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COMER SOLO, SOLO COMER

COMER SOLO, SOLO COMER
BENJAMÍN LANA

Con solo decir dos palabras duplicadas y una coma estamos presentando algunas de las circunstancias más características de nuestro tiempo. Dice el Instituto Nacional de Estadística que en España hay 4,6 millones de hogares en los que viven personas solas, cifra que crece sin tregua cada año. Vivir solo supone comprar en el supermercado para uno y cocinar para uno. La situación parece disuadir al personal de ponerse a elaborar grandes platos. Cuando el tiempo dedicado a la comida no se va a compartir con otras personas pareciera convertirse en una simple recarga de combustible en lugar de un momento de disfrute.

En el mercado suelen recibirse las primeras señales que inducen a la disuasión. En la era del todo envasado, ir al súper es una tarea desmotivadora. Paquetes con mejor precio para familias numerosas, ofertas tres por dos y bandejas con fruta o carne que dan para una semana. Pero no seamos pesimistas. No todo está perdido si uno está dispuesto a pagar más. Las marcas han detectado el ‘target’ y si bien con las viudas de más de 65 años –uno de los dos grupos más importantes de solitarios– no tienen mucho recorrido, porque ellas sí saben planificar, comprar y cocinar, con los jóvenes que viven solos la cosa cambia. Ellos están dispuestos a gastarse en la compra un 60% más porque les gustan las marcas y responden por impulso a la compra: «Me apetece». En las tiendas de conveniencia de las grandes ciudades, esas abiertas hasta altas horas de la madrugada, se puede encontrar desde leche en formato de medio litro a tomate frito mono-ración pasando, eso sí, por ginebras premium de tamaño estándar.

Al llegar a casa hay que vencer la pereza. Cocinar desde cero con alimentos no procesados exige tiempo y un mínimo de conocimiento, dos requisitos insalvables para muchos de estos jóvenes. Incluso para los que tienen afición a la comida, comprar todos los ingredientes para hacer una receta para una sola persona se convierte en un problema. En Nueva York fue un bombazo la aparición de la empresa Blue Apron, la primera que envía a casa un paquete con todo lo necesario para hacer la receta correspondiente, ya racionado y listo para usar e incluso personaliza menús para cocinar en casa a diario con los gustos de cada cliente.

Las personas que viven solas compran más comida preparada y comen más veces fuera de casa. Superan la media de gasto anual, que en España va subiendo desde 2013, aunque aún esté muy lejos de los casi 3.500 euros por persona que se gastaban en 2006 y que en lo peor de la crisis cayeron casi mil euros. Comer solo fuera de casa también es muy diferente a hacerlo con más personas. Las mesas tradicionales lo convierten a uno en protagonista imaginario de una historia a los ojos del resto de comensales. ¿Será viudo? ¿Esperará al novio o la novia? ¿Inspector de la Michelin? El teléfono móvil suele servir de cortina imaginaria, papel que antaño correspondía al libro. Basta concentrar la mirada en la pantalla y teclear con una sola mano sin dejar siquiera la cuchara.

Restaurantes con barra

Gracias a Dios, los restaurantes con barra van extendiéndose por todos los rincones. Las influencias orientales, por un lado, y las barras finas, que han pasado de los pinchos o las tapas que acompañaban a la bebida a un formato en el que la comida es lo fundamental, están ofreciendo nuevas oportunidades para los comensales solitarios, así sea con cuencos de ramen para los modernos o de ensaladilla o guisote casero para los más tradicionales. Sentarse en una barra no disuade, no exige tanto tiempo, suele tener una atención más rápida y las hay para todos los bolsillos: desde los seis euros hasta los más de sesenta que se pueden gastar sin despeinarse en media docena de establecimientos cercanos a la calle Ibiza de Madrid.

Para los miembros de nuestra secta, para los que aquello que ocurre en el interior del plato y alrededores –pan y vino, básicamente– es lo más importante, comer solo es una gran oportunidad. Véanlo así. Disfrutar sin necesidad de dar conversación o explicaciones, sin tener que elegir platos de la carta para que todo el grupo comparta, poder concentrarse en lo que te sirven e intercambiar preguntas y respuestas con el camarero sin miedo a ser tachado de ‘snob’, conforman un momento delicioso. No sé si se acuerdan, pero todo esto y más se puede lograr sin hacer fotos ni sacar el móvil del bolsillo. Simplemente mirando los ojitos de la grasa sobre la sopa, oliendo el pan aún tibio, dándose su tiempo, recordando solo aquello que la mente considere importante, sin necesidad de contarle a nadie lo que ha comido, guardándoselo secretamente solo para usted, convirtiéndolo en un recuerdo íntimo y privado.

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