«Quería que a mi hija le fuera mejor, pero revive la misma pesadilla»

Ángeles G. J. ; María de los Ángeles G. P.; José Francisco G. L.; Ruth A. M., y Alba P. G., en el parque Teodoro Cuesta de Gijón. / JORGE PETEIRO
Ángeles G. J. ; María de los Ángeles G. P.; José Francisco G. L.; Ruth A. M., y Alba P. G., en el parque Teodoro Cuesta de Gijón. / JORGE PETEIRO

Cinco parados de larga y muy larga duración narran a EL COMERCIO los problemas que afrontan para encontrar un puesto de trabajo

L. CASTRO GIJÓN.

«Las administraciones maquillan los datos». Esta es la conclusión a la que llegan cuando ven el «optimismo» con el que los representantes políticos analizan los datos del paro, pues, aseguran, la realidad es muy diferente. Ángeles G. J.; María de los Ángeles G.P.; José Francisco G. L.; Ruth A. M. y Alba P. G. se conocieron en la Asociación Asturiana de Parados y Precarios y, aunque son desempleados de larga y muy larga duración, mantienen intactas las esperanzas de encontrar un empleo.

No quieren dar sus apellidos, porque consideran que podría perjudicarles a la hora de optar a un puesto de trabajo. «Debemos ser muy cuidadosos con todo. Hoy en día las entrevistas son una trampa. En la última me preguntaron si tenía pensado casarme y tener hijos, e incluso cuál era mi identidad sexual», asegura Alba P. G., esteticista de 26 años, quien asegura que la falta de experiencia es un lastre para encontrar trabajo.

Su madre, Ángeles G. J., de 51 años, vive con una angustia doble: su precariedad y la de su hija. «Vamos poco a poco salvando los muebles con algunas limpiezas en casas. Aunque quería que a mi hija le fuera mejor que a mí, pero no, está reviviendo la misma pesadilla», lamenta.

Tampoco lo tiene fácil María de los Ángeles G. P., de 57 años, quien alberga un amplio currículum en diferentes trabajos dentro del sector servicios. «He vivido situaciones muy cercanas a la esclavitud. Estaba contratada a media jornada, pero trabajaba muchas más horas», relata. Ahora, además, se hace cargo de su madre de 95 años. «Con una persona dependiente no puedes buscar trabajo, para mí es imposible. No podría pagar a una cuidadora ahora mismo», asegura.

Discriminación por sexo

Las mujeres son uno de los colectivos más vulnerables y el que tiene una mayor presencia dentro del grupo de personas desempleadas. La dificultad para conciliar es una de las principales barreras, pero no la única. «Nos juzgan por el físico, el estilo y hasta las tendencias políticas», critica Ruth A. M., de 35 años. Esta peluquera y artesana con amplia experiencia en el comercio está casada y tiene un hijo de siete años. «Si yo encontrara un empleo, no tendría con quien dejarlo. No ganaríamos lo suficiente para contratar a nadie», relata.

Está «indignada» con la precariedad laboral del país y con la censurable actitud de algunos empresarios. «Se aprovechan de la situación y ofrecen unas condiciones de trabajo lamentables. El paro devalúa el empleo. En diez años se han cargado todos los derechos laborales que nuestros padres y abuelos lucharon», critica. Pablo F. G., de 41 años, es consciente de que sus compañeras de la asociación lo tienen más crudo. «Nosotros siempre acabamos encontrando algún 'trabajín' esporádico para ir saliendo poco a poco adelante», reconoce. No obstante, él es uno de los miles de empleados de la construcción que sufrieron de lleno la explosión de la burbuja inmobiliaria. «Somos los grandes beneficiados», dice con ironía. «No aprendemos, estamos volviendo a repetir el mismo error», añade.

Pablo hace más de dos años que disfrutó por última vez de un contrato y es consciente de que con su edad es difícil reciclarse. Asegura estar «inyectado» contra las informaciones «manipuladas» que ofrece el Estado respecto a la situación laboral. «Estoy seguro de que hay mucha más gente en paro de la que reconocen, lo que pasa que cuando ya no tienes derecho a prestación dejas de figurar en las estadísticas. Ya no les preocupa tanto», espeta.

Emigrante retornado

Una idea similar tiene José Francisco G. L., de 57 años. Pasó la mayor parte de su vida en América, pues a los 21 años emigró a la República Dominicana en busca de un futuro laboral. Tras varios trabajos en el campo y como marinero y otros tantos cambios de residencia, pasando por Puerto Rico y Nicaragua, decidió volver a casa alentado por un papel que encontró en la Embajada de España de este último país. «Decía que los que lleváramos más de diez años viviendo fuera de España tendríamos derecho a varias ayudas económicas a la vuelta. Por eso, decidí volver a casa. Cuál fue mi sorpresa al hacerlo y ver que estaba sin empleo y sin subsidios», relata este emigrante retornado.

Actualmente, reside en una de las propiedades que la Asociación Parados y Precarios tiene en Veranes, en la parroquia gijonesa de Cenero, y trabaja un pequeño huerto para vender verduras y aumentar así los pocos ingresos que tiene gracias al salario social. «Por lo menos no me dedico a ver las horas pasar delante de un televisor, en una habitación alquilada. Ahora tengo actividad y mis vecinos me han acogido de maravilla. No hacer nada me agobiaba mucho, estaba pasándolo fatal», asegura José Francisco.

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