Oda a Íñigo Botas

DIEGO MEDRANO

Martes sin pájaros

OH, tú, que todavía paseas tu papada de oro por los peores lenocinios, fiel al Martini como jarabe antes de la comida, imitando a Buñuel, con algo así como veinte kilos de más. Ríes con la fuerza del relámpago al recordar que tu película 'Best-seller' es el film con más muertos del cine español hasta la fecha (el año pasado cayeron tres). Has hecho de tu vida la mejor obra de arte, recordando a Baudelaire, y lees a Poe cada noche antes de acostarte, en esa pensioncita de la gloria, donde la pesadilla se convierte en mujer de sendos pechos con la que acostarse mirando a la pared, como castigado de uno mismo o quizá erecto, si bien no es lo mismo, y lo sabes bien. 'Castigado fálicamente, como Farinelli'.

Oh, tú, bohemio de las bohemias de Perico Beltrán en Madrid, cuando este comía paella en las peores tascas y, especialmente ebrio, cogía una cucaracha del bolso para muy serio dirigirse al camarero y espetarle: «¿Oiga, usted! ¿No podría cambiarme esto por una gamba?». Oh, tú, Mustafá Botas de las Nubes en tu cripta a la caída del sol (la pensioncita donde todavía puedes orinar por la ventana y te dejan), ver una vez más 'Best-seller' es el mejor método para curarse todas las penas. Botas de la salsa de tomate y los oricios sorbidos como coños, según tú decías, a veces con un poco de mostaza, para darles su aquél, lo que dicen el toque trágico en repostería. Eres un genio, quizás el único, y en esta región sólo me he enterado yo y algún escritor-cinematográfico de lo más obeso y muy gay. Oh, tú, Botas de la papada de oro, camarlengo del cigarrillo sobre las sábanas, cuando en la pesioncita no dejan fumar sobre el catre y lo sabes.

Oh, náufrago del vino barato, recitador de perdidos, maestro de la melenita con forma de quisquilla y de las gafas gruesas de pasta como Woody Allen, Pavarotti inmenso que siempre supo que el mejor plano era aquel de su sombra a la hora exacta del pedo. Oh, Iñigo Botas, escudero fiel del conde Giulano Fachetti della Pérgola y della Góndola, jaranero de unas horas donde el Martini entra como el agua, luces del sol o sencillamente lunáticas cuando tu papada habla por ti mismo y canta: «Arrieros somos / y en el camino nos encontraremos / lalalá lalalá». ¿Viva tu puto arte!

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