El Quijote, en otra vuelta de tuerca

El elenco de la obra, sobre las tablas del Jovellanos. /  PALOMA UCHA
El elenco de la obra, sobre las tablas del Jovellanos. / PALOMA UCHA

Little Soldier, con la actriz gijonesa Patricia Rodríguez, trajo al Jovellanos un enorme talento ante escaso y muy entregado público

ALBERTO PIQUERO GIJÓN.

'The ingenious gentleman Don Quixote of La Mancha' es el título de la adaptación teatral que Little Soldier representó en la tarde dominical de ayer en el Jovellanos. Hasta ahí, una simple traducción al idioma de Shakespeare del epígrafe que rotuló en lengua castellana la pluma cervantina. A partir de ahí, cualquier coincidencia puede ser mucho más discutible. Porque Little Soldier, compañía fundada y codirigida por la actriz gijonesa Patricia Rodríguez (desarrolla su profesión en Londres, a donde se fue hace doce años tras pasar en Asturias por grupos como Barataria, Higiénico Papel o Quiquilimón) y su colega catalana Mercè Ribot atiende a una fórmula teatral muy ajena al realismo. Es otra cosa, en la que se asoman perfiles de la escuela del 'clown' circense, teatro físico, títeres y música en directo que suena en la guitarra española por la que paseó con delicadeza y virtuosismo sus dedos María Camahort.

El personaje de El Quijote propiamente dicho estuvo encarnado por Stephen Harper, a medias con Mercè Ribot, siendo Patricia Rodríguez el fiel escudero Sancho Panza, y mezclándose los tres, dando silueta incluso a Rocinante. La impresión que transmite la función es la de que está muy conscientemente asumida esta vuelta de tuerca en la que cabe la duda de que quienes manejan la llave de paso se hubieran leído el libro de referencia, lo que ha de interpretarse en términos autoparódicos (en el epílogo se premió con un botellín de cerveza al espectador que supo distinguir cuál de los episodios representados no pertenecía a las páginas inmortales teatralizadas).

Firma la dramaturgia Tiffany Wood, siendo la dirección de Ian Nicholson, bien que la aparente y gozosa espontaneidad de la función pudiera hacer pensar en una improvisación, en la que cupieron coloquios fingidos con el público, batallas de almohadillas y una imaginación escénica deslumbrante. La función se sirvió de lo que podríamos llamar cuatro lenguas, el inglés (traducido en rótulos), el catalán, el castellano y el lenguaje corporal del cuadro actoral sobre una plataforma escenográfica muy funcional. Originales y brillantes, juguetones y seductores, cabe lamentar que tanto talento solo tuviera algo más de cien espectadores, bien que aplaudieran como si fueran un millar.

 

Fotos

Vídeos