Luis Enrique, un ganador forjado en Gijón

Sporting. El asturiano, abajo a la derecha, en un once rojiblanco. / E. C.

El nuevo técnico de la 'Roja' subió escalones a base de tesón para instalarse en la élite nacional | En su única temporada completa en El Molinón, logró catorce goles que impulsaron al Sporting a la clasificación para la UEFA

IVÁN ÁLVAREZ GIJÓN.

Tenaz y competitivo, Luis Enrique supo sortear los obstáculos que se interpusieron en su trayectoria formativa al igual que más tarde haría con los defensas en Primera División para cumplir el sueño impregnado en sus patadas al balón en el colegio Elisburu. El hijo de Luis y Nely, el niño de la avenida Portugal que se proclamó campeón de Asturias con la camiseta de Xeitosa dejando su sello goleador en la final al igual que su socio desde la infancia Abelardo, fraguó el despegue de una exitosa trayectoria profesional el 24 de septiembre de 1989 en El Molinón.

Con apenas diecinueve años, el nuevo seleccionador nacional vivió su estreno con la primera plantilla del Sporting. La gran muestra inicial que refrendaba su decisión de iniciar su segunda etapa en Mareo para ponerse a las órdenes de Carlos García Cuervo en el filial rojiblanco, el Sporting Atlético. En las horas previas a su penúltimo regreso deportivo a orillas del Piles para dirigir al Barça hexacampeón que moldeó, recordó cómo Chuchi Aranguren, el técnico que puso la firma a su debut, le hizo calentar dentro del vestuario. «Igual era para dar miedo al rival», indicó sobre aquel bautismo ante el Málaga.

El embrión de una estancia prolífica en el vestuario local del feudo sportinguista, una ilusión que se tambaleó años antes cuando se vio obligado a cruzar la puerta de salida en Mareo por complexión física. Luis Enrique, que desde niño hizo gala de un carácter perseverante que quienes le conocen desde aquella época consideran detonante de su éxito como entrenador, se reenganchó con fuerza al balón en La Braña. Ismael Fernández, el encargado de mimar su progresión en ese club, no tardó en advertir que pulía un diamante en bruto por su generosidad en el esfuerzo y sus ganas de progresar.

El carácter competitivo de aquel adolescente que estudiaba en el Revillagigedo y llegaba a los entrenamientos con el bocadillo y la mochila no se arredraba ante nadie dentro del rectángulo de juego. Su tesón y su compromiso, unidos a una personalidad arrolladora, llevaron al formador de La Braña a entregarle el brazalete de capitán pese a que la mayoría de sus compañeros le superaban en edad.

El joven que embelesó a los ojeadores de varios clubes de Primera gracias a una exhibición rubricada con tres goles vistiendo la camiseta de la Selección Asturiana regresó a Mareo, donde confirmó las condiciones apuntadas en La Braña, que tampoco habían pasado desapercibidas para el otro gran club asturiano. «Tenía un compromiso con el Oviedo casi hecho, pero el chaval quería venir con nosotros y, al final, se arregló», recuerda García Cuervo, encargado de facilitar la consolidación en la élite de una prometedora generación sportinguista que Luis Enrique encabezó en el apartado goleador.

Más información

En su única temporada completa como local en El Molinón, compartiendo frente de ataque con Manjarín y Luhovy, firmó catorce goles. Dianas de diversa factura, aprovechando la capacidad para dominar ambas piernas que le inculcó Brito de niño en el Xeitosa.

Su prometedora irrupción dio paso a una estancia de cuatro años en el Real Madrid, donde estrenó su palmarés con la conquista de una Copa del Rey, una Supercopa de España y una Liga, aunque el destino le reservaba la gloria en Barcelona, la ciudad en la que había conquistado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos y en la que se erigió en emblema del club azulgrana, primero como líder sobre el césped y después como exitoso entrenador. «Soy gijonés al mil por mil», recordó orgulloso en medio de ese ciclo el elegido para que vuelven los éxitos a la selección.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos