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LLANES

El Cenador del Convento

Los cocineros, Ángel y Tomás, en el centro, junto José Alberto y Jaime Concha. / NEL ACEBAL
Los cocineros, Ángel y Tomás, en el centro, junto José Alberto y Jaime Concha. / NEL ACEBAL

Fue severa comunidad religiosa, pero ahora ha cambiado el 'ora et labora' por un hedonista 'carpe diem'

Luis Antonio Alías
LUIS ANTONIO ALÍASGijón

Su primera apertura se debió a Sor María de Santo Tomé, la última a Benito Amable Concha Morán, dos vidas activas y creativas separadas por unos trescientos años. Sor María, monja agustina influyente, decidida y llanisca, dejó su convento vallisoletano para fundar otro en su villa, cosa que logró hacia 1666 consiguiendo donaciones y demostrando que no se trataba de un proyecto demasiado grande para una población pequeña. Pero además se presentó en Gijón, donde aún no existía convento ni colegio alguno tras luchas y desacuerdos de mercedarios, franciscanos y benedictinos, y convenció a los munícipes de lo mismo. No llegó a ver su obra porque murió en 1669: una gran casa donde niñas de toda condición saldrían de la completa ignorancia.

El Cenador del Convento

Dirección:
C/ Colegio de la Encarnación, 1 - Llanes
Teléfono:
985 40 01 50
Gerente:
José Alberto Concha González
Cocina:
Ángel Fernández González y Tomás Gulza
Sala:
Jaime Concha Seijó
Menú ejecutivo:
28 euros
Menú asturiano:
24 euros
Media a la carta:
35 euros
Descanso:
ningún día
Ajuar:
de calidad

La de Gijón, tras las desamortizaciones, vivió diferentes destinos hasta albergar la recordada Fábrica de Tabaco, y actualmente ejercer de ruina sin futuro claro; la de Llanes igual, menos lo último: ocupada por los franceses, desocupada por las buenas intenciones (con pésimos resultados) de Mendizábal, fue colegio de los escolapios (1873) y luego de los agustinos, el de La Encarnación, aún ampliamente recordado por funcionar de 1900 a 1960.

Diez años después resurgía por la voluntad de Amable, emprendedor originario de Los Caleyos de Ardisana y teyeru antes que hostelero. Para hacerse hostelero vendió una vaca, con el producto compró el pasaje y emigró a México, donde poco a poco pasó de recepcionista a gerente, y de gerente a promotor. Tuvo allí, además, a sus cuatro hijos y regresó en los años sesenta a la capital de su concejo deseoso de modernizar la oferta turística. Y construyó el Hotel Montemar. Al tiempo, Paco Saro (de ahí el 'Don Paco') retomaba el convento y lo dejaba en las expertas manos de Amable. Y de José Alberto, el hijo colaborador y cómplice, que ahora contempla a su propio hijo y tercera generación, Jaime, cuidando a los comensales.

Siempre decimos que quien da utilidad respetuosa a un monumento merece, además del reconocimiento por crear puestos de trabajo, el no menos importante de salvarnos el correspondiente trozo de un patrimonio, el asturiano, fértil en olvidos, ruinas y adulteraciones. Viene a cuento. La barroca portada del XVII, flanqueada por fuertes pilares, sucesivos pares de columnas dóricas con fustes estriados y curvo frontón, esculpe además de la superior hornacina avenerada, pináculos de picos, pináculos de bola, rosetas y triglifos: un primor. A su través entramos en la capilla, de nave única, altas bóvedas con lunetos, hornacinas y solidos arcos fajones sobre pilares; unas escaleras conducen al coro, y un friso labra tres blasones.

Las mesas ocupan un espacio donde existen ecos del momento y -para oídos finísimos- ecos del pasado, mientras los platos redondean manteles sin humildad de refectorio, exhibiendo ingredientes comarcales según el dictado veterano e identificable de Ángel, oniense de Benia. Éste, luego de formarse en el Gran Hotel Pelayo, al aire del Auseva, adquirió título de maestro con quien ya forma parte principal de nuestra renovación y modernización culinaria, Fernando Martín. A su lado aprendió y desarrolló un estilo propio que alcanza notoriedad en el refrescante salpicón de marisco, las densas manos de gochu y callos, las canónicas fabes y fabes con almejas, las verdinas de Ardisana (de humildes a ariostócratas), las mollejas de lechazo a la asturiana, el ajamonado pitu de caleya con arbeyos y patatines, el bonito en rueda, rollo y ventresca, los arroces con pitu o bugre, el cachopo de cecina y queso de Vidiago, y referencias asturmexicanas, «en recuedo de todos los que supieron convertir el mar en puente», reza la carta.

Afuera, ante los gruesos contrafuertes, la terraza acoge aperitivos, veladas y maitines: si Sor María montó aquí un centro de recogimiento y contemplación, la familia Concha lo mantiene y pone al día.