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CANDÁS

Llagar de Pola

Diego Pola, Mari Paz Álvarez y José Ramón Pola. / TAREK HALABI
Diego Pola, Mari Paz Álvarez y José Ramón Pola. / TAREK HALABI

Madre, padre e hijo, reunidos laboralmente por afición y deseo, armonizan la tradición heredada con la ciencia estudiada

Luis Antonio Alías
LUIS ANTONIO ALÍASGijón

Frente a la fuente Santarúa, que abasteció de agua para consumo y para lavado de ropa a una parte de los candasinos desde 1779, frontón de sonoros caños con estanque grande, pilares alineando maceteros, tres ranas de piedra boquiabiertas escupiendo surtidores y una palmera de islote, abre su doble cometido hostelero el Llagar de Pola: un local para que tomemos aperitivos y cafés, otro para que comamos y bebamos sidra debidamente.

También abre terraza al lado de la fuente, que las dos terrazas en ambas entradas suman tres con la lateral del parque, que cuenta con quiosco de vieja estampa.

Llagar de Pola

Dirección:
Carlos Alba Kay, 39 - Candás
Teléfono:
984 39 16 09
Gerente:
José Ramón Pola Cearra
Cocina:
Diego Pola Álvarez y Mari Paz Álvarez Gutiérrez
Sala:
Alfredo García
Apertura:
2003
Descanso:
lunes
Menú laborables:
10 euros
Menú sábados:
15 euros

Bajo la sombra de los toldos, viendo el arbolado y los setos del cuidado parque, se disfruta del vermú o de la sidra con aromas añadidos de sol y clorofila; o de hierba mojada tras los chaparrones: un rincón delicioso y casi sereno en fechas que van incrementando concurrencias de vecinos y forasteros.

Por el flanco urbano del Pola, en dirección al apeadero de Feve, reencontramos el campo donde, además de su añadido bucólico, aparcar resulta fácil. O bastante posible, que tal acción, durante las fiestas, festivales, días de baño y demás bullicios a punto de temporada, cuesta siquiera imaginarlo cuesta abajo y hasta el mismo puerto.

Por lo tanto la familia Pola, el padre José Ramón, la madre Mari Paz, y el hijo Diego, nos ofrecen acomodo del buga, rincón plácido, menús ricos y nutritivos, y una carta llena de posibilidades para todos los gustos y bolsillos, con el añadido siempre confiable del interés familiar, cordial y directo en que los parroquianos, vengan del humor que vengan, permanezcan contentos, queden contentos y marchen contentos. Y se esmeran en lograrlo.

El llagar restaurante, iluminado y alegre, numera pipas de sidra con dispensadores automáticos, distribuye fotos del Candás que era hace un siglo, y reparte motivos llariegos como corresponde, que donde manda la sidra, manda Asturias, por mucho que se empeñen vascos, ingleses, alemanes o neozelandeses.

Y en precisamente lo llariego, como corresponde y bastante más, la cocina traza ensalada templada de merluza, callinos y patatines, pulpo a la plancha o amariscado, almejas a la plancha o marineras, calamares de potera, merluza a la plancha con pisto, entrecot de buey tierno tras el justo golpe de calor, y unos cachopinos y cachopos crujientes y tiernos que satisfacen gulas con altura, que seguro rapearía Rosalía una vez los probara.

El cachopo de concurso lleva ternera asturiana, jamón ibérico, queso manchego y guarnición de patatas y ensalada; también lo hay con cecina, y con otras hechuras, que a Diego se le puedan ocurrir, pues su madre ejerce de cocinera sabia y experimentada en potes sedosos y guisos densos, continuadora fiel de los saberes heredados; pero él, que sintió la vocación desde niño («me encantaba preparar bizcochos, pasteles y otras reposterías», recuerda) estudió y se formó profesionalmente a conciencia.

Hizo dirección de cocina en el María de Zayas de Majadahonda; seguidamente practicó fogones y preparaciones reales, prácticas y cotidianas, en la gloria por partida doble: el Gloria de Oviedo y el Gloria de Gijón, o séase Nacho Manzano; y en el Bellavista, o séase Ramón Álvarez; y en el Biniarán de Baqueira-Beret, o séase Jordán Sánchez. Así que, con tales antecedentes, los pescados de la comarca de Peñas y los arroces marineros le salen redondos, sin trampa ni cartón alguno.

Queda por citar José Ramón, el padre y promotor que deseaba una cafetería. Y por ella empezó, para luego añadir el llagar y las terrazas; no en vano vive con sus mejores colaboradores.