La vida como un juego de máscaras

Javier Gutiérrez, durante la representación de '¿Quién es el señor Schmitt?' en el Auditorio del Centro Niemeyer. /  MARIETA
Javier Gutiérrez, durante la representación de '¿Quién es el señor Schmitt?' en el Auditorio del Centro Niemeyer. / MARIETA

Protagonizada por el actor asturiano Javier Gutiérrez, llega esta tarde al gijonés Teatro Jovellanos '¿Quién es el señor Schmitt?' llena de risas cómplices el Auditorio del Centro Niemeyer

PABLO A. MARÍN ESTRADA AVILÉS.

¿Qué puede ofrecer hoy el teatro para atrapar a un público amplio que si acude a las salas lo hace con la impresión de haberlo visto ya todo y capaz ya de sorprenderse ante muy pocas cosas? Seguramente esa es la clave de la que parten muchos productores de espectáculos escénicos a la hora de preparar nuevos proyectos en un tiempo y un país donde no se facilitan demasiado la amortización de unos trabajos cada vez más costosos ni el propio pan de cada día de los profesionales de las tablas, a diferencia de lo que ocurre en otros medios como la televisión, las plataformas digitales o el cine. Aceptar la realidad y enfrentarse a ella de la manera más provechosa posible es el reto y para superarlo con éxito no queda otro remedio que el de desplegar todos los recursos disponibles en esa realidad o en otras cercanas. Eso es lo que ha hecho el dramaturgo y productor Sergio Peris-Mencheta con '¿Quién es el señor Schmitt?', la función que ayer llegó al Centro Niemeyer de Avilés y que hoy se podrá ver en el Teatro Jovellanos de Gijón (20.30 horas).

Un texto enjundioso y repleto de sorpresas del francés Sébastien Thiéry al que da vida un solvente elenco encabezado por dos actores con acreditada popularidad conseguida en cine y series de televisión como el asturiano Javier Gutiérrez y Cristina Castaño, son las bazas principales con las que Peris-Mancheta ha levantado este montaje y alcanzado el favor de los espectadores gracias al juego que ha logrado extraer de él. '¿Quién es el señor Schmitt?' plantea el título de esta pieza inclasificable en la que caben la comedia y el thriller, el absurdo y el drama, y cuya eficacia tal vez resida en que al final, cuando se baja el paño, sigamos sin saber quién diablos es ese tal señor o si es el señor Carnero el que no sabe quién es él mismo, ni tampoco nos haya importado mucho salir de la sala sin averiguarlo. La auténtica duda despejada para el espectador es que ha disfrutado de la fiesta y que se ha sentido tan confundido y entretenido en sus cuitas como los personajes representando esta ficción disparatada que tanto se asemeja a la propia vida.

La trama misma comienza situándonos en un aparente escenario de realismo que pronto se desvela intemporal y extraño a cualquier realidad presente de quien la observa como espectador. En medio de una escena de la rutina cotidiana suena un teléfono y el primer desconcierto llega cuando escuchamos decir al personaje interpretado por Javier Gutiérrez que ellos (el señor Carnero y su esposa, encarnada por Cristina Castaño), no tienen teléfono. A partir de ahí, el enredo en misterios cada vez más desopilantes está servido con un bien hilvanado baile de máscaras, espejos e ilusionismos varios, que cada uno de los actores resuelve en la medida del papel que le ha tocado representar. El peso de la obra recae en los hombros de Gutiérrez, quien demuestra una vez más toda la versátil dimensión de su talento como intérprete; en este caso, asistido admirablemente por una estupenda Cristina Castaño, que exprime sus dotes para la comicidad hasta el máximo sin perder un ápice de verdad dramática.

Quién es quién en la vida y quiénes somos o no somos enfrentándonos cada día a los trampantojos de la propia realidad parece ser la reflexión a la que nos invita esta obra sin renunciar a sugerirnos que tampoco debemos tomarnos demasiado en serio tan graves asuntos. Vivir, nada más y nada menos, ya es importante y disfrutar del teatro es parte de esa rocambolesca y feliz fiesta. El público, que llenó el Auditorio del Niemeyer, supo gozar del juego de máscaras propuesto en una obra que sin duda hoy en el Jovellanos volverá a seducir.