El mito que desafió a la muerte

Lauda falleció ayer tras haberse sometido a un trasplante de pulmón. /  E. P.
Lauda falleció ayer tras haberse sometido a un trasplante de pulmón. / E. P.

Fallece a los 70 años Niki Lauda, una de las mayores leyendas de la máxima categoría

DAVID SÁNCHEZ DE CASTRO MADRID.

Niki Lauda murió a los 70 años la madrugada de ayer como nunca había vivido: en silencio. Nunca se calló nada de lo que pensaba y, pese a salir de una familia acomodada de banqueros y empresarios, se hipotecó por una pasión, el automovilismo. El piloto austríaco dejó una huella imborrable durante 40 años. Y no sólo por sus tres títulos mundiales y sus 25 victorias en 171 grandes premios disputados. El hombre que decía que tenía un culo privilegiado porque podía notar cualquier problema en sus coches solo por las vibraciones dejó clara desde su primera carrera que no iba a ser un paria o una comparsa en el automovilismo.

El cine se encargó de retratar una pequeña parte, quizá la más notoria, de su apasionante vida, pero su rivalidad con James Hunt (luego convertida en amistad hasta la muerte del británico), es una mínima parte de lo que hizo en la F-1.

No se puede decir que Lauda fuese excesivamente generoso. Su lealtad siempre fue hacia quien más conviniese a sus intereses. Y si para ello había que hipotecarse para ir a Ferrari y enfrentarse con el mismísimo 'Commendatore' Enzo para que le dieran un coche campeón, lo hacía. Ni siquiera salir vivo del infierno de Nürburgring le hizo cambiar. Aquel accidente por el que todo el mundo le conoce demostró su carácter irredento, capaz de cualquier cosa en pos de la victoria. ¿Salir de un infierno de llamas, medio muerto y con quemaduras en todo el cuerpo que le dejarían cicatrices toda su vida? Un precio muy bajo para Lauda.

Aquel 1 de agosto de 1976, Lauda salió vivo y aún muy pocos se explican cómo lo hizo. Si sobrevivir a aquello fue heroico, volver sólo cuatro carreras después para evitar que Hunt le quitase el título le elevó al olimpo de los mayores héroes del deporte. El cura que le dio la extremaunción no se lo creía. Su mujer por entonces, Marlene, sí. Sabía que Niki no iba a dejar que uno de los mayores accidentes de la historia le frenase para ser campeón del mundo. Y, sin embargo, no ganó. Renunció al GP de Japón de aquel año en un Fuji inundado y, con ello, al que podría haber sido su segundo título mundial. Unos dicen que fue por cobardía, otros porque sabía que tendría más oportunidades. Luego se tomaría revancha ganando el título de 1977, arrasando a Jody Scheckter pese a haber sido descalificado en una carrera y sin disputar otras dos.

Pese a ser campeón con ellos, dejó Ferrari con portazo y bronca. Tras un corto paso por la escudería Brabham que presidía Bernie Ecclestone salió de la F-1 en 1979 para volver tres años después y firmar por el equipo que le había dejado sin título en 1976. Entre medias, le dio tiempo a fundar una compañía de aviación, con la que se convirtió en un empresario de razonable éxito. Los devenires financieros de Lauda Air darían para una tesis en la facultad de Empresariales, tanto para lo positivo como para lo negativo.

Nada más volver a los circuitos montó una huelga de pilotos, la más importante y última en la competición. En 1982, cuando pidió la superlicencia para regresar, detectó que una cláusula establecía que ésta dependía del equipo y no del piloto. Eso limitaba mucho la capacidad de negociación de los corredores. Con esta excusa como principal argumento lió a todos sus compañeros para no disputar el GP de Sudáfrica. La escena era la de los pilotos tirados en colchonetas en la piscina.

Rivalidad con Prost

En 1982 se encontró una escudería McLaren muy distinta, ya con Ron Dennis como jefe, y pronto se topó con el que sería su último enemigo, Alain Prost. Si la rivalidad con Hunt dio para una heroica epopeya cinematográfica, lo que ocurrió con 'El Profesor' podría ser una película de enredos.

Dicen las malas lenguas que incluso envió a la habitación de su rival un grupo de señoritas de compañía para que le distrajesen en el GP de Mónaco. Aquel 1984 que vio la irrupción de Ayrton Senna se lo llevó Lauda por el menor margen de la historia de la Fórmula-1: medio punto.

Años después se pasó al otro lado. Fue jefe en Ferrari, en Jaguar -dicen que su inquina hacia Fernando Alonso viene del rechazo del asturiano a correr para él- y después tuvo un rol de asesor de lujo para Mercedes. No se puede entender el éxito de la hoy campeona del mundo sin Lauda, ni los récords de Lewis Hamilton sin el hombre que le convenció para salir de McLaren e incorporarse al equipo alemán.

Niki Lauda deja cuatro hijos -uno de ellos piloto como él, Matthias, que compite en el Mundial de Resistencia-, dos de ellos mellizos con su última esposa, Birgit. Ella le donó un riñón y su hermano Florian, el otro. Una neumonía se complicó el pasado verano y un nuevo trasplante, esta vez de pulmón, le apartó de la Fórmula-1. Su legado ha quedado para siempre.