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GIJÓN

Bodega de Antonio

María Luisa Prieto, en su establecimiento. / CAROLINA SANTOS
María Luisa Prieto, en su establecimiento. / CAROLINA SANTOS

La descubrimos hace una década, y la reencontramos mejor que nunca, dando luz y vida al edificio fantasmal que ocupa

Luis Antonio Alías
LUIS ANTONIO ALÍASGijón

Dispondría, condicional: María Luisa rompe tan tétrico marco con su alegre y vivo exterior, verde, floreado, que invita a entrar y brindar ante todo por las resistentes, persistentes y entrañables esencias gijonesas que atesora.

Y es que la Bodega de Antonio cumplió ya treinta (y un) años en un ambiente que supera los embates de un curioso y creciente aislamiento: casi haciendo esquina con la Plaza de Europa, y a pocos pasos de Begoña, centro puro y populoso de la villa, ilumina un tramo solitario y desolado.

Bodega de Antonio

Dirección:
Anselmo Cifuentes, 16. Gijón
Teléfono:
985 340 238
Dueña y jefa de cocina:
María Luisa Prieto Menéndez
Ayudante de cocina:
Elena Alense
Sala:
Tere Campester
Apertura:
1988
Cierre:
Nunca
Menú de la casa de lunes a sábado:
9 euros
Domingos:
14 euros

Cosas del amor por la doble profesión de cocinera y bodeguera, a lo que debemos sumar su condición de tinetense, hosteleros de raíz por el mundo entero. En su aldea de Calleras supo de ganados y labranzas cuando niña, de asistencias hogareñas cuando joven y de ama de casa con tres hijas cuando aceptó dirigir los fogones del desaparecido colegio femenino de la Fundación Pola: «Me dio mucha confianza que las alumnas comieran con ganas lo que les preparaba, incluidas sopas, legumbres, verduras y otros alimentos imprescindibles, aunque poco populares a edades tempranas, y aún más que las madres me pidieran recetas de los platos que ellas alababan», recuerda dándole a la voz un punto de orgullo y otro de emoción.

Esta gratificante experiencia de doce años dio alas a la Bodega de Antonio, que ocuparía los locales de la Imprenta Trabanco, transformándolos adecuadamente: las viejas columnas de forja siguen sosteniendo la bóveda central, la barra y las mesas se afrontan en los laterales, y un altillo prolonga el comedor; hay tabiques blancos de ladrillo, bodegones, barra para acodarse y dar la parpayuela, añejas botellas, y una cocina guisandera, lenta, cariñosa, de siempre, sin disimulos ni trampas, para fartucase y echar un cantarín si no molestáramos a los que perpetuamente tocan sus 'smartphones'. Y hay, según día o encargo, croquetas de jamón, pote, fabes, panaché de verduras, carne asada, arroz con pitu de caleya, cabritín guisáu, cachopos de carne y pescado, paella mixta, lechazo al horno, albondigas salseras, bacalao de mil formas, tartas caseras, guiso de pulpo y chipirones, cebollas rellenas...

Empezó la costera del bonito, lo que significa marmitas, planchas, flambeados, a la vizcaína; y cuando setas, setas; y cuando fabes de mayo o guisantes, pues lo mismo. «Y los callos siempre limpiados y cortados personalmente», enfatiza. Y añade: «Cuento con una clientela muy fiel de padres a hijos, y variada por ocupaciones y procedencias, dadas las oficinas y hoteles próximos; comensales que gustan de platos tradicionales, sin exceso de especias y grasas, a precio justo y hechos con detenimiento y cuidado, que me desvela no bajar la guardia».

No hace falta que lo jure. Lo dijimos hace diez años (¡qué rápido pasó la última década!) y lo repetimos ahora: basta saborear el económico menú de cualquier día, compuesto siempre por éxitos de la carta, para sentirse a cuerpo de rey. Pero nunca de rey de la casa: aquí solo hay una reina, y esa es María Luisa. ¡Y que pase otra década portando corona!