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Nos colamos en la fiesta de Sergio García

Sergio García, con su chaqueta verde que le acredita como ganador de Augusta, posa con el trofeo después de vencer en el desempate a Justin Rose./
Sergio García, con su chaqueta verde que le acredita como ganador de Augusta, posa con el trofeo después de vencer en el desempate a Justin Rose.

El castellonense abre las puertas de su casa para celebrar el triunfo en el Masters. «No te manches la chaqueta», le advierte su madre

J. M. CORTIZASEnviado especial. Augusta

Se ha alejado más que el resto de jugadores en su elección de casa para alojarse durante el Masters. La zona es exclusiva y el edificio con aires de mansión casa bien con el inquilino que porta la chaqueta verde. No se la quita, como tampoco se separa de su prometida, Angela Akins, con quien se casará en julio en un fiestón que incluirá un rodeo. Los padres de Sergio García ejercen de magníficos anfitriones mientras el chef José Andrés, feliz como si hubiera sido él quien embocó el putt en el desempate, convierte la cocina y el jardín en el camarote de los hermanos Marx. Es la fiesta en la morada del campeón, pero reina la tranquilidad.

Víctor, padre de Sergio, agradece las felicitaciones y se acuerda de Jon Rahm y del resto de españoles. «Tratadlos a todos bien, son fenómenos y se lo merecen. Llegarán. Tú eres de Bilbo pues, (aportando acento vasco), tenéis un pedazo de jugador impresionante», al tiempo que celebra con guasa la posible cuota de fortuna que hemos brindado los debutantes en el Masters. «Pero esto no es siempre así, eh», recuerda para ponerse no trascendente, pero sí emocionado al echar la vista atrás. «Qué mochila nos hemos quitado de encima, cómo pesaba».

El chef aparece con judías, arroz, setas, piquillos, embutidos con la pata de marrano a la cabeza, conservas que comercializa con su nombre, una cinta de carne australiana... está lanzado. Vino, champán y un tequila rebelde mojan la velada. Los negocios le van bien y acaba de conocerse la noticia de la tregua firmada con Donald Trump para retirar mutuamente las demandas que tenían interpuestas por el incumplimiento de un contrato. En este sentido, el cocinero asturiano se negó a abrir un restaurante en un edificio tutelado por el actual presidente de Estadios Unidos cuando en plena campaña electoral puso el énfasis en su veto a los inmigrantes. «No puedo decir nada porque está firmado que no se puede hablar, pero imaginad qué se siente».

El personal va y viene a la espera de la llegada de Sergio García. Su madre, un encanto, no pierde detalle y ejerce como matriarca siempre al quite. «Mirad, estos son los padres de Angela -su futura nuera-. Decidles quiénes sois y presentaros uno a uno». Martyn, en tres meses suegro del ganador de un Masters, rompe el hielo y tira de móvil para mostrar lo bien que se lleva con el castellonense con fotos de cacerías realmente espectaculares. Pero algo no va bien en el jardín. Las dos bombonas de gas petan mientras el sofrito de la paella pasa a mejor vida.

Luis Figo se acerca a Consuelo, la madre del que ya hace años dejó de ser El Niño. «Tengo dos noticias, una buena y una mala». «La mala», reclama. «Que no hay paella», dice el luso. «¿Te digo la buena? ¡Que somos campeones!». El padre no deja de rebobinar y agradecer. Se acuerda mucho de Seve, que el domingo hubiera cumplido 60 años. «Su primer torneo profesional lo jugó conmigo y Piñero. Cómo le pegaba». También de la cercanía y calor que siempre le ha proporcionado a su hijo José María Olazabal. Y del Augusta National. «Sergio y el campo han aprendido a quererse. Los dos han cambiado. Ha habido momentos muy duros, la verdad».

En una de las mesas del salón, Carlos Rodríguez, el representante del jugador, comienza a hacer los check-in de los vuelos, cuando aparece desde el piso superior el portador de la chaqueta más famosa del mundo. Llega con su novia, saludan a sus invitados, su guardia pretoriana y los periodistas españoles en una tradición que instaló Ballesteros. Figo le reclama la prenda y se hacen un aparte para fotografiarse. Se acerca a los fogones y sale la madre adorable. «Sergio, no te manches la chaqueta». Pica un poco de jamón y queso y junto a Angela se quedan clavados ante una tele que repite en bucle el último putt y lo que llegó después.

«Hicimos las paces»

Se marcharon como llegaron, sin que nadie casi se diera cuenta. Es cierto, dicen, que El Niño ha cambiado. Es otro más allá de su proceso evolutivo, desde aquella carrera que se dio en 1999 en busca de ver dónde caía uno de los golpes de su vida en su bautismo en el Masters como amateur. «Entonces sentí que este recorrido algún día me daría un Major. No voy a mentir, ese tipo de pensamiento cambió un poco a través de los años, porque empecé a sentirme incómodo en el torneo. Pero hice las paces con él los últimos tres o cuatro años y acepté lo que Augusta da y quita. Y creo que por eso puedo estar aquí hoy».

Antes tuvo tiempo para recordar a Seve. «Apareció en mi mente unas cuantas veces y estoy seguro de que ayudó un poco. Sabía que estaba jugando bien. Estaba muy tranquilo, mucho más de lo que me he sentido probablemente en cualquier domingo en un grande». Y para verificar su estado de ánimo. «No me siento diferente. Sí he cambiado la forma de pensar y había llegado al punto de aceptar que si por alguna razón no ocurrió (ganar un Major) mi vida seguirá adelante. Pero ha ocurrido. A ver si en vez de ser el mejor jugador que no ha ganado un grande soy el mejor de los que al menos han ganado un Masters».

Aunque ha habido pólvora generosa para intentar enfrentarlos, dado que Rahm le había ganado en el Match Play y parecía acaparar más atención en el inicio de Augusta, Sergio García se muestra muy cariñoso con el de Barrika. «Cada vez que un amigo mío lo hace bien soy feliz. Cuando ganó el Farmers y se unió a Seve, José y a mí como españoles ganadores en el PGA Tour me sentí muy orgulloso porque lo único que hace es ayudar».

 

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