«Todos los que quieren trabajar lo hacen, pero como hay demanda eligen»

«Todos los que quieren trabajar lo hacen, pero como hay demanda eligen»
Cuatro alumnas de la Escuela de Hostelería, en la inauguración del Aula de la Sidra. / AURELIO FLÓREZ

La Escuela de Hostelería constata la creciente salida profesional del sector, pero también que las condiciones de las ofertas no siempre son correctas

N. A. ERAUSQUIN / L. CASTROGIJÓN.

Es el juego de la oferta y la demanda, aunque influido por múltiples factores. El sector turístico asturiano se queja de falta de mano de obra, a pesar de haber miles de personas en el paro -67.526 según los datos de junio-, y los sindicatos acusan a los empresarios de ofrecer pésimas condiciones y, por ello, sufrir el rechazo de muchos profesionales. El jefe de estudios adjunto del Centro Integrado de Formación Profesional de Hostelería y Turismo de Gijón, Juan Luis García, coordinador de las prácticas, reconoce que en ambos argumentos hay algo de cierto. Todos los estudiantes que se gradúan en las especialidades de cocina y servicios y «que quieren trabajar están trabajando», asegura, pero como la demanda es alta «también eligen donde quieren ir».

Insiste el responsable de este centro en ambos matices y da tres claves para ese desajuste que hace que falte personal: por un lado hay alumnos poco motivados que no acaban sus estudios; por otro, los hay que se gradúan y no quieren trabajar porque en su casa tienen sus necesidades cubiertas y, por último, hay empresas que no ofrecen las condiciones correctas, con excesos de jornadas, bajas remuneraciones o incumplimientos en materia de descansos. Si se da una de las tres variables se complican las contrataciones, explica.

Por ello defiende que el nuevo control horario puede suponer «un punto de inflexión» en el sector, que permita acabar con ciertos excesos y hacerlo más atractivo, como lo es en otros territorios. De hecho, en el centro destacan que en los últimos dos o tres años cada vez más alumnos que hacen sus prácticas en el extranjero gracias a una beca Erasmus se terminan quedando. La Escuela de Hostelería de Gijón ya tiene profesionales en Finlandia, Francia o Portugal, donde las condiciones son más atractivas.

Otra demanda que están notando por parte de los empresarios es la de camareros de sidrería. «Los hay expertos y no tan expertos, y los primeros son difíciles de encontrar», subraya García, que ve en estos profesionales un plus que hay que valorar, tanto por los horarios que tienen como por el servicio que ofrecen, más cansado y especializado. Precisamente, su centro trabaja desde hace tres años en el desarrollo de una especialidad formativa de camarero de sidrería y, actualmente, el forma parte de la Mesa de la Sidra, junto con todos los organismos y asociaciones del sector, con los que espera poder ofertar en breve un programa formativo de esta especialidad. Este mismo año, el centro ha inaugurado en la escuela el Aula de la Sidra

Experiencias personales

Las luces y sombras del sector también las aprecian sus profesionales, muchos de los cuales, sobre todo aquellos más críticos, no quieren aparecer con nombres y apellidos por miedo a represalias. Es el caso de Natalia, que sobrepasando la mitad de la veintena ya ha trabajado en varios bares y restaurantes y, «muy desilusionada», ha dejado el sector, aunque no descarta volver si se dan las condiciones adecuadas. De momento, sigue haciendo entrevistas, pero las ofertas le recuerdan por qué lo dejó. Siempre tuvo contrato de ayudante de camarero, «aunque a mí nunca nadie me ayudó a nada», asegura, y de 20 horas, a pesar de que su jornada rozaba las 50, incluso las 60, como máximo por 1.000 euros, porque sus salarios también fueron de 550 y de 700 euros, con promesas de mejoras que nunca llegaron y, en algunos establecimientos, sin nóminas ni finiquito.

Una mujer que no quiere se le identifique es, a sus casi 50 años, de las que busca empleo de lo que sea y ha aceptado muchos trabajos por necesidad, para sacar adelante a sus dos hijos, pero considera que «se paga poco, mal y sin asegurar». Ahora está empleada en un obrador, aunque cobra en 'negro', y su hijo pasó el verano anterior como ayudante de cocina en una sidrería, también sin contrato. «Nos ofrecen cosas que no son dignas. Yo he recomendado a jóvenes que no trabajen», señala, porque además les ofrecen contratos de formación eternos, «aprovechando que salen de la escuela y sin cumplir nada del convenio».

Quienes están en mejores condiciones no ocultan su identidad. Para Benjamín Álvarez, de 28 años, su experiencia fue buena, trabajaba en un sitio en el que se encontraba «como en casa, asegurado ocho horas y comía y cenaba allí sin problemas». «Es un trabajo duro, pero a mí me gustaba», afirma, aunque también hace referencia a establecimientos en los que no se cumplen los horarios, ni los descansos entre un turno y otro e, incluso, hay una «faceta sexista», porque se piden mujeres jóvenes como camareras para que el bar tenga tirón.

Por su parte, Daniel Valledor, de 26 años y con casi siete en el sector, destaca sus buenas condiciones actuales, que siempre trabajó con contrato y en lugares con buenas recomendaciones, pero también reconoce que «hay muchos sitios en verano que se pasan, muchas horas y poco salario». Igualmente, ve que cada vez cuesta más encontrar profesionales. «Vienen a las entrevistas y luego no vienen a los días de prueba. Algunos sí será por condiciones laborales y otros porque no les apetece», afirma, sobre un sector en el que se trabaja más cuando el resto descansa.

Mientras, según los últimos datos de las Oficinas de Empleo, a cierre de junio había 8.775 demandantes de empleo para la actividad de servicios de comidas y bebidas y 1.209 en servicios de alojamiento, el 14% de los parados de la región.