Aquellos Gordos de antaño

En 1885 llegó el primer Gordo a Asturias, repartido «entre muchachas de servir y dependientes». El segundo, en 1965, voló de Gijón a Sariego y Langreo, y EL COMERCIO lo anunció con altavoces en Corrida

M. F. A.
Aquellos Gordos de antaño

-Verá usted, estaba yo comiendo esta tarde en el Chigre de Guanikey, cuando entró un muchacho y me dijo: «El primer premio ha tocado en el número 16560». Yo saqué mis décimos y me lamenté: «Ya podía haber salido éste». Y entonces el muchacho asustado me dijo: «Si es que es el que salió». Resultó que se había confundido de número. Yo iba por el segundo plato y seguí comiendo. Pero le dije al chaval: «Cállate, no es menester levantar polvo», y pedí brazo de gitano.

Es el relato, recogido tal cual por EL COMERCIO, de José Vigil Vigil, uno de los agraciados con uno de los primeros gordos que llegó a Asturias. Tocó en Gijón, en el año 1956, pero voló a Sariego y Langreo con su lluvia de pesetas. No fue el primero, que llegó en 1885, «estuvo muy repartido entre muchachas de servir y dependientes», y repartió dos millones y medio de pesetas.

Entonces las cosas eran bien distintas. Nada de televisiones en directo retransmitiendo la alegría colectiva, nada de enterarse al instante de la buena suerte. Pero, eso sí, la misma alegría y muchos más agujeros que tapar a finales del siglo XIX y en plena postguerra en una España mucho más pobre y atrasada que la de hoy.

¿Quieren saber cómo se enteraron los gijoneses de que había tocado el Gordo en el año 1956? A falta de teles, allí estaba EL COMERCIO: «Nuestros altavoces, colocados a la calle Corrida, cumplieron ayer, con dos segundos (un récord) de retraso sobre la información directa de Madrid, el objetivo con el que todos habíamos soñado: dar la noticia de que el Gordo había caído en Gijón. Un revuelo (un asomarse los vecinos a las ventanas, un mirar participaciones) siguió al emocionado anuncio que hizo por el micrófono Luis Santos, locutor empleado de Electro Gas, que funcionaba desde nuestra Redacción. Hasta el tranvía pareció que iba a parar ante nuestra Casa».

José Vigil Vigil, un saregano que falleció en septiembre del pasado año, narraba al inicio de este reportaje cómo se descubrió afortunado de un Gordo del que se vendió la serie completa en la administración de la plaza del Seis de Agosto y que él se encargó de repartir por Vega de Sariego con ayuda de otros. Muchos de aquellos afortunados han muerto ya, pero aún quedan las hemerotecas para recordar que entonces el pueblo tenía 37 casas y cuarenta familias, que Vigil era un antiguo lechero que compró dos mil pesetas de lotería en Gijón, y que Aurora Bastián colaboró con él en el reparto de la lluvia de pesetas.

Ella, hoy igualmente ya fallecida, tiene también su protagonismo en las crónicas periodísticas de la época: «Se llama Aurora Bastián y tiene una tienda en Vega que es medio chigre y es una mujer de gafas, con buen humor, que tuvo en sus manos tres millones de pesetas y las repartió por las buenas (...). A ella le entregó José Vigil cuatrocientas pesetas del primer premio y se quedó sólo con cuarenta pesetas, por lo menos eso es lo que asegura doña Aurora». Ella confesaba entonces al periódico que «daba participaciones a todo el que me las pedía», así que no es extraño que la suerte se extendiera por todo el pueblo.

Hasta La Camocha

Claro que el dinero también se repartió entre los mineros de La Camocha e incluso se trasladó hasta el Valle del Nalón. La alegría se traslucía en unas primeras páginas sin el color de las de hoy, pero con las mismas sonrisas talladas en las caras. Y también los rostros de decepción de quienes no tuvieron la suerte de lado. Ese fue precisamente el caso del joven guardia civil llamado Isaac que en aquel entonces compró doce pesetas y cincuenta céntimos del número premiado, pero, poco antes del sorteo, se las regaló a un amigo. Sin querer vio pasar de largo «noventa y tres mil pesetas y pico». «El amigo le va dar a la mitad del premio», decían conocidos del agente. Y el periódico añadía: «No sabemos si será verdad».

El mismo día en que en el Teatro Jovellanos se proyectaba 'Más dura será la caída', con Humphrey Bogart de cabeza de cartel, a Sama llegaban quince millones de pesetas. Entre los afortunados, Mariano Suárez, capellán del hospital, que repartió nada menos que medio millón de pesetas entre familiares y amigos.

Unos tuvieron suerte y otros no, pero hubo un chico que se llevó cinco mil pesetas del ala sólo por dar la noticia que, con el récord de dos segundos de retraso, había adelantado EL COMERCIO en plena calle Corrida. El joven que anunció a José Vigil su premio también tuvo el suyo: «Vigil, de pronto nos dice 'quiero entregar cinco mil pesetas al chico ese que me dio la noticia. No sé cómo se llama. Sólo sé que estaba haciendo la mili en Gijón y que trabajaba con un huevero'». Esta fue su promesa. Y la cumplió. La viuda de Vigil lo confirma hoy, 51 años después, desde Sariego: «Claro que lo encontró y le dio las cinco mil pesetas».

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