Festival de solidaridad

'El astillero' reflejó las luchas de los trabajadores de Naval Gijón por salvar sus puestos laborales, en un Teatro Jovellanos abarrotado

ALBERTO PIQUERO
REIVINDICACIÓN. Cándido y Morala, junto a Alejandro Zapico, director del filme 'El astillero', a las puertas del Jovellanos. / PALOMA UCHA/
REIVINDICACIÓN. Cándido y Morala, junto a Alejandro Zapico, director del filme 'El astillero', a las puertas del Jovellanos. / PALOMA UCHA

El Festival de Cine de Gijón fue ayer una fiesta de la solidaridad, en su sección 'Esbilla', con la proyección en el Teatro Jovellanos de 'El astillero. Perdonen las molestias', película documental dirigida por el fotoperiodista asturiano Alejandro Zapico.

La película es historia y es vida. Es la historia del astillero Naval Gijón, desde que en los años 80 comenzó a oscurecerse su futuro, y la vida de los trabajadores que más empeño han puesto para que esa crónica de un final anunciado tuviera otro desenlace. Sí, la tenaz oposición a los paulatinos recortes de plantilla por parte de Cándido y Morala, pero extendiendo el protagonismo a Fuenteovejuna. Si una de las consignas más coreadas -en la pantalla y en el patio de butacas- es la que proclama de que «¿Cándido y Morala somos todos!», cabe la reciprocidad. O sea, que los dos líderes sindicales también son una prolongación de esa gente que les respalda.

Uno de los momentos más emotivos de la filmación se sitúa en el epílogo de la misma, cuando la cámara descubre en los ojos de ambos algo parecido a unas lágrimas que se contienen. Era el instante del reencuentro con los suyos tras haber permanecido durante diecinueve días en el penal de Villabona, acusados de haber ocasionado destrozos en el mobiliario urbano por un importe de 5.000 euros. La movilización social les rescató de la cárcel, pero aún está pendiente la resolución judicial que ha de estimar una petición de condena que se cifra en tres años. Una relación proporcional que deja estupefactos, por ejemplo, al párroco de La Calzada, José María Bardiales, o al Premio Pulitzer de Fotografía, Javier Bauluz, productor asimismo del documental.

Son dos de los muchos intervinientes en la cinta. Imposible mencionarlos a todos, aunque se haya de resaltar a algunos de los jóvenes despedidos en la primera reestructuración empresarial.

La lucidez de Alejandro Ordiz, quien confiesa su miedo en las manifestaciones callejeras iniciales. O la ponderación en los juicios de David Saavedra. El resumen podría ponerse en la boca de la viuda de un trabajador: «Tenían que defender sus derechos porque las palabras se las lleva el viento». Un modo de traducir el pan nuestro de cada día.

Compromiso

Por el medio, está la presencia de Fernando León de Aranoa, quien se inspiró en la crisis de Naval Gijón para 'Los lunes al sol', así como diversas secuencias de la cinta. Hubo risas generales al leer Javier Bardem la fábula de la cigarra y «la hija de puta» de la hormiga. Pero la fábula que han protagonizado estos hombres habla del compromiso social, ese concepto que ha caído en desuso. De la mano tendida entre los obreros que tenían un puesto laboral asegurado y aquellos otros que eran eventuales.

Morala continúa denunciando que todo se explica «por los 300.000 metros cuadrados de la bahía», muy golosos para las inmobiliarias.

Tras bajarse el telón -con una cita de Onetti: «En esta época, es triste, hay que llamar triunfo a un acto de justicia»-, se alzaron pancartas a favor de la libertad para Cándido y Morala. «¿Asturias se salva luchando!», fue el último coro unánime.