La plantilla de Alcoa en Avilés, a pleno rendimiento a pesar de la cuenta atrás

Los trabajadores de Alcoa narran su día a día en la fábrica a menos de un mes de que empiecen los despidos | Mantienen la producción con la esperanza de que aparezca un comprador que evite el cierre, pero los ánimos están cada vez más bajos

LAURA CASTRO AVILÉS.

Los turnos en la industria, con eternas noches de trabajo y madrugones de órdago, se han vuelto menos llevaderos que nunca desde que el pasado 17 de octubre Alcoa anunció su decisión de decir adiós, sin miramientos, a sus plantas de Avilés y La Coruña. Indignados, los casi 700 trabajadores de las dos factorías se preguntaron cómo podía una multinacional pasar de hablarles de valores sobre la familia y el apoyo a la comunidad a dejarles «tirados» sin mostrar, ni siquiera, el más mínimo atisbo de estar dispuesta a buscar alternativas.

Algunos confiaban en que esta vez fuera como la de 2014, cuando la multinacional se quedó sin subasta de interrumpibilidad, y todo terminara en un «buen susto». Pero no ha sido sí y los ánimos de los trabajadores han ido decayendo cada día un poco más a medida que veían que Alcoa no solo no daba marcha atrás sino que fijaba un periodo de treinta días para negociar las condiciones de los despidos, un plazo que expirará el próximo 1 de diciembre. No hay margen para pensárselo mucho y por eso instan al Gobierno central a «ponerse las pilas» y frenar el ERE. Mientras tanto, ellos tratan de concentrarse en seguir trabajando como llevan haciendo, en la mayoría de casos, más de una década.

No pueden parar las máquinas, aunque algunas veces están tentados a hacerlo por el enfado y el hastío que sienten, pues saben que una vez se apaguen los motores es «prácticamente imposible» volverlos a arrancar. Y sin actividad, ningún comprador se interesará por las plantas. Por eso, siguen yendo cada día a trabajar como si no se los estuvieran descontando, pero la cabeza les juega, inevitablemente, malas pasadas.

«Te pones a leer noticias y ya no sabes ni de cuáles fiarte. Lo único que tenemos claro es que estamos despedidos, pero no paramos de trabajar. Nosotros somos profesionales, no como ellos», reprocha Jaime Sánchez. «¿Conseguiremos evitarlo? ¿Quién nos comprará? ¿Logrará el Gobierno central que Alcoa ceda?». Estas preguntas y otras tantas revolotean en sus cabezas sin descanso, especialmente durante las horas laborales. «No hay otro tema de conversación. Aunque queramos, es imposible hablar de otra cosa porque constantemente nos bombardean los teléfonos con nuevas informaciones. No hay quien desconecte de toda esta tensión», explica Joaquín Acevedo.

Algunos acaban de casarse, otros han firmado hace apenas unos meses su primera hipoteca y muchos de ellos rezan por salvar el sueldo que sustenta a su familia. La mayoría de la plantilla tiene entre 30 y 45 años y les preocupa haberse especializado demasiado en el trabajo que llevan ya más de una década desempeñando en Alcoa. Los que se encargan de mantenimiento tienen más opciones, pues los electromecánicos hacen falta en cualquier industria, pero los que se encargan de las cubas lo tienen más difícil. «Llega un punto en el que pierdes el contacto con el resto del mercado laboral. Aquí la empresa te forma en lo que a ellos les conviene y por un lado, está bien porque estamos muy especializados, pero por otro...», lamenta Marcos Fernández.

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Además, no se creen los motivos que ha alegado la empresa para el cierre. «Es imposible que hayamos pasado de ser la más eficiente a un lastre para ellos. No hay quien se lo crea», espeta Juan Carlos Martínez. Aseguran que todo es una cuestión de dinero, pero no porque haya pérdidas sino «porque siempre quieren más». Y es ahora, justamente, cuando los trabajadores recuerdan que en los últimos tres años no han parado de recibir visitas en su factoría para tomar ejemplo de «lo bien» que funciona. «¿De repente somos un desastre o qué?», plantea Martínez.

Los ánimos están caldeados y más después de la manifestación del jueves cuando más de 50.000 personas arroparon a los trabajadores de Alcoa en su lucha por mantener las fábricas abiertas. «Notas todo ese apoyo y aumentan las ganas de seguir peleando por esto», dice Acevedo. Pero por si decaen, el comité de empresa se esfuerza por hacer una labor «psicológica». De hecho, hablan constantemente con los que peor lo están pasando para darles fuerza. «Se trata de remar todos juntos y tirar unos de otros», indica Alberto Grijalbo, quien reconoce que, en ocasiones, esta tarea se vuelve muy complicada.

La cuenta atrás no para y Alcoa sigue agarrada con fuerza a la idea de cerrar las dos factorías. Los trabajadores exigen al Gobierno que tome medidas urgentes para obligar a la multinacional estadounidense a negociar. Se les agota el tiempo para evitar los despidos colectivos y les preocupa que con la nueva subasta de interrumpibilidad, la empresa puje en perjuicio de las plantas que quiere cerrar. Están convencidos de que solo el Ejecutivo de Pedro Sánchez puede poner punto final a su incertidumbre y le piden «desesperadamente» que «se deje de buenas palabras y actúe con firmeza ya».

«Nos estamos volviendo locos con todo esto»

Los ánimos están decayendo, pero siguen sacando fuerzas de donde no hay para hacer frente a la tormenta que tienen encima. Para Jaime Sánchez, de 38 años y natural de Llaranes, Alcoa está actuando como un niño. «Cuando éramos pequeños y nos cansábamos de un juguete lo tiramos. Ellos ya no quieren su juguete de Avilés, pero nunca pensé que fueran tan egoístas de querer romperlo así», reconoce. Sus esperanzas estaban concentradas en que Alcoa se decidiera a vender, pero las noticias que llegan «por todas partes» no son buenas. «Nos estamos volviendo locos con todo esto. Aquí dentro es casi el único tema del que se habla», dice. Reconoce que la angustia le invade cuando piensa en la cuenta atrás, en que cada día que pasa no es una suma sino un «descuento». Piensa en que no tiene hijos y se considera, dentro de lo que cabe, afortunado: «Si tengo que buscarme la vida puedo irme con mi mochila, no tengo ese extra de preocupación».

«La fábrica es nuestra y no la abandonaremos»

La manifestación del jueves le dio fuerza, pero sabe que tiene «los días contados». Juan Carlos Martínez, de 40 años, lleva más de 18 en Alcoa y siente la fábrica de Avilés como si fuera suya. Un sentir que comparten, dice, el resto de compañeros. «Cuando Alcoa compró Inespal vino con el objetivo de ser la mejor compañía del mundo. Así nos lo dijeron. Nos comieron la oreja hablándonos de valores. ¿Dónde está todo eso ahora?», critica. «La fábrica es nuestra y no la abandonaremos, vamos a seguir luchando por ella», incide.

Reconoce, sin embargo, que es difícil mantener la esperanza. «Hay mucho hastío ya. Son demasiadas las crisis que hemos vivido aquí. Llevamos años con la misma cantinela y eso nos asquea», asegura. Al principio, cuenta, luchaban codo con codo con la multinacional, pero ahora les ha «abandonado». «Pasamos de ser la mejor fábrica para ellos a que no nos cojan ni el teléfono. Es alucinante la facilidad con la que cambiaron de disco», lamenta.

«Si llega a mal puerto, nos dejará muy tocados»

Se emociona al hablar de todo lo que está viviendo estas últimas semanas. Joaquín Acevedo, de 39 años, no tiene palabras para definir lo que siente. Agradece conmovido el apoyo recibido en Avilés. «Sentirnos arropados así nos infunde ánimos para luchar en medio de toda esta pesadilla», cuenta Joaquín.

Delante de sus seres queridos le cuesta, a veces, «mantener la compostura». Son momentos difíciles para la 'familia' de la planta de Avilés. «Veo más a mis compañeros que a mis familiares. Trabajamos codo con codo desde hace más de 18 años y sabemos la vida que tiene cada uno fuera de esta fábrica y no es fácil. Si esto llega a mal puerto, nos quedaremos muy tocados», dice con preocupación.

Tiene que apagar el móvil para desconectar porque no puede evitar estar leyendo la última información sobre el conflicto. El fútbol es la excusa más recurrente en las horas muertas del turno para no pensar en el despido, pero nada apaga la preocupación del todo.

«Mostramos entereza, pero vivimos en tensión»

Forma parte del comité de empresa y su labor desde que la empresa anunció el cierre se ha centrado en dar apoyo a sus compañeros. Alberto Grijalbo tiene la vista puesta en el 1 de diciembre, cuando Alcoa empezará a despedir a los trabajadores de Avilés y La Coruña, pero procura mirar hacia otro lado delante de la plantilla. «Mostramos entereza, es lo que tenemos que hacer, pero es difícil disimular la presión y la tensión con la que vivimos», confiesa.

Cada uno de ellos tiene su propia historia fuera de la factoría y la de Alberto no es fácil, pues su mujer es eventual y hace cinco meses que se decidieron a comprarse un piso. «Ha sido un palo», asegura. Pero no deja de remar, ni puede ni quiere. Sabe que las máquinas de la factoría no pueden dejar de producir si quieren que un inversor las compre y ese es el mensaje que traslada al resto de sus compañeros. La terapia consiste, dice, en no dejar que los ánimos caigan: «Esto no va a pararse, pase lo que pase».

«Pasamos el día pensando qué será de nosotros»

No hay una sola hora del día en la que no le esté dando vueltas, junto al resto de sus compañeros de turno, al hecho de que en menos de un mes, si nada lo impide, estarán sin trabajo. Adrián Fernández, de 42 años, lleva «media vida» en Alcoa y después de todo lo vivido con la multinacional no entiende la manera en la que ahora les están dando la espalda. «Seguimos trabajando porque no queda otra, pero ganas ninguna», reconoce.

Especialmente duros se hacen los domingos por la noche, pues los turnos «pesan más» ahora que es consciente de que está produciendo para una empresa que les quiere dejar «en la estacada». Ha hecho ya todo tipo de divagaciones y cavilas, pero siempre llega a la misma conclusión: «Lo único que está sobre la mesa son los despidos».

Piensa en sus hijos, de 7 y 5 años, y en su mujer. Procura evitar hablar del tema cuando llega a casa, pero la cara de preocupación es difícil de esconder entre quienes le conocen bien.

«Trabajamos para alguien a quien le damos igual»

Marcos Fernández, de 39 años, está cansado de escuchar que deberían hacer como los mineros. «Me dicen que por qué no lo paramos todo. Y es porque no podemos. Si queremos que alguien compre la fábrica tenemos que seguir produciendo, estas máquinas no pueden parar y volver a arrancar como si nada», explica.

Sale de la planta convencido de que están haciendo las cosas bien. «Todo lo que está en nuestra mano lo estamos haciendo», asegura, pero se sienten solos. Recuerda que al final, sus horas de turno están beneficiando a una empresa que les ha dado la espalda. «Trabajamos para alguien que no quiere saber nada de nosotros, a quien le damos igual. ¿Te haces una idea de lo que es eso?», plantea Marcos. «Moralmente nos destroza», agrega crispado.

A lo largo del día son incontables las veces que se pregunta «todo esto, ¿para qué?», pero no baja los brazos. Al revés, ayuda al resto de sus compañeros a mantenerlos arriba. «Hay que pelar, no queda otra».