Campanu de Asturias | «La adrenalina se dispara y sube al mil por cien cuando pica el salmón»

Fernando López Castro, a la izquierda, junto a su amigo Laureano Toraño, con el campanu. / CASQUERO
Fernando López Castro, a la izquierda, junto a su amigo Laureano Toraño, con el campanu. / CASQUERO

Es el segundo campanu de Fernando López, que aprendió a pescar de crío con su abuelo | «Todos los salmones son especiales, esto es como cuando tu equipo de fútbol marca, todos los goles hay que celebrarlos»

M. F. ANTUÑA GIJÓN.

Ni se acuerda. Era un guaje, tendría cuatro o cinco años cuando Fernando Castro, el abuelo materno, le llevó al río con una caña en la mano. Ya llovió desde entonces, ya mordieron el cebo truchas, reos y salmones, ya pasaron decenas y hasta cientos de madrugones desde aquellos primeros años en la zona de Malleza, en Salas, cuando el Aranguín y el Narcea eran el destino de esas primeras correrías infantiles pesqueras. Ayer, Fernando López Castro (Oviedo, 1964) pescó en el Cares su segundo campanu (el primero fue en 2001 en ese mismo río y en 2003, en el Narcea, ayudó a atraparlo a su compañero de cuadrilla), pero la sensasión, la emoción, el gusto, el disfrute siguen siendo idénticos. «Si mi güelu viviera, sería el hombre más orgulloso del mundo», decía ayer, poco antes de las seis de la tarde, con el móvil temblando después de vaciar dos baterías de tanto atender periodistas, amigos, preguntas y repuestas, después de ganarse titulares y portadas por la hazaña de poner en su cesta el primer salmón de la temporada en Asturias.

Aquel niño con güelu en Malleza pescaba primero trucha y reos y con 16 o 17 años dio el salto al salmón cuando conoció a su compañero de pesca, Laureano Toraño. «El salmón es el rey del río, es lo máximo», afirma con la emoción aún en los labios, sabedor de que cuesta pescarlo, que requiere constancia, empeño. Y quitarle muchas horas al sueño. Para que a las siete y media salga del agua (como ocurrió ayer), hay que estar allí mucho antes. «Todos los días de pesca se madruga mucho pero con el campanu más, porque el tiempo corre», explica. Tanto corre que ayer él y su compañero dejaron las cañas tiradas y se fueron arrebatados al registro. Los miembros de la Guardia civl se encargaron, amablemente, de controlar los avíos. Y no fue por nervios, más bien por prisa. «Todos los salmones son especiales, pero este yo creo que fue con el que menos nervioso me puse en mi vida», subraya el pescador, que tiene claro que, pese a lo dicho, el subidón que se vive es siempre es inenarrable. «Cuando te pica el salmón la adrenalina se dispara, te sube al mil por ciento».

Todos los salmones son diferentes, todos tienen un huequecito propio en la cabeza con el recuerdo del cómo llegó a tierra, aunque Fernando no es capaz de enumerar cuántos han acabado en su cesta primero y en la mesa después a lo largo de tantos años. «Comemos lo que pescamos, yo este es el primer salmón que vendo y es también por mantener un poco la tradición, te sientes obligado, la otra vez tenía un restaurante y me lo quedé yo», anota el pescador, que, todo sea dicho, no acostumbra a comprar el de piscifactoría. «El salvaje es muy diferente, yo el de pescadería no lo como».

A mil por hora andaba este procurador de tribunales, padre de dos hijos, uno de los cuales, de 20 años, sigue sus pasos. Pero ayer tenía fútbol y no acudió a la cita con el Cares, aunque el orgullo y la alegría se la manifestó a su padre por teléfono.

Fernando ha llevado su afición muy lejos de Asturias. «Pesqué en Noruega, en Islandia, y cada río es diferente, cada uno tiene su encanto», apunta. Eso sí, él y su compañero tienen claro que les gusta la pelea, que no quieren cotos caros y fáciles. «Nos gusta ir a pescar a ríos pequeños aunque haya menos salmones y haya que buscarlos y trabajarlos», subraya. Y es que es posible pagar hasta seis euros al día por pescar en un coto en Islandia y, obviamente, es más fácil que piquen allí que en un río pequeño.

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Pese la experiencia, pese al doblete y casi triplete con el campanu, no tiene Fernando la fórmula mágica para dar con el pionero. Más que nada porque aquí la suerte, esa que marca el reloj, está detrás del éxito. «Es lo mismo pescar un campanu que pescar un salmón en junio, se trata de que te encuentres con él, lo que ocurre es que si consigues pescarlo tiene más repercusión», concluye.

Habrá que ir a por el siguiente. Fernando no tiene ninguna intención de decir adiós a la afición, porque disfruta de cada vez que pica el anzuelo como aquel niño que aprendió a pescar con su abuelo en Salas. «Da igual cuántos salmones hayas pescado, es como cuando tu equipo de fútbol marca, cada gol hay que celebrarlo».