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POLLO Y ENSALADA

POLLO Y ENSALADA
BENJAMÍN LANA

Hay ratos en los que la vida te permite creer que tú estás al mando y que puedes planificar y gobernar tu destino, pero de cuando en vez tuerce tu brazo y te lanza contra el suelo para que recuerdes que eres un simple mortal. Puedes haber planificado con meses una cena en el nuevo Noma de René Redzepi en Copenhague, uno de los restaurantes más sugerentes del mundo, y terminar comiendo pollo y ensalada en la cervecera de tu pueblo. Puede que quien te acompaña a la mesa en un día triste en que aprendes la hondura de la palabra huérfano se lamente de tu suerte no solo por la pérdida sino también por el resultado de la misma: un humilde pollo asado. Pero en vez de sentir el lamento y autocompadecerte puede también que te llegue ese proverbio italiano que dice «A tavola non bisogna aver vergogna», algo así como «no te avergüences de tu mesa».

Solo los indignos y los esnobs hacen algo tan terrible. Ni siquiera cuando la mesa está vacía hay que condolerse. La vida es básicamente la lucha por poder llevar algo que comer al plato y es digno cualquier hombre que lo intenta. Por más sencillo que sea el alimento, los seres humanos que lo consiguen y lo comparten se dignifican. Todavía hay medio mundo en el que los padres no lo consiguen a diario. A los que nos tocó nacer en el lado rebosante del planeta nos toca ser conscientes y no olvidarlo nunca.

Un pollo con ensalada no es solo una comida sencilla. Puede ser también una delicia si se le pone mucho cariño y algo de talento. Hay muchos foie gras más terribles que algunos pollos que yo he comido. Txitxi, la persona que los asa en mi pueblo desde hace seis o siete lustros, ha pasado por el fuego más ejemplares que la Inquisición en toda su historia. Y siempre consigue que le salgan igual, con su piel tostada hasta que pierde las hormonas y brota su caldo milagros. No hay pechuga seca que se le resista. Todo vuelve a funcionar con ese caldo, como en aquel anuncio del aceite tres en uno.

Detonador de recuerdos

El pollo de Txitxi y su aderezo secreto son un detonador de recuerdos. Con solo meter un pedazo en la boca se aparece en la mente un niño con pantalones cortos y una botella de Mirinda. Soy yo. Vuelven a la vida aquellas cenas de familia que hacía un extra los sábados en los años 70. El segundo contramuslo enlaza la película con las primeras salidas adolescentes sin padres, con emoción y cerveza a raudales, preludio de fiestas y olor a vacaciones.

La historia de este país se podría conocer a través del rol histórico del pollo. El ave marcó la diferencia entre las dos Españas durante siglos: la que no podía ni soñar en comerlo y la que tenía quien se lo cebara y desplumara. Carpanta, el último español con hambre atrasada de la posguerra, nos enseñó a los niños de los 70 en los tebeos que el pollo es sueño, casi una quimera, y Rosa López, la flamante ganadora del primers Operación Triunfo, representó como nadie los anhelos de una parte del país cuando, después de conquistar la fama, dijo que a lo que aspiraba era a abrir un asador de pollos.

Proteína democrática

A partir de entonces al pollo corriente solo le han dado palos ingratamente, aunque ha hecho mucho más por la fraternidad de los españoles que el salmorejo. Hasta el punto de que en media Península le llaman pollo a l'ast, con ese recuerdo imborrable de aquellas vacaciones con espinillas en Cambrills o Salou. Qué hubiera sido de la costa mediterránea y de su modelo turístico sin el pollo.

La pobre y vilipendiada ave de granja es una de las proteínas más democráticas del mundo y sacia a diario a millones de personas. Solo por eso se merece un respeto. Hay días en que, yo el primero, nos ponemos excelsos en estas columnas y podemos cuestionar una gamba porque pasó una hora de más fuera del agua. Es verdad que si uno limita al norte con la excelencia, el crustáceo recocido es como un ángel sin alas arrojado al infierno, pero no obsta para que si toca ponerse serios reconozcamos que un pobre pollito que no ha picado más que barrotes de acero galvanizado, tan alejado de un pitu caleya, un capón o una buena pularda alimentada con grano, no es un ser del maligno.

Por eso cuando voy a la cervecera, pollería, asador o como se diga en su pueblo y me muestran una carta enriquecida con chuletas y rodaballos a la plancha hago una pequeña mueca y pido pollo. Lo contrario sería como faltarle al respeto al pobre bicho. Es como ir a una tetería y pedir café. Y claro, como la experiencia debe ser completa, de postre siempre pido la mítica tarta al whisky, homenaje como ningún otro a aquellos maravillosos años viejunos en los que todo el mundo decía la Guerra de las Galaxias y no Star Wars.

 

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