«Cuando se lleva al obrero al límite solo queda el sabotaje»

Manuel Ortiz de Galisteo, Manuel Sánchez Terán, Luis Braña y Ramón Cimadevilla. / HUGO ÁLVAREZ
Manuel Ortiz de Galisteo, Manuel Sánchez Terán, Luis Braña y Ramón Cimadevilla. / HUGO ÁLVAREZ

Cuatro trabajadores de Duro Felguera se encerraron en la Catedral de Oviedo hace 22 años por la situación de 39 despedidos | Los empleados de la empresa realizaron una intensa campaña de movilización en las calles, que concluyó tras 318 días de reclusión

ÓSCAR PANDIELLO OVIEDO.

Hace hoy 22 años, coincidiendo con la víspera de Nochebuena, cinco hombres decidieron irrumpir en la torre de la Catedral de Oviedo sin intención de abandonarla a corto plazo. 231 escalones y un camino tremendamente angosto que, para un grupo dispuesto a aguantar cualquier tipo de desalojo forzoso, suponía un fortín «inexpugnable». Justo lo que necesitaban. Pese a ser cinco, Gerardo Iglesias, Víctor Vaquero, Juanjo García, Juan Díaz y Luis Braña llevaron en su encierro en la Catedral el sentir de 39 trabajadores de Duro Felguera que, pese a los compromisos políticos, aún no contaban con una solución laboral adecuada tras el anuncio del despido de la iglesia.

Veintidós años después, a los pies de la Catedral, cuatro de los sindicalistas que se protagonizaron el encierro acuden para rememorar con EL COMERCIO las difíciles condiciones y el proceso político que les llevó a esta protesta. «Las protestas ya venían de atrás, con un encierro previo en el 92 y una huelga de hambre. Sin embargo, vimos como sus desprecios fueron subiendo gradualmente y como su determinación era la de aplastarnos. Llevaron a los obreros al límite y lo único que quedaba era aumentar el sabotaje», recuerda Manuel Sánchez Terán, exsindicalista de Comisiones Obreras encargado de llevar las negociaciones de los trabajadores con empresa e instituciones.

Las fechas eran señaladas y, a más de sesenta metros de altura, el termómetro y las intensas rachas de viento hacían descender el mercurio por debajo del umbral de los cero grados. Así lo recuerda Braña, uno de los encargados de aguantar bajo el reloj de la Catedral durante el primer tramo del encierro, que finalmente se acabaría alargando durante casi un año. Lo primero fue asegurar la escalinata para dificultar un eventual desalojo e instalar varios toldos que impidieran el paso del viento. «Teníamos que pasar la noche lo mejor posible y las condiciones, en un principio, fueron muy duras», explica Braña.

La segunda decisión fue cerrar a cal y canto la puerta de acceso a la torre. Las visitas serían escasas y los suministros se harían llegar a los encerrados a través de un sistema de cuerdas. «Si abríamos la puerta para hablar con compañeros o familiares íbamos a durar poco. Esa puerta no se abría bajo ningún concepto», apunta Manuel Ortiz de Galisteo, uno de los cuatro sindicalistas que en julio de 1997 daría el relevo a sus compañeros para aguantar el encierro en las mejores condiciones físicas y psicológicas posibles.

El conflicto venía de atrás. A principios de la década de los 90 Duro Felguera anunciaría el despido de más de 200 trabajadores. Este ERE, según explican los trabajadores implicados en el despido, no estaba justificado ya que la empresa era productiva. «Pero Duro siempre jugó adelantado a su tiempo y pensó en reconvertirse poniendo sus miras a veinte años vista. Es lo que hacen siempre», critica Terán.

Con una asamblea de trabajadores autogestionada dando guerra en las calles y después de varios pactos entre Administración y sindicatos que no contentó a los trabajadores, el 2 de noviembre de 1994 se llegó un acuerdo con el que buena parte de los despedidos fueron readmitidos y otros se acogieron a prejubilaciones y bajas voluntarias. Quedaban, finalmente, 39 trabajadores que debían ser acomodados en «empresas del sector y/o públicas de la región».

Acabar en la obra

Este acomodo no terminó de llegar con el paso de los meses hasta que el entonces presidente del Principado Sergio Marqués ofreció que los 39 trabajadores aceptaran acabar en el sector de la construcción. «Y cada uno en una empresa distinta, nos querían separar y dejarnos con contratos de obra», lamenta Ramón Cimadevilla. Ante la imposibilidad de cerrar un acuerdo, la opción de encerrarse en la catedral, ya explorada durante unos días en 1992, se puso sobre la mesa como una de las últimas medidas de presión posibles.

La vida en esos 20 metros cuadros fue dura, según recuerdan los encerrados, pero con el apoyo de los compañeros -los despedidos y los readmitidos- el proceso fue más llevadero. «Estábamos mentalizados de que había que aguantar. Mi madre murió estando yo allí arriba. Lloré, salí para el entierro y me volví allí arriba», explica Braña. Él, junto a Cimadevilla, Ortiz, Fermín Rodríguez y Marino García entraron a dar el relevo tras 221 días de encierro. Así, con el inesperado apoyo de la Iglesia -«fue la última institución que quedó junto a nosotros, con Merchán al frente», reconoce Terán- y la presión constante de los negociadores, finalmente hubo acuerdo. Fue en noviembre de 1997, cuando el Gobierno les ofreció trabajar en la mina pública como última propuesta. No fue el plan perfecto, pero cumplía con el acuerdo previo y aseguró el trabajo tras años de lucha.

Hoy, los protagonistas del encierro recuerdan con orgullo las 318 tardes en las que la campana de la Catedral repicó para recordar que 39 trabajadores de Duro Felguera seguían sin solución.