palabras del propio autor.

Todo empezó siguiendo los pasos de Benítez Reyes, que fue como llegaron a Rota Luis García Montero y Almudena Grandes, a los que siguió Benjamín Prado y el de Úbeda acompañado de Jimena, su mujer. «Si a la ecuación añadimos el hecho de que José Manuel Caballero Bonald veranea en Sanlúcar de Barrameda (a veinte kilómetros de Rota) desde que era niño, y tenemos en cuenta que Eduardo Mendicutti nació en esta misma población vecina allá por el año 1948, empezamos a tener un caldo cultivo perfecto para que los lazos de amistad se estrechen entre whiskys, versos y cenas y familia», relata el libro.

Ángel González -el único que no se compró casa allí- se incorporaría luego como huésped ilustre verano tras verano. «En la casa de Luis García Montero y Almudena Grandes, la cama del autor de 'Deixis en fantasma' tenía el estatus de innegociable». Porque, en seguida, se convirtió en imprescindible. En palabras del editor Chus Visor: «Muy posiblemente Ángel González era la persona que más queríamos todos individual y colectivamente».

Tanto, que pronto se ganó un apodo cariñoso: «Solían llamarlo Aristóteles, debido a cierta semejanza con el filósofo». Un asunto que el asturiano se tomaba con humor. Como aquella vez que «le adjudicaron el nombre del pensador griego en un chiringuito, a lo que González no pudo sino exclamar, cargado de ironía, un escueto '¡No se puede ser tan famoso!'».

Pronto, el ovetense se convirtió en uno de los protagonistas de farras interminables en las que Sabina le hacía «de telonero» y hasta de guitarrista, autodenominándose «el Tomatito de Ángel». Y, al concluir el estío, siempre la misma despedida antes de regresar a la vida cotidiana, que para el poeta transcurría en Albuquerque. Pero no sin una última fiesta en la que «los asistentes cantaban, entre tragos largos, algo así como '¡No, no, no, no, Albuquerque no more!'».