Adiós al padrino del talento en Mareo

Miguel Montes posa en Mareo en 2009 con una camiseta del Sporting similar a la que visitió en su etapa como jugador rojiblanco. / LUIS SEVILLA
Miguel Montes posa en Mareo en 2009 con una camiseta del Sporting similar a la que visitió en su etapa como jugador rojiblanco. / LUIS SEVILLA

Fallece a los 80 años Miguel Montes, ligado al Sporting como jugador, entrenador y directivo | Capitán reivindicativo, rescató al equipo sobre el césped y desde el banquillo antes de entregarse al cuidado de la cantera rojiblanca

IVÁN ÁLVAREZ GIJÓN.

Una vida consagrada al Sporting. Delantero combativo, capitán atento para luchar por las reivindicaciones de sus compañeros y entrenador cercano a sus jugadores gracias a un trato afable que también le permitiría llevar las riendas de Mareo y ejercer como secretario técnico. Todo eso encarnó Miguel Montes (Oviedo 1939-Gijón 2019), que ayer se fue víctima de una larga enfermedad, pero lega una profunda impronta en El Molinón.

«Desde que nació se sintió sportinguista y murió siendo sportinguista», asegura Carlos García Cuervo, muy ligado a él desde que compartieron vestuario por primera vez. «Cuando firmé era el capitán del equipo y un jugador que daba la cara en el campo y fuera de él. Ante la junta directiva siempre nos defendía», indica el exguardameta, con la voz apesadumbrada por la pérdida.

En ocho décadas de una vida marcada por los colores rojiblancos, Montes desarrolló una longeva trayectoria iniciada en torno a la portería adversaria y finiquitada en el banquillo, tratando de contribuir al objetivo de mantener a los gijoneses en la máxima categoría. Fue con los rojiblancos en la élite cuando escuchó al estadio gijonés corear su apellido. Mano derecha de Benito Floro, recogió su testigo con el equipo anclado en la zona baja de la clasificación y salió victorioso de una carrera contra el reloj compuesta por ocho duelos con el asfixiante yugo del descenso.

Montes, que el año anterior había impulsado al primer puesto al filial en Segunda B con una generación de canteranos que posteriormente se asentaría en la primera plantilla, lideró una espectacular reacción al conseguir que los rojiblancos encadenasen las seis jornadas finales del campeonato liguero sin derrotas para evitar la caída a Segunda. «Lo importante del entrenador es ganarse al hombre», explicaba sobre el pilar en el que se sustentaba su labor como técnico. «Tanto a los chavales jóvenes como a los veteranos les daba los consejos que daría a sus propios hijos», recuerda García Cuervo.

El rol de salvador en el banquillo ya lo había ejercido tres décadas antes, cuando aceptó la llamada de socorro y evitó con un gol en el torneo disputado en Palma de Mallorca que el club cayese a Tercera. Nacido en Oviedo, a los pocos meses de su nacimiento la familia se trasladó a Gijón y gestó su andadura futbolística en la prolífica cantera del Atlético del Llano, antes de enrolarse en las filas del Revillagigedo, Hispania y Siero, donde se le planteó su primera gran disyuntiva.

Su entrenador en el club sierense, Ricardo Vázquez Prada, recomendó su fichaje al Oviedo, que decidió evaluarle a través de un período de prueba. Al terminarlo, surgió la opción de fichar por el Sporting y decidió comenzar la que sería una prolífica historia escrita en rojiblanco. Fue el jugador en la historia del club gijonés que más partidos disputó en la categoría de plata del fútbol español y se consolidó durante la década de los 60 como un delantero de perfil bregador, de los que no negociaba el esfuerzo, y se partió literalmente la cara por la camiseta del Sporting.

«Al fútbol se juega con la cabeza, los pies, el corazón y los pulmones», defendía el año pasado Montes, que se fracturó la mandíbula en un duelo contra el Condal. «El deporte requiere personas que tengan ese don competitivo. Hay que atenerse al reglamento, pero con actitud. Siempre me gustaron los jugadores con mucha intensidad y Montes era uno de esos futbolistas», expone el expresidente Manuel Vega-Arango, que compartió delantera con él.

De espíritu gregario, reflejó su vena empática también fuera del césped como capitán. Defendió los derechos del vestuario y ese espíritu reivindicativo le costó la renovación. Obligado a realizar el servicio militar en Sidi Ifni, antigua colonia española en territorio africano, el secretario general de la entidad sportinguista por aquel entonces, Evaristo Lázaro, negoció su traslado a Las Palmas.

En el club canario vivió su único paréntesis fuera de Asturias en su trayectoria profesional, completada con dos cursos en las filas del Oviedo. «Vino del Sporting, pero se le acogió fenomenal porque era un gran futbolista y una persona encantadora», recuerda Juan Manuel, uno de sus compañeros en su bienio azul.

Al club gijonés regresaría en 1984 para asumir los mandos del Sporting Atlético, avalado por una prometedora trayectoria en los banquillos jalonada por los ascensos del Gijón Industrial, el Langreo y el Palencia. De la pizarra pasó a los despachos, primero como director de Mareo y más tarde como secretario técnico, en un período en el que le echó el lazo a promesas como Felipe, Avelino y Juanele, incorporadas a la entidad una vez concluidos sus períodos juveniles.

Montes, que vio crecer a varias generaciones de talentos en Mareo, fraguó una profunda admiración por Luis Enrique por esa casta con la que él también vivía el fútbol. Zanjó su etapa en los terrenos de juego en el inicio de la temporada 1997-1998, de aciago recuerdo para los seguidores del club gijonés. Concluida su extensa andadura en el mundo del fútbol, pudo disfrutar de sus otras dos grandes aficiones, la pintura y la pesca. Sus vías de escape a un sportinguista que, en sintonía con El Molinón, no casaba con la indolencia.

A lo largo de la jornada de ayer, el tanatorio de Cabueñes se convirtió un continuo trasiego de personas ligadas al fútbol asturiano para arropar a su familia y transmitir las condolencias. El último adiós llegará con su funeral a las cinco de esta tarde en la iglesia del Corazón de María, epicentro del sportinguismo para despedir a una figura que durante décadas ejemplificó varias de las proclamas que recoge su himno.

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