https://static.elcomercio.es/www/menu/img/gastronomia-desktop.jpg

El melonero infalible

Un vendedor de melones. /E. C.
Un vendedor de melones. / E. C.

Al difícil arte de escoger buenos melones se dedicó en 1830 una de los libros más curiosos de la gastronomía española

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Saber escoger un buen melón es una de las cosas más difíciles que existen. Se lo digo yo, que soy completamente zote un la materia y sufro sus amargas y pepineras consecuencias. Si ustedes también sufren en silencio la lotería del melón, sabrán que ante tal disyuntiva sólo hay dos opciones: vivir peligrosamente y dejarse aconsejar por el frutero o emplear por ciencia infusa los consejos de quienes presumen de atinar siempre. Estos zahoríes de las cucurbitáceas les hablarán del olor, del tacto, de pezones y pesos recomendados, sabias indicaciones en teoría que en la práctica (cuando miramos al melón de tú a tú) terminan convertidas en torpes palpamientos, largas inspecciones visuales en busca del famoso pezón, olfateos de perrete y malabares a dos manos como si fuésemos capaces de apreciar una diferencia de 50 gramos entre una pieza y otra. Este paripé acaba por provocar vergüenza tanto ajena como propia y lo habitual es huir lo más rápido posible con el último melón inspeccionado bajo el brazo, simulando cara de satisfacción y cruzando los dedos.

No piensen que esta ignorancia supina es cosa moderna o fruto del desenraizamiento rural, no. El dilema melonero es intrínseco al fruto en cuestión y ha preocupado al hombre desde hace 4.000 años, allá desde que empezó a cultivarse en Mesopotamia y el delta del Nilo. Como prueba de este desvelo vean si no el libro que les traigo hoy, uno de los más curiosos y simpáticos de la historia de nuestra gastronomía: 'El melonero inflalible o arte de conocer y escojer buenos melones y sandías' (sic). Publicado en Madrid en 1830, este tratado es en principio una traducción del volumen francés 'Manuel de l'Amateur de Melons ou l'art de reconnaître et d'acheter de bons melons' (Manual del aficionado a los melones o arte de reconocer y comprar buenos melones) escrito por un tal Alexandre Martin en 1827. La edición española fue una adaptación libre de la obra de Martin, traducida anónimamente al castellano «con las adiciones y correcciones necesarias por un apasionado a esta fruta deliciosa».

El libro de nuestro anónimo amigo incluye capítulos sobre la historia del melón, su cultivo, patologías y recolección, sus variedades, fisiología, modo de servirlo, preparaciones diversas, macedonia o anécdotas relacionadas, bibliografía del melón, conclusión y apéndice. Un estudio exhaustivo y práctico de la fruta más veraniega y críptica, descrita por el autor como «la fruta de los inteligentes» debido precisamente a la dificultad que estriba la ciencia de los melones, «arte que muchas personas creen poseer por una especie de encanto y conocimiento muy difícil de adquirir que desafía al entendimiento más perspicaz».

Comienza la introducción estableciendo que es tan complicado hallar un buen melón como un verdadero amigo, pero igual de satisfactorio. «Yo conozco algún gastrónomo que regalaría los reinos de Murcia y Aragón y aun también las Indias Orientales por una sola tajada de melón, y este gastrónomo tiene razón indudablemente; apelamos al juicio de aquellos que han tenido la rara felicidad, en este mundo sublunar, de comer una tajada de los melones de carne aguanosa, que se desliza sobre las papilas como un fragante rocío, refrigerando a un tiempo el paladar y el estómago. ¡Humillaos, melocotones de Aragón, guindas garrafales, peras urracas, ciruelas de doña Claudia!, el melón es superior a vosotros porque reúne a una sustancia eminentemente nutritiva un sabor que recrea el paladar y halaga el olfato como el aroma de la rosa o la violeta». Lo verdaderamente interesante llega en el apartado de fisiología, piedra angular del tratado y que versa sobre cómo reconocer de una dichosa vez un buen postre, asunto que según el simpático autor «para un gastrónomo es casi lo mismo que el 'to be or not to be' de Hamlet». Ojo al dato porque el intríngulis está en: 1) que las formas exteriores del melón sean propias de la casta o variedad a que pertenece, 2) que sea muy pesado, 3) que tenga el sonido sordo, cavernoso y sin eco, 4) que ceda suavemente por la extremidad opuesta al pezón y se levante bajo el pulgar que lo oprime, 5) que tenga el pezón corto, grueso y de color verde oscuro, 6) que sea muy aromático, 7) que sea de mediano tamaño y 8) que no tenga color uniforme. Para las sandías, «cuyo estado de perfecta madurez es más difícil de conocer que el del melón», recomienda rascar con la uña la cáscara y si ésta se desprende con facilidad es que está en sazón. Lógicamente aconseja también no fiarse de lo primero que dice el vendedor, no escatimar el dinero e ir a la mañana temprano al mercado para encontrar más oferta y poder enfriar al menos dos horas el preciado melón antes de comer, cosa que en 1830 se hacía metiéndolo en el pozo.

'El melonero infalible' termina con la advertencia más importante de todas: no tener miedo. Las primeras veces es posible que nos equivoquemos y traigamos a casa un melón garrafalmente malo, pero éste es un asunto de valientes. Sólo los «corazones pusilánimes, indignos del nombre de gastrónomos, que quieren lograr todas las suertes afortunadas sin exponerse a las contingencias» delegan la compra del melón. Seamos intrépidos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos