Último 'round' con Coca-Cola

Último 'round' con Coca-Cola

Los cuatro candidatos buscan un golpe de efecto y repiten imagen, excepto Pablo Iglesias, que se cambia de ropa y de coche

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Huele a nuevo, a plástico preservado en aire acondicionado, el lugar donde están los cuatro candidatos en su segundo 'round', que viene a ser el último de un largo combate dialéctico. El asalto quince, en el que ya no se ansía el 'knock out' sino aguantar de pie. Es el momento de la resistencia. Cada uno en su esquina. De sofás blancos en un reservado de paredes endebles pintadas de negro. Pedro Sánchez se quita la americana y espera en mangas de camisa, sin hablar, concentrado en su móvil. Concentrado. Mientras a su alrededor el mundo de la televisión estalla de nervios finales. Celo blanco para los cables de Antena 3; negro para La Sexta. «¡Quitad el cubo verde!». Tan delgados son los tabiques que uno puede escuchar al vecino. Poco secreto se desvela en las conversaciones.

En un ángulo de su sala, Pablo Casado está de pie, con su esposa y sus asesores. Toma una Coca-Cola. La charla parece informal. De amigos con el colega García Egea. Tres hombres, dos mujeres. Cada uno tiene su forma de relajarse. Pablo Iglesias, pierna cruzada en el sillón, habla con los suyos. El que más acompañantes tiene. No alcanzan los asientos. Un 30% de representación femenina en un ambiente más de hombres de traje. Por si acaso, Iglesias hoy trae jersey, que refuerza su imagen de viejo profesor sin canas. Irene Montero no le acompaña. En pie también pasa el tiempo previo al debate Albert Rivera. Le rodean sus tres más fieles. El único que habla es él. Los moderadores, una de beige; otro de azul, especulan cómo será el encuentro a cuatro bandas.

Los asesores pasillean. Tan cerca y tan lejos. Se juntan unos con otros, algo se dicen, ninguna alianza se teje a última hora. Si alguno se guardó un truco, empieza a ser tarde para usarlo. Sorprenderá pero el efecto se diluirá con la campanada final si no es un 'jab' que mande a la lona. La dirección de los ataques ya se dilucidó en la jornada previa.

A las 9:28 horas, llaman a los candidatos. Se detienen, obedientes, en la raya señalada para iniciar el camino al plató. Al empezar a andar, la delantera la toman Sánchez y Rivera, hombro con hombro. Parecen socios. Sincronizados. Casado se queda atrás pero apura el paso ante la cámara y se sitúa al lado de Rivera. Iglesias no se esfuerza. Se queda detrás de los tres. Misma estrategia que la de ayer: diferenciarse, a riesgo de autoexcluirse. Su lucha es de guerrillas. «¡No entran en el orden!», alerta una productora. Pero dentro, dos minutos después, se colocan donde van. Sin impugnaciones. Casado, Iglesias, Sánchez, Rivera. Dos maquilladoras están alerta con sus polvos para cuando las llamen. Durante las fotos, sólo Iglesias cambia la posición de las manos. De cruzarlas por delante, a la altura de la entrepierna, como Sánchez, la coloca a los lados, como los otros dos. Pasan a los atriles. Sánchez se permite una gracia. Bromea con los fotógrafos, vuelve el rictus.

Efecto taxi

La moqueta negra de las escaleras perdió pulcritud con las huellas de la hora de salida de los trabajadores de Atresmedia. El paseíllo de los candidatos es corto y no pisan ningún césped húmedo que embarre las suelas y ensucie el plató, como la jornada anterior. El 'déjà vu' de la espera se rompe con el orden, primero, de llegada de los aspirantes, y, segundo, con la intromisión de los manifestantes que gritan por la equiparación salarial, y suenan 'vuvuzelas' desde la avenida. Un monigote azul con forma de asterisco y del brazo de una chica de bata blanca es espantado por la policía que custodia la calle.

El primero es Albert Rivera, en lustroso coche negro a juego con sus zapatos. leva un segundo juego de traje azul, algo más claro, corbata similar. Misma distancia. Alguien grita a Rivera: estamos contigo. Y él se detiene y agradece. «¡Necesitamos visibilidad!», alcanza a oír al darse la vuelta. Como ayer con La1, elude los micrófonos de La Sexta y Antena 3.

Con el ruido de fondo de los que protestan, se detiene un taxi. Se apea Pablo Iglesias. Un golpe de efecto más eficaz que el Polo de ayer, cuando se rumoreaba que llegaría en bicicleta. Lleva un jersey debajo del sobretodo negro. La camisa azul la cambió por la blanca. Los demás repiten modelito. Iglesias ante el micrófono de La Sexta. Pequeño mitin con ruido de fondo, por el alza salarial de los funcionarios de prisiones.

El tercero que llega es Pablo Casado. En la acera más cercana, donde no podían estar los manifestantes, hay unas treinta personas que empiezan a corear: «Pablo, presidente». Casado se baja del coche, saluda y se salta el protocolo hacia el calor humano de sus hinchas, que le regalan una camiseta negra. Él la enseña, como si acabara de fichar por el club del barrio. Él también se detiene en los micrófonos. Contra todo pronóstico, habla más que Iglesias.

Mientras él da sus declaraciones, García Egea se queda con los manifestantes. De pronto, el líder de los 'casadistas', vestido y peinado como una juventud del PP, grita: «Pablo, eres el mejor». Los demás aplauden. Compiten con ellos los funcionarios de la loma, que tienen tan buenos pulmones como los 'hooligans' de los estadios. Para ratificarlo, de repente sale el director de El Chiringuito de Jugones.

Llega finalmente Sánchez. Repite coche, como los otros dos. Cuando baja del coche, el mismo fan de Casado grita otra vez: «Pablo presidente». Él lo toma a chiste. Sonríe. Mira de frente aquí y allá a las cámaras. «¿Bien?», y él mismo asiente con la cabeza un «sí». Ignora los micrófonos y se adentra en hacia el 'ring', a su vestuario a ponerse los guantes. Último 'round'. Los que saben de boxeo repiten que en las peleas largas gana el que tenga mejores piernas.

Estilo 'chiringuito'

Los pies juntitos e inmutables de Rivera contrastan con el baile bamboleante de Iglesias, que dobla una rodilla y después la otra ya cerca de las once. Sánchez y Casado, en la parada, se parecen, como sus trajes de perfecta medida. Mientras Casado sonríe cuando le hacen una pregunta, Iglesias esgrime el bolígrafo de tapa azul. Sánchez ensaya una actuación de galán comprensivo más que exasperado, y sus manos llaman la atención por el despojo: ni anillo ni reloj, pero, eso sí, las cutículas perfectas.

Por su parte, Rivera juega a desconcentrar. Otra vez en el papel del más duro. Es el primero en lanzar el recto a la mandíbula. A Sánchez, desde luego. Con un regalo por el día del libro. Pero falla el golpe. Sánchez se escurre con otro libro. Parece un chiste ensayado. Se repite una palabra: mentir. Se lanza como coloridas pelotas de 'paintball'. De forma indiscriminada, a quemarropa. Tiradores alegres de la acusación: todo es mentira. Hay menos balas de fogueo que el día anterior. Menos gráficos y fotos impresas. Mejor manejo de las manos en los tres que el día anterior escondían una de las dos manos, o la guardaba en el bolsillo. Se pondrá mejor en la segunda parte, cuando cuatro hombres hablen de mujeres.

Ni los moderadores tocan el agua. Salvo Rivera, que casi acaba su vaso, cuya estrategia surte efecto de rebote con Iglesias, que pierde los papeles ante sus interrupciones. «Impertinente», le dice el de Unidas Podemos a su rival de Ciudadanos. Más que su irritación, el momento destacó la mirada del líder del PSOE hacia Iglesias, casi sorprendido, de arriba abajo. Como si quisiera calmarlo. Pronto vuelve, sin embargo, a su nuevo rol. El del hombre que pide cumplir la ley, en vez de rehacerla. Aunque los zapatos brillan, menos el de Iglesias que son deportivas, el estilo 'chiringuito' triunfa por momentos. Sánchez parece tan tranquilo. Pero suda, brilla el mentón.

En la pausa publicitaria, van maquilladoras con sus bolsitos transparentes, y uno de los asesores de cada candidato. Viene el tema de violencia de género. Hay que hilar muy fino. Maquillan a Casado, mientras habla con Egea. A los otros todavía no los tocan, rehúyen a las buenas señoras para escuchar a sus consejeros. A Iglesias le retocan la frente y escucha atento. Le pica la pierna derecha, se rasca. Casado le pregunta a Egea si está bien el brillo de su cara, y da un paso atrás. A Rivera, de brazos cruzados, le gusta lo que le dicen. Se tapa la boca para acotar la estrategia. También Sánchez, cuando su asesor le dice que vaya de frente, en esa dirección hacia adelante. «Vale, vale», responde. Busca sus notas. Una productora les avisa cómo va el tiempo. El primero en retirarse es el asesor de Sánchez, pero mira el móvil. Se regresa. Algo le han dicho. El último en irse es el de Rivera, que se palpa la cartera, tal vez por aquella frase que ha repetido su asesorado.