Sara Baras deslumbra a Gijón con 'Sombras'

La bailaora desplegó todo su arte sobre las tablas del Teatro Jovellanos. /  FOTOS: JOAQUÍN PAÑEDA
La bailaora desplegó todo su arte sobre las tablas del Teatro Jovellanos. / FOTOS: JOAQUÍN PAÑEDA

El Jovellanos, hasta la bandera, se convirtió en una auténtica fiesta en la que la artista recordó a su abuela asturiana La bailaora gaditana celebró con el público los veinte años que lleva al frente de su compañía

PABLO ANTÓN MARÍN ESTRADA GIJÓN.

En uno de los relatos más célebres de Raymond Carver, el protagonista intenta describir una catedral a un ciego. Algo similar ocurre cuando pretendemos relatar lo que hemos visto y percibido de un espectáculo de baile flamenco con la calidad del que ayer llevaron a un Teatro Jovellanos lleno hasta la bandera Sara Baras y su compañía bajo el título de 'Sombras'. Dos décadas con la empresa artística que lleva su nombre y miles de espectadores del mundo entero deslumbrados ante el arte de la artista gaditana están detrás de esta maravillosa fiesta de los sentidos en la que celebra esos veinte años de trabajo en equipo con bailaores y músicos siempre a la altura de su patrona.

Abrió con 'Sombras', pieza donde explora con su cuadro de baile las vías de la tradición con lo contemporáneo, y con 'Farruca' nos sumergió de lleno en lo hondo de la raíz con un gran Israel Fernández al cante. Muy celebradas por el público fueron el martinete y la serrana. Nos puso en vilo con el zapateado y el vals de Cohen-Lorca, toda una lección de elegancia con su pareja de baile y en la vida real José Serrano, que también se marcó unos tangos soberbios.

En cada nueva pieza seguirían sorprendiendo Baras y sus virtuosos cuadros de baile y música, jugando siempre con esas sombras que le dan todo su esplendor a una grande de las tablas en plenitud de su talento.

¿Podría disfrutar una persona privada de la vista de una función como la que se ofrece en 'Sombras'? No nos cabe ninguna duda de que la arquitectura sonora en la que se sustenta esta catedral y también la pasión -indisoluble de la técnica- con la que la levantan Baras y su cuadro conseguiría transmitir la emoción y la belleza necesarias para gozar de estas casi dos horas de pura magia viva sobre el escenario. Se perdería lo mejor, naturalmente. El juego milimétrico en el que se funden coreografía y música, amparados en la complicidad de la iluminación y los elementos escenográficos -obra del garabatista sevillano Andrés Mérida-, la verdad hecha carne en la expresión corporal de los bailarines y subrayada en la trama de taconeos. Toda la fascinación que es capaz de despertar una creación artística que solo cobra vida en el momento que sucede, en el directo.

Además de un viaje a esos veinte años emocionando en buena compañía, el espectáculo rinde homenaje a la farruca, un palo que siempre ha acompañado a la gaditana y que aquí sirve de alguna manera como hilo conductor a las diversas coreografías.

Como curiosidad, al parecer, se inspira en ritmos que gallegos y asturianos llevaron al sur (sones de ida y vuelta como el garrotín o la xirandilla).

Sara Baras le insufla su fértil energía en el XXI, al lado de su repertorio de bulerías, seguidiyas y alegrías. Y al toque y al cante tradicionales, la diva flamenca ha querido arroparlos de nuevos aires con raíces dispersas por otras culturas del mundo de la mano de compositores como Ara Malikian, Keko Baldomero o el saxofonista Tim Ries. Y, para rematar, al final del espectáculo la artista recordó que su abuela era asturiana. «Viva vuestra tierra bendita», dijo. Y la ovación fue cerrada. Como se dice en Asturias: todo junto, gloria.

 

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