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BELMONTE DE MIRANDA

Restaurante-Hotel Cela

María del Pilar Suárez y Roberto Riego, en la sala del restaurante belmontino. / BELÉN G. HIDALGO
María del Pilar Suárez y Roberto Riego, en la sala del restaurante belmontino. / BELÉN G. HIDALGO

Pasó de fonda arriera a hotel-restaurante de mérito por voluntad de los padres y dedicación del hijo

Luis Antonio Alías
LUIS ANTONIO ALÍASGijón

Ponemos lo de oro por encontrarse nuestro destino gastronómico al lado de la casona que alberga el aula dedicada a la explotación del más preciado y precioso de los metales, que el platino y el rodio llegaron después y no produjeron dorados. Hay razón: los belmontinos ya excavaron minas para conseguirlo antes que los romanos ahuecaran y derribaran montes por todo el territorio astur, y aún perseveran en las zonas vírgenes de la trimilenaria mina de Boinás.

Lo de xatos es marca de calidad del concejo, que además de proporcionarles pastos serenos, les da cuidados de animal de compañía.

Restaurante-Hotel Cela

Dirección:
Carretera del Puerto, s/n. Belmonte de Miranda
Teléfono:
985 76 24 93
Gerente y sala:
Roberto Riego Berdasco
Asesoría:
Marta Álvarez Vásquez
Cocina:
María del Pilar Suárez Arias
Segunda de cocina:
Carmen Gancedo
Menú laborables:
10 euros
Menú toda la semana:
20 euros (menús especiales 22)
Ajuar:
de calidad

Y lo de arbeyos, frescos en su corta primavera, gloria de las vegas del Pigueña y el Nalón, que riegan huertas abonadas por orbayo y cuchu.

También citamos a los cistercienses del desaparecido monasterio de Santa María de Lapedo, dueños y señores de todo lo visible y más allá, que enriquecieron y diversificaron la agricultura del XI al XIX. Luego, tras la desamortización, desaparecieron ellos y su monasterio: los labrados sillares fueron reutilizados para edificar edificios civiles, y los retablos llevados en carros de bueyes hasta la nueva parroquial de Calleras (Tineo): de protectores medievales, los monjes pasaron a explotadores haraganes, y los vecinos prefirieron borrar hasta su hermoso claustro. Una pena.

Sin embargo la alegría se siente, a poco solín que caiga, en el pequeño parque central de la villa, plazoleta cubierta por hórreo, bancos, cipreses y otros árboles de envergadura, que se asoma al río y a los montes cubiertos de espesos bosques autóctonos. Tan autóctonos como el ahora Gran Hotel Restaurante Cela, que aparte de su fabada o pote, de sus callos, de sus arbeyos con jamón, de sus tacos y entrecotes de xata y de otras especialidades consagradas y siempre construidas con ingredientes del entorno, posee historia, genio y futuro.

De la historia ignoramos el inicio, aunque sabemos que pasa por centenaria venta caminera: pan, cocido y lecho al gusto de arrieros de la maragatería, charros y alforjeros que comerciaban entre somontanos y transmontanos. Luego, la familia Cela le dio el nombre que conserva. Y en los años sesenta Consuelo y Fermín bajaron de su aldea.

Lo hicieron con el ímpetu comercial característico de los vaqueiros desbrañados: compraron la fonda, cocinaron, sirvieron, ganaron fama entre comensales y huéspedes y abrieron al lado el café restaurante Roger, importador de innovaciones.

El espacio quedó pequeño y con el cambio de siglo, respetando la arquitectura, añadieron pisos y buhardillas. No ahorraron materiales nobles, resaltaron los grandes miradores centrales y dejaron una cafetería y un comedor separados y amplios, donde combinan colores blanco y pistacho, con barra larga y sillas altas, mesas dispuestas, bodega confiable y carta que, a las enjundias citadas, une tortos de picadillo y huevo, corderín guisáu, pitu caleya, cachopo de merluza, chipirones afogáos, carrilleras al vino de Cangas, arroces caldosos y melosos de los que surgen mariscos y pescados cantábricos o, de etcétera, barreña con miel.

Y nos queda Roberto, hijo de Consuelo y Fermín, ambos ya jubilados. Aquí nació, aquí se crió, y aquí permanece con medio siglo de sentimiento y experiencia hacia cada rincón, cada detalle y cada acogida (así lo sentimos el día de la visita, y así lo sentimos tiempo después, al llamarle y presentarnos, que en el momento prudencia y anonimato van juntos). Promotor infatigable, posee otros hoteles y casas rurales, que vive de lo que le da vida. Y Pilar, cocinera experimentada y tinetense que sabe cómo tratar choscos y butietchos. Y Marta, esposa de Roberto, maestra praviana ejerciente que cuida y redondea este lugar de aciertos en el Belmonte del oro y los lobos, no obstante nada tenga que ver -todo lo contrario- con Wall Street.

Verdinas con zamburiñas y pulpo a la forma de Pilar

Ingredientes:

Para las verdinas:

-Faba verdina.

-1 trozo de panceta.

-1 cebolla.

-1 diente de ajo.

-1 hoja de laurel.

-1 chorro de aceite de oliva.

-Azafrán, agua y sal.

Para el fondo:

-1 cebolla.

-1 pimiento rojo.

-1 pimiento verde.

-2 guindillas troceadas.

-1 diente de ajo.

-1 docena de zamburiñas.

-1 pulpín de pedreru cocido.

-Aceite de oliva.

Elaboración:

Para las verdinas:

1. Ponemos todos los ingredientes señalados en una olla.

2. Los cubrimos con agua.

3. Llevamos a ebullición, desespumamos y bajamos el fuego al mínimo.

4. Cocemos a fuego muy lento hasta que la faba verdina esté en su punto.

5. Entonces retiramos de la pota el ajo, la cebolla y la panceta.

Para el fondo.

1. En una tartera amplia, donde luego quepan las verdinas, y con aceite de oliva, pochamos la cebolla, los pimientos y el ajo cortados fino.

2. Distribuimos las zamburiñas y el pulpo previamente cocido de la forma habitual y cortado en rodajas.

3. Agregamos las guindillas troceadas y un toque de sal.

4. Añadimos las verdinas a este fondo.

5. Finalmente, llevamos a ebullición, y dejamos que hierva suavemente diez minutos.

6. Tras dejar que repose unos minutos servimos.