Alejandro y el mar

A Alejandro Zapico nunca le había gustado el mar. Por eso, cuando en aquel verano de 2006 le propusieron

BONITERO. El 'Pachilan' minutos antes de zarpar desde el puerto de Burela aquel verano. / ALEJANDRO ZAPICO./
BONITERO. El 'Pachilan' minutos antes de zarpar desde el puerto de Burela aquel verano. / ALEJANDRO ZAPICO.

enrolarse en el buque 'Pachilan' y partir rumbo a las Azores para vivir en primera persona la costera del bonito, se le subió el corazón a la garganta y sintió como la nuez le patinaba por ella como el nudo corredizo de una soga. Pero no podía negarse. Él era un arriesgado reportero, un fotoperiodista comprometido, un contador de historias. Y, sin duda, aquella historia merecía ser contada, a pesar de que la cuota de riesgo superase con creces su nivel de compromiso.

Así fue como aquel frío martes de julio arribó cabizbajo al puerto de Burela con la convicción de que estaba haciendo lo correcto, pues, como reza el proverbio inglés, «un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer». Y para una vez que los ingleses atinan en algo, lo mejor es darles la razón como les dimos Jamaica en 1655. ¿Acaso no repetía tozudamente Bismarck, todo un canciller de Prusia, que hemos venido a este mundo a cumplir con nuestro condenado deber y nada más? Pues subir al barco era el único deber de Alejandro Zapico entonces. El resto vendría por sí solo: una vez en alta mar, nada dependería de él, todo estaría en manos del la tripulación del barco y del ánimo impredecible del océano.

El primero que le vino a saludar fue Zacarías, el cocinero de a bordo, un caboverdiano que había acabado por coincidir en el 'Pachilan' con su hijo Óscar. Después fue conociendo al resto de la tripulación, por este orden: El Ruso, Borja, Tralla, Alberto, Churupito, Óscar y Pallella. Fue éste último quien le anunció que en los primeros días de navegación apenas podría levantar cabeza, pues es necesario un tiempo para acostumbrarse a los antojos del oleaje.

Pero lo que nadie le advirtió es que para unos pocos mortales, contrincantes naturales del océano como lo era el propio Alejandro Zapico, ese tiempo se prolonga durante todo los días que permanecen embarcados; que nada deja de moverse a su alrededor, ni cuando se reconcilian con el sueño; que el olor espantoso a pescado crudo, agarrado a todos los rincones del barco, se les instala irremediablemente en las aletas de la nariz, y más adentro; que cada minuto que pasa es un arpón lanzado sesenta veces contra su corazón.

Y así, mientras aquellos hombres rudos, hechos a la mar como delfines, se sobreponían a escarceos y tormentas para hacer su trabajo, Alejandro Zapico iba pasando los días en el 'Pachilan' sumido en una especie de irrealidad tambaleante, con todo lo malo que conllevaba dicho estado, pero sin lo único bueno que podría haberle reportado: la levedad. Porque aquella sensación que lo atrapaba era todo menos leve. Si algo había ajeno a la levedad en todo el universo conocido, eso era su propio cuerpo. Él era el peso del mundo, la sustancia de toda la materia. Y, alrededor, el mar.

El joven reportero trató de aminorar su desazón con el recuerdo de otros lugares terribles a los que en los últimos años le habían conducido su arrojo o su osadía. El Sahara. Guatemala. México. Angola. Afganistán. Irak. Pero de poco le sirvió hacerlo, porque en aquellos viajes, a pesar del silencio, de la miseria, del miedo, de los bombardeos siempre había habido algo que había terminado por unirle a la realidad: un teléfono móvil, un televisor predicando en una lengua extraña, una mirada cómplice, un suelo estable bajo sus pies cansados.

Los escarmientos sufridos en aquel barco por el aturdido Zapico en los días posteriores a lo referido son otra historia que tal vez algún día él mismo decida sacar a la luz. Por nuestra parte, bastará con revelar la celebrada llegada a puerto del bonitero 'Pachilan' a principios del mes de agosto, veintiocho días después de su partida, con contar cómo el suelo continuó moviéndose a los pies de Alejandro Zapico una vez fuera del barco, durante no pocos días, y con imaginar la carita que se le quedó a su prometida Cristina cuando contempló, acongojada, la flaca palidez, casi verdosa, que desarreglaba la fisonomía de su amado tras el fatídico viaje.

Al tercer día de su llegada a Gijón, unos cuantos antes de resucitar del todo, el teléfono de su casa emitió un timbrazo que lo sacó de golpe del sofá donde tumbaba su descalabro. Sin duda le llamaban de la agencia para recordarle la proximidad del viaje a Palestina concretado antes de su aventura en alta mar. Pero Alejandro Zapico se negó a contestar. Nunca más volvería a dejarse llevar por los proverbios ingleses; a partir de entonces, se emplearía en un oscuro trabajo alejado del riesgo y la aventura o haría caso a su madre de una vez y se entregaría con fervor al dulce desaliento de las oposiciones. Estaba decidido: en adelante dedicaría sus días y sus noches a disfrutar del suave ronroneo de la monotonía.

Sin embargo, mientras su mente trata de amarrar con doble nudo aquel más que razonable pensamiento, su cuerpo se acerca al teléfono de una forma natural, casi mecánica. En efecto, el número de su agencia figura amenazante en la pequeña pantalla del aparato. Y, entonces, algo dentro, algo muy dentro de su maltrecho cuerpo le obliga a contestar, a pesar de todo lo que ello implica: renunciar a esa vida cómoda y sosegada que había empezado a construirse en la cabeza y asumir que, al fin y al cabo, «un hombre tiene que hacer lo que un hombre tiene que hacer». Con esa leve convicción trepándole la espalda en forma de calambre, Alejandro Zapico traza algo parecido a una sonrisa y levanta el auricular del teléfono con resolución, como sólo los reporteros, los fotoperiodistas, los contadores de historias saben hacerlo.