La vendimia en Cangas

La vendimia en Cangas

Nuestro vino tinto es denso y equilibrado, el blanco saltarín y contundente

La Cofradía del Vino de Cangas, que este año hace cofrade a Sonia Fidalgo, nos ha invitado a las fiestas de la vendimia. El otoño, que este año viene muy caliente, habrá sido bueno para la uva y no será raro que se recuerde esta cosecha como una de las mejores. Cangas, para uno de Tineo, es estar en casa de una manera muy especial. Aunque no paran de decirte que la rivalidad es cosa del pasado, no dejan tampoco de soltarte graciosadas y puyas -amables todas- con cierta melancolía del «conflicto». Cuando Cangas y Tineo eras villas rivales, Cangas y Tineo eran villas vivas. La desertización del campo asturiano viene originado por muchas razones. Las carreteras, cada vez mejores, en vez de traer gente se la llevan. Un dato: cuando se creó el hospital de Cangas atendía a 45.000 personas; hoy apenas a 25.000.

Ayer Cangas era una fiesta y hoy se continuará todo el día celebrando que la uva, un año más, ya está madura. Se pisará ritualmente, se saludará la vida, habrá alegría en los corazones. Tiene Asturias merecida fama de país sidrero, pero aquí -y no sólo en Cangas- también se producía vino. En Bual, hace apenas unos años, me hablaban de viñas prendidas de la ladera. De Candamo -que hoy es conocida por su fresa- también se celebraban sus caldos. Aquel vino áspero y ácido, vino de montaña, era el vino de los segadores: quitaba la sed y acompañaba en las fatigas de la siega.

El vino de Cangas -el blanco y el tinto- es excelente. No entiendo por qué no circula por las mesas de Asturias, aunque sólo sea en las ocasiones rituales. Se trata de un vino denso y equilibrado -del tinto hablo- que le pone a la memoria un punto de alegría; saltarín y contundente el blanco, descubre en el paladar una idea de elegancia. Fueron los monjes de Courias quienes en el siglo XI introdujeron la vid en estos valles del sur de las Asturias de Tineo y fueron ellos quienes, en el asturiano de la época, escribieron las cartas notariales donde venían los nombres de la viñas y sus dueños aparte de otras cuestiones importantes de la vida cotidiana.

Siempre que viene uno a su país -y yo cada vez que vengo al Occidente de Asturias me siento más en mi país que nunca- se pregunta por qué lo ha abandonado. A una hora y poco de Oviedo, Cangas es una villa próspera con todos los servicios, comercios, diversiones y comodidades. Lo mismo digo de Tinéu o la Puela d'Ayande, que según me dice Benjamín, quien recuperó para Asturias el Palacio de Merás de Tinéu, tienen de todo menos gente.

Asturias se muere por sus costados mientras avanza la selva. Para ver a los de Tineo, basta acercarse un día a una de las grandes superficies del centro para verlos a todos de paseo.

Es evidente que la zona central de Asturias -Uviéu, Xixón, Avilés y les Cuenques- tienes que organizarse mejor para compartir servicios y estar intercomunicadas; pero las villas de Asturias -las del Oriente y las del Occidente- tienen que encontrar manera de seguir viviendo, quizás uniéndose en una misma administración y repartiéndose ordenadamente servicios.

Todo esto es un sueño realizable, como el que tuvo Don Piñuelo cuando soñó que Dios le ordenaba construir el monasterio de Courias. La historia es divertida, sucedió en tiempos del Rey Vermudo III, el que murió cosido a lanzadas porque su caballo, Pelayuelo, era demasiado rápido y su cuñado el conde de Castilla de leal no tenía nada. Fue el último rey asturleonés, Vermudo III, de la dinastía asturleonesa. Don Piñuelo y Aldonza construyeron el monasterio y acogieron a los monjes benedictos que trajeron las vides.

En Paniceiros, mi pueblo, se conserva una campaña que regaló este don Piñuelo. Todavía tañe en el corazón.