Los últimos de Tebrandi

Yuso Romero y Pepe Mier, los últimos habitantes de la majada de Tebrandi, junto al perro 'Coco', con los Picos de fondo. /  FOTOS: XUAN CUETO
Yuso Romero y Pepe Mier, los últimos habitantes de la majada de Tebrandi, junto al perro 'Coco', con los Picos de fondo. / FOTOS: XUAN CUETO

Solo quedan dos cabañas habitadas en la majada de Asiegu, Pueblo Ejemplar 2019«No hay que ser un hippie para vivir en la montaña. Tenemos wifi, lavadora y Netflix», explican Pepe Mier y Yuso Romero

LUCÍA RAMOSASIEGU (CABRALES).

El tiempo tiene una cadencia diferente cuando tus únicos vecinos son el Picu Urriellu y los animales que pastan, tranquilos, en las rugosas laderas del Cuera. En la majada de Tebrandi, perteneciente a la aldea Ejemplar de Asiegu, en Cabrales, el despertador es el canto del gallo o el sonido de los cencerros. Depende. Y la rutina diaria no está programada, sino que las jornadas se van deslizando, caprichosas, entre tareas de adecentamiento de las cabañas un día, la búsqueda de alguna vaca u oveja despistada otro, la bajada al pueblo a por víveres el siguiente y la recogida de ramas para prender la lumbre el de más allá. Sin tráfico y sin prisas para llegar al trabajo, la vida transcurre con sosiego, como sucedía antes de que fuesen el dinero y la tecnología los que centrasen el día a día de la sociedad. Allí arriba, a más de ochocientos metros de altitud, en la vertiente sur de la sierra del Cuera y con unas vistas privilegiadas a los Picos de Europa, se lleva una existencia similar a la de los pastores que poblaban los puertos y majadas asturianos hace décadas, cuya huella se ha ido borrando con el abandono de una actividad milenaria.

Eso sí, los tres únicos habitantes de este particular edén dentro del 'paraíso natural' no renuncian a las comodidades del siglo XXI. «No hay que ser un hippie para vivir en la montaña. Tenemos wifi, lavadora y Netflix», relata Yuso Romero. Natural de Badalona, 'Melendi', como le apodaron cariñosamente los vecinos de Asiegu debido a sus rastas, decidió un buen día regalar todas las posesiones que había ido acumulando durante sus años en empresas de construcción y hostelería y echarse a la montaña llevando consigo una simple mochila. «Estaba harto de matarme a trabajar para pagar un piso y una vida de los que apenas tenía tiempo para disfrutar y decidí romper con todo», relata, sentado a la puerta de la cabaña que rehabilitó con sus propias manos y ahora le sirve de morada. Y es que, desde su llegada a Tebrandi, al joven no le quedó otra que aprender «de todo, de fontanería, carpintería, cantería...», porque la pequeña construcción que antaño hizo las veces de cuadra estaba prácticamente en ruinas.

Mientras Yuso relata cómo fue recuperando, durante varios años, no solo su cabaña, sino las de alrededor y construyendo además una pequeña huerta, Pepe Mier sonríe para sus adentros. Aquello que tanto llama la atención a quienes nacieron en las últimas décadas o vienen de la cuidad es algo completamente natural para él. Y es que, el único vecino que el catalán y su pareja, Patricia Valdés, tienen -y solo durante los meses de verano- nació y se crió en el puerto. A sus casi 89 años, es el pastor más veterano de la zona. «Hace poco vinieron unos chicos a grabar un documental y dijeron que soy el más viejo de Europa», asevera, mientras escudriña los picos circundantes con los prismáticos, identificando a los rebaños de sus vecinos.

La vida en la montaña que ahora se puede antojar bucólica no lo era tanto. «De niño, todos los días subíamos hasta el puerto donde estaban los animales y bajábamos con las lecheras hasta arriba, con más de treinta kilos, tenía hasta callo en el lomo», asevera. Y lo hacían, apostilla, «en madreñes, cada dos por tres rompía una».

No obstante, y pese a la dureza de aquellos años, Pepe no esconde que echa de menos la época en la que la majada era prácticamente un pueblo en el que convivía con los mismos vecinos que abajo en la aldea. «Cuando se empezó a vivir mejor, la gente dejó de venir», explica. Y lamenta cómo «antes tenías unas pocas vacas, cabras y ovejas y vivía toda la familia. Ahora es impensable, hacen rebaños enormes», agrega. Y lamenta cómo el incremento de los ataques del lobo no contribuye a que las nuevas generaciones se animen a tener ganado. Algo que corrobora Yuso, quien asevera que hace un tiempo sufrieron varias bajas «a la puerta de la cabaña, estando nosotros dentro con el fuego prendido y con ruido».

De aquella infancia en Tebrandi con sus padres, Pedro Mier y Josefa Berridi, y su hermana, Amparo, Pepe recuerda también los quesos que hacían y que bajaban a vender a Benia de Onís. «Hacíamos muy poco», indica, con la mente puesta en la quesería La Pandiella que ahora regenta su nieto José Miguel Mier y que «cada semana vende un camión lleno». Y alucina aún más cuando recuerda que en el último Certamen del Queso Cabrales el ejemplar ganador se subastó en más de 20.000 euros. «¡Con eso antes te comprabas un pueblo!», exclama.

Las risas inundan la majada cuando Pepe y Yuso rememoran cómo fue la llegada de este último. «Apareció un día que daba malísimo con una tienda de campaña toda rota y, detrás de él, la Guardia Civil», recuerda el pastor, reconociendo que no daba crédito a lo que estaban viendo. Y entonces el joven catalán se explica. «Me vendían una cabaña, pero todo el mundo me decía que el invierno aquí es durísimo, así que cada vez que daban mal tiempo, me subía a comprobar cómo era realmente y si lo podía soportar», indica.

Tras decidir que había encontrado su sitio, se mudó a la majada y comenzó a rehabilitar la antigua cuadra. «Estuve como cuatro años con goteras hasta que pude ahorrar y hacerme con buenos materiales para retecharla», indica. Y relata también cómo comenzó a crear su pequeño rebaño con una cabra que le regaló Pepe.

Poco a poco, los tres últimos habitantes de la majada fueron acercándola al siglo XXI y ahora gozan de señal de televisión, electricidad generada con placas solares, agua corriente e incluso internet. «Vivimos con lo básico, pero no por ello tienes que renunciar a los avances que hacen la existencia más cómoda», explican. Y agregan que eso es precisamente lo que están haciendo el resto de sus paisanos unos cuantos metros más abajo, en la aldea. «La idea es hacer de Asiegu un sitio atractivo para vivir y trabajar, sin que por ello pierda su esencia original, sin que deje de ser la aldea que siempre fue». Un trabajo que este mismo lunes les valía a los vecinos para alzarse con el Premio Pueblo Ejemplar de Asturias 2019.

Cuando se le pregunta por el secreto de su longevidad y su buena salud, Pepe no lo duda: la sidra. Y es que, en su cabaña el caldo asturiano no falta, como tampoco lo hacen un trozo de Cabrales, chorizo casero y, desde hace unos años, una televisión que le ayuda a coger sueño por las tardes. «Yo aquí soy feliz, no necesito más».