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GIJÓN

El Nuevo Carru

Maribel y Junior escancian sidra. / AURELIO FLÓREZ
Maribel y Junior escancian sidra. / AURELIO FLÓREZ

Detrás hay una historia de sacrificio, de esfuerzo y de superación que se expresa a fuego lento cantábrico y caribeño

L. A. ALÍAS

Un chigrín de barrio al que no le falta nada. En realidad da a raudales hospitalidad, atención, simpatía y sabor, pronunciando esta última palabra con la 's' larguísima de Celia Cruz. O de Fefita la Grande, que aquí lo asturiano y lo dominicano celebran un matrimonio como el que celebraran tantos indianos en el pasado siglo.

Lógicamente, hay carrilleras con guisantes y puré de patata, cachopos de jamón o de cecina con queso crema o de La Peral, un cachopón como para salir en las noticias, tablones de carne para compartir. También llámpares salseras, hígado encebollado, lacón con cachelos, croquetas de picadillo, chipirones afogáos, pulpo con cachelos, fabes y potes.

El Nuevo Carru

Dirección:
Santa Rolalía , 14. Gijón.
Teléfono:
984 06 02 81.
Cocina:
María Isabel Montero Vallés.
Sala:
Carlos Julio Herrera Montero.
Apertura:
abril 2017.
Descanso:
martes.
Menú laborables:
8,50 euros.
Menú sábado:
12 euros.
Menú domingo:
15 euros.
Sidra:
Acebal, Canal y Trabanco.
Tarjetas de crédito:
se aceptan.

Al mismo tiempo, Santo Domingo, la tierra más española del caribe, pone plátano macho, yuca, arroz, chicharrón, longaniza, picapollo, habichuelas, bofe, mondongo, guandules, sancocho, mofongo de platano o yuca, aguacate: todo en bandeja grande para compartir o en combinaciones apropiadas para picar y mojar.

No hagamos traducciones del dominicano al castellano más allá de que los callos (mondongo), el bofe (pulmón), el chicharrón (tocino rustidín), los mofongos (picados finos de plátano o yuca), el sancocho (sopa con tropiezos de carne y huerta), los guandules (parecidos a guisantes) y el picapollo (pollo crujiente frito que ya quisieran los del Kentucky) forman parte de una cocina sabia en aprovechamientos, maceraciones, especias y satisfacciones.

Una cocina que aquí, en el Nuevu Carru, nos resulta particularmente cálida por sus dueños, madre e hijo. Ella, capitaleña de La Mina, barrio famoso por acoger en tiempos de la colonia a los africanos cimarrones de Haití (el trato español era mucho más humano que el francés), aprendió desde el primer recuerdo: Plérida, la abuela, poseía una fonda o puesto de comida en el mercado, y bien chiquita cortaba y guisaba con gana y gracia.

Allí seguiría si Carlos Julio, o Júnior, no hubiera nacido con medio brazo. Valiente y decidida dejó al niño con la familia, vino a España sin papeles, trabajó de interna para varias prosapias, trajo en cuanto pudo al capacitadísimo Júnior, logró las nacionalidades y nunca permitió que los esfuerzos derrotaran su energía o borraran su sonrisa.

Y el hijo, con una pequeña minusvalía física que le multiplicó capacidad y voluntad, estudió y trabajó en Alemania, en Nueva York y en Gijón, villa ésta nuestra y suya que enamoró a María Isabel durante una excursión hasta el punto de que decidiera quedarse y asturianizarse.

Tras dejar su impronta por unos cuantos chigres con nombre y renombre, ahora lucha y vence en el propio sintiéndose dueña y sierva, siempre feliz, creativa e inmejorablemente acompañada.

«Digan en el Yantar que sueño con disponer de un brazo artificial y móvil que me permita escanciar sidra articuladamente, controlando presión y movimiento, pues portando el vaso lo hago a la perfección», ruega Carlos Julio. Quede dicho para ofrecimientos y ofertas, que estamos ante un posible campeón cibernético de echadores.

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