Emprendedor espíritu de amor a Gijón

POR JOSÉ ANTONIO RODRÍGUEZ CANAL
GLOSA. La alcaldesa, junto a José Antonio Rodríguez Canal, junto a la estatua de Jovellanos en la plaza del Seis de Agosto. / UCHA/
GLOSA. La alcaldesa, junto a José Antonio Rodríguez Canal, junto a la estatua de Jovellanos en la plaza del Seis de Agosto. / UCHA

Texto íntegro de la glosa realizada ayer por el ex director adjunto de EL COMERCIO.

Señora alcaldesa, señoras y señores, buenos días. Voy a ser breve, porque quizás por un cierto grado de deformación profesional, al escribir la glosa de esta efeméride jovellanista me ha salido un artículo, un artículo de periódico, con todo lo que ello implica de sencillez y carencia de cualquier asomo de pretenciosidad académica. Tengo la convicción de que todos ustedes agradecerán sinceramente esa brevedad. Para empezar, tengo que reconocerme también parcialmente abrumado por la responsabilidad de suceder en la tarea que inicio con estas palabras a personalidades de tanta relevancia como el ilustre jurista Aurelio Menéndez, el también ilustre y magnífico rector magnífico de la Universidad asturiana y presidente de todos los rectores de España, Juan Vázquez; al docto presidente del Foro Jovellanos, Jesús Menéndez Peláez, y a nuestra alcaldesa, vencedora en tres contiendas electorales sucesivas.

No se espere de mí en este trance aportación erudita alguna, sino una breve aproximación a la figura de Jovellanos y su proyección sobre los tiempos que corren. Y ello, planteado desde el punto de vista a ras de tierra de un gijonés corriente, periodista en activo en Gijón durante los últimos cuarenta y pico años, que tuvo la oportunidad de acercarse a todo lo que significó Jovino para nuestro país por las dos mejores vías que pudo encontrar: la relación con José Miguel Caso González y con Francisco Carantoña Dubert, dos jovellanistas extraordinarios, los dos primeros presidentes del Foro Jovellanos, a quienes con estas palabras quiero rendir póstumo y sincero homenaje de gratitud y admiración. En cuanto al primero, fui examinando suyo en la Sección de la Escuela Oficial de Periodismo integrada en la Universidad de La Laguna, donde ejercía él como catedrático de Literatura, y también lo frecuenté cuando desempeñó la presidencia del Ateneo (Jovellanos, desde luego). Del segundo, doblemente jovellanista por su nacimiento en Muros de Galicia y su fecunda vida gijonesa, fui compañero y discípulo durante más de 30 de los cuarenta y un años en los que ejerció la dirección de EL COMERCIO.

Llegados aquí, creo de justicia recordar que ambos tuvieron un papel decisivo en la puesta al alcance del público del libro 'Vida y obra de Jovellanos', dos tomos escritos por Caso, editados en fascículos por EL COMERCIO, con el patrocinio de Caja de Asturias, a mi modesto juicio el esfuerzo de divulgación jovellanista más importante llevado a cabo jamás, porque proporciona un conocimiento global del legado intelectual y la peripecia personal de don Gaspar a todo aquel que no prefiera las lecturas fragmentarias o aisladas ni adentrarse en el contenido de la colosal empresa inacabada del propio Caso que son las obras completas de Jovellanos.

El nombre de Jovellanos está omnipresente en Gijón y aun fuera de España: por citar dos ejemplos, hay un Instituto de Jovellanos en Alhucemas, norte de Marruecos, y un municipio llamado Jovellanos en Cuba. Sin embargo, esa presencia no ha tenido, en mi opinión, el reflejo adecuado en la escuela, ni en la enseñanza primaria ni en la secundaria. Tampoco hasta los últimos años en otros aspectos de la vida ciudadana, salvo, si se quiere, y que yo recuerde, los fastos del sesquicentenario del patricio, que incluyeron la representación en el Arango de su obra teatral 'El delincuente honrado'.

