«Es probable que el balonmano me haya salvado la vida»

Rubén Garabaya bromea con sus compañeros del Naturhouse, sus excolegas como Luisfe Jiménez y Albert Rocas, y sus entrenadores. / J. M.
Rubén Garabaya bromea con sus compañeros del Naturhouse, sus excolegas como Luisfe Jiménez y Albert Rocas, y sus entrenadores. / J. M.

El gran pivote asturiano Rubén Garabaya se despidió en Logroño del deporte profesional después de 22 años

MARTÍN SCHMITT LOGROÑO.

Allí estaban todos. No faltaba nadie. Ni siquiera su excompañero y amigo Albert Rocas, venido desde Madrid por sorpresa junto a su mujer e hijos, se iba a perder su despedida. Tampoco su padre, Manolo. Ni su abuelo Luis. Ese padre que, en palabras de su agradecido hijo, trabajaba hasta dieciséis horas seguidas para sacar adelante a su familia, llegando a casa con los ojos llenos de virutas de metal que su madre Coronación, fallecida hace casi dos décadas, retiraba con sumo cuidado y cariño.

Allí, en la sala de prensa del Palacio de los Deportes de Logroño, escenario de los partidos de su último equipo, estaba también Nuria, su mujer, la única que sabe qué necesita su marido en cada momento. «No sé cómo lo hace, pero siempre acierta». También asomaban entre las numerosas cámaras, micrófonos y periodistas, sus compañeros de vestuario, directivos del club y muchos amigos. Porque, sobre todas las cosas, este gigantón que se despedía del balonmano profesional después de 22 años, es un buen hombre, muy querido y respetado tanto dentro de la pista como fuera de ella.

Flanqueado por el presidente del Ciudad de Logroño, Ángel Rituerto, y su entrenador durante los últimos ocho años, Jota González, Rubén Garabaya dijo adiós a una dilatada carrera con un palmarés envidiable. Un camino que llevó al avilesino por equipos como Ademar, Cangas de Morrazo, Valladolid, Barcelona y Logroño. Una vida deportiva en la que ha ganado cinco Copas del Rey, tres Copa Asobal, una Recopa de Europa y una Supercopa de España, además de un oro en el Mundial de Túnez 2005, un bronce en el 2011, una plata en el Europeo del 2006 y otro bronce en los Juegos Olímpicos de Pekin (2008).

Garabaya inició su exposición intentando desdramatizar la situación ya que «es un día muy feliz para mí». Pero, un minuto y medio después, al recordar sus primeros pasos en el mundo del balonmano y sus primeros entrenadores en Corvera, la emoción ganó enteros en su rostro: «Empecé en un barrio industrial, pobre y socialmente complicado. Es probable que el balonmano me haya salvado la vida», apuntó. «Mis primeros entrenadores (Julio, Armando, Tejero, Mino, José Antonio), me enseñaron a jugar y a ser mejor persona», dijo mientras su voz se encogía de a ratos.

A partir de entonces, hizo un repaso de toda su carrera deportiva. «Un cúmulo de circunstancias hicieron que pudiera fichar con 17 años por el Ademar, donde estuve a los mandos de Manolo Cadenas, que me enseñó a competir y me convirtió en un hombre. Libré la 'Mili', pero la hice de sobra con él».

De sus dos años en Cangas destacó que aprendió a gestionar la responsabilidad. «Fueron años complicados porque coincidieron con la pérdida de mi madre».

De Valladolid hizo hincapié en que tuvo la suerte de coincidir con Juan Carlos Pastor y Jota González, y ser compañero de Raúl González y David Pisonero. «Los cuatro me enseñaron prácticamente todo lo que sé. Nunca he dejado de aprender pero nunca como en esos años», dijo. «Pastor además me llevó a la selección y le estaré eternamente agradecido», añadió. Luego fichó por el Barcelona: «Siempre estará ahí en el balonmano y quería poder decirle a unos hijos que todavía no tenía que había jugado en el Barça y que supieran de lo que estaba hablando, el que siguen viendo triunfar».

Por último desembarcó en Logroño en el 2010, «un club que me ha dado la vida, que me ha hecho echar raíces en la ciudad y la región en la que me siento como en casa». Destacó, asimismo, la labor de la directiva del club, que «siempre ha hecho bien las cosas», y de la afición franjivina, que están en las buenas y en las malas.

 

Fotos

Vídeos