Poca tontería y mucha diversión

El humorista catalán Berto Romero, ayer, en plena acción en Avilés. /  FOTOS: OMAR ANTUÑA
El humorista catalán Berto Romero, ayer, en plena acción en Avilés. / FOTOS: OMAR ANTUÑA

Berto Romero llenó hasta la bandera el auditorio del Niemeyer riéndose del absurdo cotidiano

PABLO A. MARÍN ESTRADA AVILÉS.

Solo ante el peligro y únicamente arropado por momentos por el guitarrista Iván Lagarto sale el cómico Berto Romero al escenario con su último espectáculo, 'Mucha tontería', que ayer llevó al auditorio del Centro Niemeyer, llenándolo hasta la bandera de espectadores que en gran parte venían ya de casa imbuidos por su condición de fans del humorista catalán. Todos, devotos junto a los escasos primerizos o poco avezados a su ingenio, disfrutaron de lo lindo de un show repleto de motivos para despertar la risa sana o la carcajada más desatada.

Empezó piropeándolos en su estilo: «Sois la élite de Avilés porque podéis pagar la entrada sin caer en la indigencia». Y, tras las risas, otra puñalada: «Esto ya lo dije la otra vez. Y ahora pensaréis: 'Este nos mete lo mismo'. No. No es la misma mierda. Esta es nueva».

Así, en compañía de sí mismo y de sus muchas tablas o de otros cómplices -como su pareja profesional más duradera, Andreu Buenafuente- a Romero no le hace falta otro aparataje escénico que el de su propio ingenio y una admirable capacidad para lograr eso que hoy llamamos empatizar con los demás. Sus reflexiones van dirigidas al común de la humanidad: «¿Cuándo se puede empezar a gritar si hay turbulencias en un avión?». Y, desde ahí, apela a los miedos cotidianos, como «a ese público que te susurra por la calle: 'No sabes quién soy, pero yo sí'».

Se mete con los calvos, los gimnasios y la incómoda promiscuidad de sus vestuarios y con la dificultad de mantener la dignidad en las piscinas frente al «increíble hombre anfibio», que, de repente, lo reconoce: «¿Tú eres Berto?, ¿qué haces aquí?, ¿por qué no vas a una piscina de ricos?». Y hasta habla con Dios moviendo a la hilaridad al personal.

Lo consigue solo con aparecer en escena y soltar una frase, pero no por resultar gracioso a simple vista o comenzar haciendo ninguna pirueta -los recursos de los malos caricatos-, sino porque sabe defender su papel cómico desde que pisa el escenario con la misma autoexigencia que un científico explicaría sus trabajos frente a un auditorio de colegas del más alto nivel. Lo suyo es más llevadero porque el humor tiene la virtud de jugar con la improvisación según se ve respirar en las butacas y en eso también es un auténtico experto.

Tal vez una de las claves del éxito que ha ido cosechando el barcelonés resida en su falta de afectación a la hora de buscar la chispa del público: ni exagera el gesto ni lo que cuenta. Resulta todo natural, sin necesidad de recurrir a grandes disparates, porque la propia realidad cotidiana ya ofrece al humorista y a quien lo escucha el suficiente arsenal de absurdidad hilarante. Se trata solo de compartirlo con gracia. Algo nada fácil y, de ahí, su fortuna en los escenarios.

Tontería poca y sí mucha diversión ofreció Romero disparando contra todo lo que se mueve a nuestro alrededor y saliendo indemne del tiroteo pese al calibre mortífero de sus balas. Porque eso es el humor: munición para aliviarnos del peso de la vida a base de benditas burradas. Y hoy repite con todo el papel vendido.

 

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