Hablo desde el lado de la experiencia para decir que Jovellanos y otros ilustrados, así como personalidades progresistas del diecinueve, durante muchos años han brillado por su mínima presencia como materia de estudio en las aulas. Las referencias, en el caso del prócer gijonés, casi siempre bordeaban lo patriotero o lo folclórico. No tengo noticia exacta de la situación actual en este orden de cosas, pero temo que no debe de haber motivos para el optimismo a juzgar por el trato que suelen recibir determinados estudios que cabe encuadrar entre las Humanidades.

Hay que lamentarlo, porque el conocimiento cabal de Jovellanos, de su trayectoria vital en la época convulsa que le tocó vivir, no sólo permite comprender las claves de aquella etapa por tantos motivos crucial de la Historia de España, también proporciona valiosos elementos de juicio aplicables en la actualidad.

Parece superfluo subrayar una vez más que Jovellanos fue en su tiempo un pionero en los más diversos campos de la actividad humana. No voy a referirme a su inmensa labor como intelectual, sino a algunas de sus propuestas e iniciativas, alejadas de la simple especulación filosófica, pero siempre vinculadas al terreno de las ideas, como no podía ser de otra manera, que poseían un contenido práctico que se mantiene en plena vigencia.

El Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía que él creó puede ser considerado, en cierto modo, el antecedente de la actual presencia de la Universidad, en su vertiente técnica, en Gijón. En ambos casos hubo que superar dificultades enormes, con una separación de casi 200 años en el tiempo, pero en circunstancias muy semejantes, de obstaculización y acoso a las legítimas aspiraciones de Gijón, esta suerte de en ocasiones pequeña ciudad-estado por vocación forzosa derivada de las circunstancias históricas.

La amplia perspectiva de la realidad social que caracterizaba todas las iniciativas de Jovellanos le llevó incluso, dice Caso citando a Ceán Bermúdez, a pensar en un establecimiento de ocio, donde gijoneses, forasteros y transeúntes pudieran juntarse para leer los periódicos, jugar al billar y a los naipes. En la práctica, un casino como el que tenemos aquí al lado, más de dos siglos después.

En 1782 Jovellanos proponía el establecimiento en Asturias de grandes fábricas, con la creación simultánea de un centro de preparación de técnicos. Es evidente la similitud con la situación actual, en que, superadas las traumáticas reconversiones de los años ochenta y noventa del siglo pasado, la necesidad de reindustrializar la región, como factor compensatorio de supersticiosas sacralizaciones de la terciarización de la economía y de una dañina dependencia de la construcción como monocultivo, precisa el indispensable complemento de avances sustanciales en I+D+i.

Las inquietudes jovellanistas acerca de la red viaria asturiana (la carretera de Gijón a Oviedo y la de Oviedo a León) no hace tantos años que quedaron satisfechas: la autopista 'Y' en 1976 y la del Huerna en 1983, ambas ya con insuficiencias de índole diversa que parecen en vías de solución, mientras que la actual autovía minera -y antes la carretera Carbonera- no son más que la plasmación moderna de la idea jovellanista de una carretera entre Gijón y la cuenca del Nalón que consideraba imprescindible para el desarrollo de las explotaciones de hulla.

Pienso que probablemente los desvelos de Jovellanos en materia de obras públicas se centrarían hoy en la ejecución de la variante ferroviaria de Pajares y en la culminación de la autovía del Cantábrico, pero también creo que cuando su admirable visión de futuro queda definida es al propugnar la mejora del puerto de Gijón para realizar a través de él el comercio exterior de la Meseta. Hoy -o mañana, ya se sabe- cuando se cumplen 197 años del comienzo de la última estancia del señor de Cimadevilla en su Gijón natal, esa mejora portuaria está en marcha. A las generaciones actuales nos corresponde conseguir que fructifique en progreso y prosperidad, con altura de miras y el pensamiento puesto en quienes nos han de suceder; con la prudencia y las cautelas necesarias para hacer las mejoras compatibles con la conservación de la riqueza medioambiental del concejo, sí, pero también siempre con el mismo emprendedor espíritu generoso, de amor a Gijón, que informó toda la vida de Jovellanos. Eso es todo.

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