Los sastres que mantienen vivo su oficio en Asturias

Una decena de profesionales mantienen vivo el noble arte de la sastrería a medida en Asturias, a la espera de un necesario relevo generacional

Los sastres que mantienen vivo su oficio en Asturias
CAROLINA SANTOS / ÁLEX PIÑA
ROSA IGLESIAS

Son dos los tipos de confección que se trabajan en los talleres de sastrería, el oficio dedicado a la confección de trajes masculinos: el denominado 'bespoke', traje a la medida exacta de un cliente partiendo desde cero, y el llamado 'made to measure', que adapta un diseño existente a las medidas del cliente. La sastrería, de uno u otro tipo, vivió momentos de esplendor en la segunda mitad del siglo pasado. Había al menos un centenar repartidas por Asturias. «Era una costumbre, casi un ceremonial de entrada en la edad adulta, visitar al sastre y hacerse el primer traje». Así lo cuenta Javi Amador, titular de la conocida sastrería Boutique Juan, en Gijón, que no recuerda sus inicios con la aguja porque salía del colegio y corría al taller de su padre a enredar o a echar una mano como sastre piecero o sastrecillo, cuando contaba con ocho o diez años. Juan Amador, su padre, fue un sastre emblemático de Gijón que vistió a la plantilla del Sporting, a la policía municipal y a innumerables gijoneses. Eran buenos tiempos. A las jubilaciones de los profesionales clásicos vino a unirse la crisis, que mermó los presupuestos y el personal de los talleres. El desconocimiento del trabajo artesanal por parte del cliente actual, la creencia de que el traje era antiguo y aburrido y la masificación brutal del 'low cost' hicieron el resto. La sastrería es hoy negocio de unos pocos. Se siguen cosiendo en la Boutique Juan trajes de los de calle, pero los destinados a ceremonias suponen la mayor fuente de encargos. La estrella es el chaqué -que viene más corto y redondeado-, fundamentalmente para novios y testigos. Y escalando posiciones, el esmoquin. «Lo bueno que tiene la clientela que encarga trajes a medida es que sabe lo que quiere y aprecia el resultado», cuenta.

En Oviedo, al frente de la sastrería de su mismo nombre, se encuentra Plácido Iglesias, que continúa siendo el sastre más joven de la provincia, bien entrado en la cuarentena. Y está deseando pasar el testigo de ese título mientras atiende el trasiego de un taller que echa humo. Ayer se celebraron en Oviedo unos encuentros para profesionales del sector y seguidores de la sastrería organizadas y moderadas por el propio Iglesias, donde se trataron diferentes aspectos de la sastrería desde el punto de vista histórico, profesional y del usuario, con gran éxito de público. Entre los ponentes, Lucía Serrano (de Sastrería Serna), una de las pocas sastras que trabajan en España, haciendo visible a la mujer en los probadores, circunstancia impensable en otros tiempos. Y solo de visibilización se trata: el 70% por ciento del personal del taller fue siempre femenino.

Plácido Iglesias es sastre por herencia y a los dieciocho años decidió 'probar' en el negocio familiar. Empezó con cinco años intensivos de taller y, ya como maestro sastre artesano, continúa probando a diario, pero trajes a sus clientes. Especialista en 'bespoke', recibe encargos de todo tipo y con la discreción propia de la profesión cuenta de un frac de gira para un director de orquesta, de una sotana que se luce en Lourdes y de unos cuantos chaqués y tuxedos en provincias y el extranjero.

Coincide con Amador en que el esmoquin de fantasía está en auge. Y en que quizá el firmamento futbolístico tenga su responsabilidad: «Son los ídolos de hoy». El deseo de Iglesias y su «obligación» es que «el cliente, cuando se mire en el espejo, vea el reflejo de sí mismo». Y para eso hace falta conversar con él para seleccionar un tejido, color y forma adecuada, además de 50 horas de trabajo artesanal adaptado a la necesidad y morfología del cliente. Esa personalización pasa por la elección de silueta, solapas, botones, forros, largo de pernera, bolsillos... Y hasta forros lisos o estampados en todo tipo de motivos, incluidas las calaveras, que aquí el clasicismo se combina con el rock and roll si es preciso.

Hasta el más mínimo detalle tiene en sastrería su explicación. Y para muestra un botón, o varios, como los que lleva la abotonadura en la bocamanga de las americanas, una solución que facilitaba el trabajo cuando quitarse la chaqueta no era una opción. Hasta el bolsillo 'ticket pocket' o cerillero, que para tales fines se sumaba a los dos tradicionales de la parte delantera. A día de hoy, cuentan, está a la baja el bolsillo interior para la pluma y gana enteros el dedicado al teléfono móvil. Porque la sastrería está sujeta a modas, que es lo que la mantiene viva y la convierte en elemento cultural. «Y es sostenible, pues un traje dura diez años, frente a la obsolescencia programada de otras opciones», explica Iglesias.

Hay dos marcadas tendencias dentro de la sastrería: la británica, santo y seña del clasicismo, y la italiana, que abre el abanico a la fantasía en cuanto a tejidos y colorido. A medio camino entre Saville Road y el estilo napolitano está el modo de hacer español, que aguarda su relevo generacional en Asturias, pero empieza a reflorecer en las grandes capitales. Un sector sin desempleo que necesita nuevos profesionales. Un trabajo artesano que trata de hacer al individuo único en su vestimenta. Y ser único es la única solución a la globalización estética.