Miguel Rojo crea con 'La senda del cometa' una novela sobre la fragilidad humana

Ambientada en Gijón, pretende «devolverle a la ciudad lo que la ciudad me ha dado»

PACHÉ MERAYO
PRESENTACIÓN. Miguel Rojo, en la librería Cervantes. / J. DÍAZ/
PRESENTACIÓN. Miguel Rojo, en la librería Cervantes. / J. DÍAZ

Iba a ser una novela de amor, pero acabó siendo una demostración de la fragilidad humana. Se titula 'La senda del cometa' (Lara editorial) y es el último libro de Miguel Rojo, una narración presentada ayer en la Librería Cervantes (el martes se presentará en el Ateneo Jovellanos, de Gijón), de lenguaje limpio, «pulido, casi podado», dice él, que se arrima a la sencillez después de un complejo trabajo de huida de grandes alardes, «de grandes metáforas», en sus propias palabras. Es una nueva muestra de la manera de hacer de este escritor asturiano, poeta, además de narrador, que no marca su territorio donde lo hacen otros, «porque no me gustan las escuelas, igual que nunca me gustaron los partidos políticos». Quiere, dice, «moverse con absoluta libertad» y es lo que lleva haciendo desde que aterrizó en el mercado editorial con 'Babayu'.

Confesaba ayer Rojo que en el embrión de 'La senda del cometa' (titulada así por que habla de la llegada de un cometa a Gijón, «que va a coincidir con una serie de sucesos determinantes de varios cambios en la hasta entonces anodina y tranquila vida del protagonista, Carlos» está un libro de Francisco Tarazona, 'Memorias de un piloto de caza'. En él se describe poéticamente el encuentro de dos amantes antes de la llegada del cometa. «Me pareció un hecho fascinante y decidí escribir una historia sobre él, aparte de enmarcarlo en Gijón para devolverle a la ciudad lo que la ciudad me ha dado, pero a veces lo que tenías planeado toma unas sendas imprevistas y eso fue lo que pasó». Repentinamente, los protagonistas no eran la pareja, sino su hijo (Carlos) y el amor dejó de ser la columna vertebral, para ser casi todo lo contrario. «Lo que cuento con esta historia es que las personas vamos por la vida acorazadas, pero basta que nos den en dos o tres puntos débiles para que nos derrumbemos, para que mostremos nuestra fragilidad»

Llega, por cierto, Carlos a sentir esa temida fragilidad en sus carnes, tras una sospecha de infidelidad y la inesperada agonía de su madre. «Pero también porque acaba constatando que su vida es un fracaso».