«A mi hijo se lo pongo muy negro»

«A mi hijo se lo pongo muy negro»
Varios miembros del comité de empresa explican el calendario de movilizaciones tras la asamblea. / R. A.

Los trabajadores de la multinacional viven «una mezcla de rabia y desolación»

RUTH ARIAS AVILÉS.

David López comenzó a trabajar en Alcoa hace poco más de un año. Creía entonces que había encontrado una cierta estabilidad pese a los constantes rumores de cierre o venta que habían corrido en los tres o cuatro anteriores. Esa idea se quebró anteayer de golpe y porrazo, como los sueños de centenares de familias de la comarca avilesina, entre ellas la de Juan Sarmiento, que a sus 46 años tuvo que explicarle a su hija de diez que se quedaba sin empleo.

«No se me ocurría la manera y al final se lo dije de frente y de forma directa», explica. «A mi hijo mayor, que tiene ocho años, se lo pongo muy negro», señala otro de sus compañeros. Esos han sido, quizás, algunos de los momentos más duros de las últimas horas, desde que recibieron el comunicado del presidente de la compañía anunciando el cierre.

En las caras de los trabajadores de la planta avilesina de la multinacional del aluminio se nota la falta de sueño y los restos de las lágrimas, producto de «una mezcla de rabia y desolación». «En 2014 creíamos que era un órdago al Estado, pero esta vez es distinto», cree Sergio Rodríguez, que suma horas apostado a las puertas de la aluminera en un intento por demostrar su disposición a la lucha. «El conformismo no nos va a llevar a ningún sitio, y tenemos que tener orgullo y respeto por toda la gente que nos apoyó entonces», dice.

Tanto él como sus compañeros han pasado los últimos años caminando sobre el alambre. «No nos pilla de sorpresa, pero no por eso el palo es menor», indica Miguel Benegas. Él tiene 37 años y lleva trece en Alcoa, los mismos que se viene temiendo la noticia que se confirmó este martes. Sale de la planta en coche con un compañero después de una de las innumerables asambleas de estos días, de vuelta a una vida que ya no es la misma y, a pesar de la desolación, aún reconoce que tiene «ganas de pelear y de luchar».

«A mí el cuerpo me pide armarla», reconoce Sarmiento. No es el único. Las movilizaciones comienzan hoy, pero saben que el cierre será un proceso largo y muchos no se ven con fuerzas para afrontarlo. «La cabeza trabaja mucho y va a ser un sinvivir», expone Oliverio Alonso. Queda mucho por delante hasta que se fije una fecha para un cierre contra el que van a pelear hasta el final porque, como dice David Gómez, «nosotros no vamos a ser los que cerremos la fábrica».

La sensación es de devastación, de profundo desánimo y de abatimiento. De llegar al fin de un ciclo. De miedo ante el abismo. «Serán meses muy complicados», augura Eugenio Menéndez. En la cabeza solo un deseo, el mismo que rezan varias pintadas camino a San Balandrán: 'Alcoa no se cierra'.

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