«Gracias a la sumisión sigo viva»

Victoria Eugenia Henao y su marido, Pablo Escobar, con quien se casó a los 15 años. /Editorial Península
Victoria Eugenia Henao y su marido, Pablo Escobar, con quien se casó a los 15 años. / Editorial Península

La viuda de Pablo Escobar publica sus memorias. Le conoció con 12 años y quedó «deslumbrada» por sus «ínfulas de poeta»

ANTONIO PANIAGUA

Pablo Escobar intentó poner de rodillas al Estado colombiano. El jefe del cartel de Medellín ordenó asesinatos de policías, periodistas, jueces y candidatos presidenciales. Su hijo le hace responsable de 3.000 homicidios, aunque la policía cree que esa cifra se queda corta y cifra en 5.500 los muertos despachados por sus sicarios. El capo inundó medio mundo de cocaína, lo que le reportó un formidable patrimonio. Atesoró una fortuna que, en el momento de su muerte, estaba valorada en mil millones de dólares, entre mansiones, obras de arte, un zoológico y automóviles de lujo. Durante seis años consecutivos, los comprendidos entre 1987 y 1993, su nombre apareció en la lista de los hombres más ricos del mundo que elabora la revista 'Forbes'. Sin embargo, su viuda, Victoria Eugenia Henao, de 57 años, asegura que no fue hasta después de su desaparición cuando se enteró de muchas de las atrocidades cometidas por su esposo. En su libro, 'Pablo Escobar: Mi vida y mi cárcel' (Península), que se publica coincidiendo con los 25 años de su defunción, Henao urde un relato exculpatorio sobre su persona. «Si tú le hablas a una personas y no te tiene en cuenta, de alguna manera te va excluyendo. Él era el adulto y yo una niña muy ingenua e inmadura, sometida a una cultura machista que domina a todas las mujeres en Colombia. Mis opiniones no tenían validez. En ese momento no tenía la habilidad ni la dignidad para pararme frente a él, me tenía que quedar callada y someterme», dice la viuda del hombre que puso en jaque al Ejército y las instituciones colombianas.

Vitoria tenía 12 años y Pablo Escobar 23 cuando él la empezó a cortejar, primero regalándole chicles y chocolatinas y luego relojes, flores y un disco de Camilo Sesto. Consiguió seducirla gracias a sus «ínfulas de poeta» y su «sonrisa sensual». Quedó deslumbrada, a pesar de la diferencia de edad. Al fin y al cabo, él era un hombre en toda regla, desprovisto de las «inseguridades y divagaciones» de un adolescente. Casi un cuarto de un siglo después de su muerte, su viuda aún no ha asimilado del todo que su marido era un criminal con un ejército de verdugos a sus órdenes. «Me está costando disociar esos dos personajes. Yo conocí al hombre amoroso, romántico y respetuoso; al filósofo y al escritor. Pablo me escribía muchas cartas de amor. También lo hacía con su madre y sus hermanos».

Pese a que la guerra de los narcos colombianos contra el Estado se cobró 46.612 vidas entre 1983 y 1994, Victoria Eugenia Henao prefirió mirar para otro lado y vivir en la ignorancia. Al principio ella atribuía su prosperidad a los negocios inmobiliarios y ganaderos de su esposo. Con todo, pasó por trances amargos por la avidez desbordada de mujeres de Pablo Escobar. «Viví muchos desplantes, muchas humillaciones, muchas infidelidades de mi marido, pero a la vez que me era infiel, me estaban poniendo una bomba, me tenía que esconder bajo tierra o irme del país. Era un doble juego difícil de soportar para la psique de cualquier mujer».

Dos de sus hermanos cayeron en la guerra de los narcos que desangró Colombia al hacer de secuaces de Escobar. Alonso Salazar, escritor y exalcalde de Medellín, asegura que fue Mario Henao quien recomendó a su cuñado secuestrar a miembros de las élites colombianas. Mario pereció en las selvas del río Magdalena en 1989, mientras que su hermano Carlos Arturo fue asesinado en 1993 por el grupo paramilitar Perseguidos por Pablo Escobar (Pepes), integrado por antiguos socios del narco que operaron bajo el sostén financiero de la cúpula del cartel de Cali.

Maníaco de la dinamita

Hubo un tiempo en que en cualquier lugar podía estallar un coche bomba por mandato del que ha sido llamado 'el patrón del mal'. Un avión, un hotel, un periódico, una farmacia, una calle eran devorados sin piedad por la dinamita de Escobar. Quienes le traicionaban podían darse por muertos. El rey de la coca se ensañaba con más crueldad con los desleales que con sus enemigos más fieros. A la vista de ese panorama, poca rebelión cabía. «Gracias a mi sumisión y mi inocencia podemos estar ahora conversando. Pensé en abandonarle muchas veces, le propuse separarnos y él me decía que nunca haría tal cosa, que mientras él existiera iba a defender el hogar por encima de cualquier cosa», asegura la viuda del traficante. Victoria Eugenia ya no se habla con la familia de Escobar. «Perdimos la relación recién muerto Pablo y no volvimos a tener vínculos de ninguna clase». Según la que mujer que le acompañó durante toda su vida, Escobar no les dejó nada. Se refugió en Argentina con sus hijos Juan Pablo y Manuela y mudó su nombre por el de María Isabel Santos Caballero. Sus propiedades fueron confiscadas por el Estado, mientras que sus antiguos compinches del cartel de Cali se cobraron lo que consideraban «costes de la guerra». Durante su cacería, siempre escapando de guarida en guarida, quienes fueron sus socios se apropiaron de varios obras de arte, entre ellas 'Los danzantes', de Salvador Dalí.

 

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