Las plantas asturianas de Arcelor se erigen como referente de la siderurgia europea

Vista aérea de la factoría que el grupo ArcelorMittal tiene en Gijón. /
Vista aérea de la factoría que el grupo ArcelorMittal tiene en Gijón.

El plan de competitividad, muy contestado por la destrucción de empleo, puso las bases para crear en el Principado un polo del acero que destaca por abarcar todas las fases de la producción

NOELIA A. ERAUSQUIN GIJÓN.

Hubo un tiempo en el que Altos Hornos de Vizcaya (AHV) era el gran exponente de la siderurgia nacional y todo un símbolo de la industrialización. Corrían los años 60 y el País Vasco se había convertido en ejemplo de modernidad en la España franquista y polo de atracción para los habitantes de las zonas rurales. Sin embargo, ya en pleno siglo XXI, la herencia de aquellas factorías se derrumba y deja las plantas asturianas como líderes indiscutibles del sector en la península, pero también como un referente en toda Europa.

Mientras que el brillo de la siderurgia vasca se apaga, en el Principado se prometen inversiones millonarias que garantizarían la continuidad de sus plantas. Estas mejoras tienen una importancia aún mayor si se tiene en cuenta que se producen en un contexto muy complejo, en el que la ralentización de la economía china y el desembarco en el mercado de su acero barato -que se vende incluso por debajo del precio de coste- amenazan la propia supervivencia de la siderurgia europea. Aunque no se puede dar nada por sentado, las factorías asturianas parten en una buena posición en este periodo de feroz competencia y de lucha a vida o muerte.

La semana pasada, ArcelorMittal anunció la parada indefinida de la Acería Compacta de Vizcaya, heredera de aquellos Altos Hornos, que llegaron a dar empleo directo a 13.000 personas y que se convirtieron en la primera empresa de la región. La actual instalación, ubicada en Sestao, cuenta con una plantilla que apenas supera las 300 personas, ahora afectadas por un expediente de regulación de empleo, y ha sido la primera víctima en España de la invasión del acero chino barato, aunque su problemática va más allá de la sobreproducción siderúrgica mundial. De hecho, antes de que estallara la crisis actual, la acería vasca ya se encontraba en una situación muy complicada, con unos costes de producción demasiado elevados para lograr la rentabilidad que exige la dirección de la multinacional y con un plan de viabilidad sobre la mesa para intentar reducir a cero el ebitda -beneficio antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones-. El plazo marcado era junio de este año, pero la dirección del gigante siderúrgico no ha esperado.

Para comprender la situación actual, hay que remontarse en el tiempo un cuarto de siglo, a inicios de los noventa, cuando se puso en marcha el 'Plan de Competitividad Conjunto AHV-Ensidesa' para modernizar el obsoleto sector español, que subsistía gracias a los subsidios estatales. El proyecto pasaba por fusionar los activos de la asturiana Ensidesa, con los de Altos Hornos de Vizcaya y la planta de Sagunto en una nueva empresa, constituida a partir de la Corporación de la Siderurgia Integral (CSI). El efecto de este larguísimo proceso, que supuso importantes presiones políticas y económicas, se tradujo en un sector mucho más competitivo, pero también conllevó la pérdida de 10.000 puestos de trabajo en seis años, de los que más de 3.000 correspondían a Altos Hornos de Vizcaya y el doble a Ensidesa. Estos ajustes se encontraron con la oposición frontal de los sindicatos.

Pese a la contestación social, el plan de competitividad salió adelante y fue un éxito. Estaba previsto que los beneficios llegaran en 1996, pero se adelantaron un año y, en 1995, por primera vez se lograron resultados positivos, con un superávit de 29.000 millones de pesetas -en 1994 las pérdidas habían sido de 33.000 millones y, en 1993, de 69.000-. Además, pese a la sangría en términos de empleo, con la perspectiva que da el tiempo, Asturias fue la gran beneficiada de la reestructuración.

Más allá de la reducción de la plantilla, en aquel momento se tomaron decisiones que marcarían para siempre el destino de las plantas vascas y asturianas. Entre esas medidas que se adoptaron se encontraba potenciar los territorios costeros. Así, se determinó primar las plantas multiproducto del Principado. En Gijón, se concentró la producción de arrabio mediante la ampliación de sus altos hornos y, aunque se cerraba la cabecera de Avilés, donde los barcos de gran tonelaje para el mineral no podían acceder, se potenciaba la acería LDIII y las instalaciones acabadoras, como las de galvanizado, que se complementaban en Gijón con las de carril, alambrón y perfil. Además, se contemplaban otras actuaciones de perfeccionamiento de procesos, nuevos productos, innovación y mejora de calidad. También se incluyó la creación de tres centros de desarrollo tecnológico, uno en Asturias, otro en el País Vasco y otro en Navarra, aunque solo el de Avilés pasó del proyecto a la realidad.

Los problemas de Sestao

La suerte para Sestao fue distinta. Como compensación política al País Vasco, sus instalaciones se sustituyeron por otra, calificada en la época de «alta tecnología», un proyecto que suponía la construcción de dos hornos eléctricos que, a principios de los noventa, parecían una solución innovadora y de futuro. Así nació la Acería Compacta de Vizcaya, dedicada a la producción de bobinas de acero laminado en caliente y decapado, que se convirtió en un icono y eje de la nueva industria vasca.

Sin embargo, pocos años después se descubrió que el proyecto era poco competitivo. El enorme consumo de electricidad, con el coste que conlleva, y el incremento del precio de la chatarra, la materia prima que utiliza, lastraron los resultados de la factoría casi desde sus inicios. En 2006, la OPA de Mittal supuso un problema añadido, puesto que la dirección del nuevo grupo pasó a centrar sus decisiones únicamente en los resultados y no le ha temblado el pulso en tomar medidas drásticas, como el cierre de las factorías que no den beneficios.

La situación se complicó aún más a partir de 2007, con el estallido de la crisis mundial, que afectó de lleno a la producción de la acería vasca, destinada, sobre todo, al sector de la construcción, el más castigado en los últimos años. La llegada ahora del acero barato chino supone la puntilla para la factoría, cuyo producto tiene un acabado que no le permite diversificar demasiado su mercado, que no puede competir en precio con el que procede del gigante asiático, ni en calidad con el de la siderurgia integral.

A pesar de que las plantas asturianas también se vieron afectadas por la crisis y ahora por la amenaza del acero barato chino, cuentan con fortalezas de las que carece la factoría de Sestao, entre ellas, el hecho de ser multiproducto, con las ventajas que ofrece la diversificación de sectores y clientes, pero, sobre todo, ser una siderurgia integral. En el Principado, se realiza todo el proceso desde cero, comenzando por el arrabio hasta el producto acabado. Además, las factorías se completan con el Centro de Desarrollo Tecnológico de Avilés -también fruto del plan de competitividad de 1992-, que desarrolla proyectos de innovación para todo el mundo, no solo relacionados con la siderurgia, sino también con la minería o la logística. El pasado mes de octubre, el propio presidente del grupo, el magnate Lakshmi Mittal, se mostró «muy satisfecho» con este centro en una visita sorpresa a Asturias. En ella no pasó por las plantas productivas, prueba de la importancia de esta instalación que, junto al resto de factorías, convierte al Principado en un polo del acero de referencia en toda Europa.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos