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«Mi abuela Valentina dio con la receta de les fabes con almejes en Casa Olivo»

Las hermanas Natalia, Marta y Marimar Álvarez y su madre, Menchu Fernández, a la entrada del que fue su hogar durante muchos años, el restaurante Casa Olivo, cerrado desde enero./JUAN CARLOS ROMÁN
Las hermanas Natalia, Marta y Marimar Álvarez y su madre, Menchu Fernández, a la entrada del que fue su hogar durante muchos años, el restaurante Casa Olivo, cerrado desde enero. / JUAN CARLOS ROMÁN

Natalia Álvarez, sus hermanas, Marta y Marimar, y la madre de las tres, Menchu Fernández, fueron homenajeadas anoche como emblema de La Felguera

Jessica M. Puga
JESSICA M. PUGAGijón

Casa Olivo fue un clásico de La Felguera (Langreo) y un fundamental de Asturias durante casi 70 años. Su historia y quienes trabajaron los últimos años en acrecentarla recibieron un homenaje anoche en Llanera, a petición de la Asociación de Hostelería y turismo en Asturias (Otea) por «ser una institución histórica y de referencia gastronómica».

El establecimiento fue fundado en 1950 por Olivo y Valentina, un matrimonio procedente de Grado que cogió el traspaso del bar Alperi, y clausurado, «por circunstancias de la vida», el pasado mes de enero. Los fundadores decidieron transformar el bar del centro de La Felguera en un restaurante-sidrería en el que el cuidado de la materia prima fuese fundamental y, claro, con denominación de origen asturiana en su inmensa mayoría.

De la tarea en cocina se encargaba Valentina, mientras que Olivo se preocupaba de atender a los clientes hasta que enferma en 1962. Ese año entra para ayudar a la familia el hijo mayor de la familia Olivo, José Luis Álvarez, por todos conocido como Pepe Luis. Él se hizo cargo del negocio, ocupándose del bar y la barra mientras su madre seguía al frente de la cocina. Poco después, se incorporó Isabel, hermana de Pepe Luis, desarrollando la labor de sala.

El hijo de los fundadores fue un visionario que tenía muy claro lo que había que hacer para convertir Casa Olivo en referencia hostelera en la región. Para empezar, engrandeció la bodega hasta hacer de ella una de las más completas de la cuenca asturiana. En ella, los vinos y las sidras tenían todo el protagonismo posible. Tal era el cuidado de Pepe Luis, que se preocupaba de visitar los lagares y seleccionar los toneles.

La cocina de Casa Olivo recibió poco después a Menchu Fernández, la esposa del entonces responsable. Valentina, la suegra de esta, se encargó de enseñarle las recetas y los trucos de una profesión que, de primeras, confiesa que no le gustaba. Pero la aprendió, y con creces. Heredó los secretos de la merluza a la cazuela, el lechazo al horno y les fabes con almejes, plato este último que la familia asegura que es de autoría propia. «Mi abuela Valentina dio con esta receta en la cocina de Casa Olivo. Estaba con su amiga Matilide, con quien trabajaba codo con codo, y, un día, probaron a juntar fabes con almejes. Y hasta hoy», explica Natalia Álvarez Fernández, una de las tres hijas de Pepe Luis y Menchu.

El matrimonio crió a su prole, Natalia, Marimar y Marta, en Casa Olivo. «Recuerdo venir del colegio y entrar al restaurante porque es donde siempre estaban mis padres», explica Natalia, quien no duda en señalar que esta circunstancia «imprime carácter». También, dice, hay muchos sentimientos especiales que provocaron que, aunque ninguna de las tres hijas tuviera la idea inicial de heredar el negocio familiar, todas se quedaran en él. «De hecho, llegamos a estudiar otras cosas, pero la situación del negocio y de la familia nos hizo cambiar. Mi padre enfermó, así que nos encargamos de coger las riendas», revela.

Natalia Álvarez asegura que «es la vida la que te marca el camino muchas veces» y que fue esta la que indicó el final del de Casa Olivo. «Se juntaron muchas cosas. La crisis nos afectó, claro, pero también las circunstancias personales de cada una», apunta, al tiempo que incide en que su madre se había jubilado pero no dejaba de pensar en el negocio y «necesita descansar de verdad».

El cierre no «fue una decisión de hoy para mañana». Lo contrario. No corrieron la voz para «evitar que la gente inventara cosas». Solo lo avisaron llegado el final. Y el último día, aunque no hicieron ninguna fiesta –aún la tienen pendiente–, acabaron cantando rodeados de clientes de toda la vida. «Fue una jornada muy emotiva y, a la vez, muy feliz». Anoche lo recordaron cenando fabes con almejas y lechazo en el restaurante Peña Mea.