La campaña vista con ojos de inmigrante

La japonesa Kyoko Ito y el marroquí Mohamed reflexionan sobre el periodo electoral. «Me llama la atención lo del independetismo en Cataluña y Euskadi», dice ella

Kyoko Ito y Mohamed./
Kyoko Ito y Mohamed.
CARLOS MORÁN

Kyoko Ito | Profesora de japonés en Granada

«En Japón no entendemos lo del independentismo»

«En Japón, si te dicen que tienes que hacer una cosa para mañana, es para mañana; en España, se puede dejar para pasado», subraya Kyoko Ito una de las grandes diferencias entre la idiosincrasia nipona y la hispana. Como es muy cortés, le cuesta admitir que le gusta esa 'impuntualidad' típicamente latina, aunque precisa que, a veces, puede resultar un engorro: «La tranquilidad también puede estar mal», dice con su voz como de niña pequeña.

La historia de esta mujer de 40 años es un mapamundi. Fue una estudiante sin fronteras que, mientras cursaba el grado de Artes Liberales en su país natal (también es doctora), viajó y residió en Australia, Reino Unido, Chile o España para completar su formación y, de paso, aprender lenguas. En ese 'vaivén' del uno al otro confín recaló en Granada y, además de perfeccionar su castellano, conoció al hombre que iba a convertirse en su esposo.

La pareja emigró después a Japón y allí tuvieron dos hijos, pero el marido de Kyoko, que era docente, nunca se acostumbró a la «velocidad» de la sociedad nipona. Es el país que patentó el tren bala. Con eso está todo dicho.

Total, que el granadino hizo el camino de vuelta y Kyoko y los niños se quedaron en la potencia oriental. «Queríamos que conociesen la cultura japonesa», indica. La separación se prolongó durante varios años, pero con los niños ya más crecidos, la necesidad de la reunión familiar se impuso definitivamente.

EL DATO

2,09
millones de extranjeros trabajan en España, de acuerdo con los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) para el cuarto trimestre de 2018, que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE). Esto supone que al cierre del pasado año trabajaba cerca de la mitad del total de personas sin nacionalidad española que viven en el país, que son 4,36 millones, según la información de esta misma fuente.

Kyoko se propuso entonces encontrar un trabajo en España, pero no acababa de salir nada. Hasta que vio un anuncio de la Universidad de Granada que ofrecía una plaza de profesor de japonés para la Facultad de Filosofía y Letras. «Eché los papeles y me cogieron». De eso hace solo un año, pero la integración se ha producido sin traumas. «Los niños ya son unos granadinos más. Tienen amigos aquí y tienen amigos allí», relata con satisfacción. El objetivo del matrimonio hispano nipón era que sus hijos tuvieran una crianza y una formación mestiza y lo han logrado.

El destino ha querido que Kyoko, hija de una sociedad tan hiperproductiva y acelerada en el terreno del conocimiento como sosegada en lo político, sea testigo de una campaña electoral española, que no es cualquier cosa. Y más aún desde que el tradicional bipartidismo se diluyó con la irrupción de nuevas siglas.

En este sentido, lo que más sorprende a Kyoko es la pujanza de la demanda de autodeterminación en algunos territorios, una pulsión que en Japón es una excentricidad. «A los japoneses nos llama la atención lo del independetismo en Cataluña y Euskadi. Allí no existe ese sentimiento. Hay algunas personas que lo plantean, pero es una extravagancia», explica.

Un debate que sí se ha abierto paso en el país del sol naciente es el de la emigración. Los nipones se preguntan si es necesaria o no, una controversia que constituye una novedad por aquellos lares. «Japón es una isla y siempre hemos vivido encerrados en nosotros mismos», razona.

Viendo su currículum, nadie lo diría.

Mohamed | Inmigrante irregular marroquí

«Sé que hay quien quiere expulsarnos, espero que no pase»

La embarcación puso proa a las playas de Marbella. Y no era un yate de recreo. Mohamed, que es marroquí y acaba de cumplir los 18 años, llegó en febrero de 2018 a la costa malagueña en una patera en la que viajaban 23 personas más. Al igual que él, tres pasajeros eran adolescentes, esos chavales a los que se conoce en la jerga burocrática como 'menas', menores extranjeros no acompañados. Bueno, en realidad, la balsa no tocó tierra. La Guardia Civil la interceptó poco antes de que arribase al litoral marbellí, una de las zonas más lujosas del sur de España. Hace unos años, que una patera echase el ancla en las aguas de un municipio que era sinónimo de opulencia, debía ser casi tan chocante como asistir al aterrizaje de un ovni. Ya no. Todo el litoral andaluz es tierra de promisión para los africanos. Los movimientos migratorios no entienden de glamur. Se abren camino como pueden. Da lo mismo que corran el peligro de dejarse la piel en las concertinas o de que los engulla una mala mar. Peor es la alternativa de regresar. El retorno no es una opción para ellos. Volver es fracasar.

Mohamed y sus compañeros de fatigas habían navegado durante catorce horas cuando la Benemérita les echó el alto. Los veinte adultos fueron repatriados y los cuatro menores quedaron bajo la tutela de la Junta de Andalucía. «El viaje me costó 600 euros. No es mucho», indica el joven magrebí en una castellano más que aceptable. Cuando llegó a España solo hablaba árabe y, doce meses después, es bilingüe. Aprende rápido. Le va el futuro en ello.

EL DATO

12,4
mil Menores Extranjeros No Acompañados (Menas) se encontraban acogidos o tutelados en algún punto de España al cierre de octubre de 2018, el dato más actualizado del que dispone el Ministerio del Interior. El año pasado la cifra se disparó debido a la crisis migratoria, duplicándose de los 6.248 contabilizados en abril hasta los 12.437 que formaban parte de la lista el 31 de octubre.

Al alcanzar la mayoría de edad, puede ser devuelto a Marruecos. Por eso decidió viajar hasta Asturias, donde, según la información que intercambian los 'niños patera', era más fácil conseguir la residencia tras cumplir los 18 años, que es la razón esencial de su peregrinaje. «Aquí llueve mucho y hace más frío que en Andalucía», admite. Pero el clima tampoco es un obstáculo para los migrantes. Se adaptan y siguen adelante.

Cuenta Laura, una de las educadoras de la organización no gubernamental 'Identidad para ellos y ellas', que el centro de protección de Loriana, en Oviedo, es la «particular Ítaca» de los menores extranjeros que, como Mohamed, buscan regularizar su situación en España. Tan es así, que la capacidad de acogida del establecimiento se ha visto desbordada en más de una ocasión, lo que le ha convertido en una diana del emergente discurso 'anti inmigración'. El partido de extrema derecha Vox ya ha exigido el cierre de Loriana. Alegan que es un foco de inseguridad ciudadana.

Mohamed es consciente de que la irrupción de la formación ultra -en Andalucía, para sorpresa de muchos, consiguió casi 400.000 votos- puede suponer un problema para las personas que, como él, llegan a España de forma clandestina. Sabe que Vox ha reclamado la deportación de 53.000 inmigrantes irregulares, pero confía en que las urnas no le den la fuerza para que lo haga. «Sé que hay quien quiere expulsarnos, pero espero que eso no pase», dice, al tiempo que reconoce que alguna vez ha sentido el roce áspero del racismo. De momento, tiene tres meses para obtener los papeles que le permitan seguir en España. Mohamed quiere ser peluquero.