Valdediós, de lo divino a lo humano

El monasterio cisterciense refundado en 1992 vive una encrucijada que podría acabar con la marcha de sus inquilinos actuales para dar paso a una nueva comunidad de religiosos

M. F. A.

Llegaron seis monjes allá por 1992 y ahora mismo habitan los históricos muros solamente tres. El año olímpico fue en el valle de Valdediós el de la vuelta de la vida monástica a un lugar repleto de historia y en el que también habitaron y habitan las intrigas y las penurias. El origen de todo está ochocientos años atrás. Todo empezó un 27 de noviembre de 1200 cuando los Reyes de León Alfonso IX y Berenguela donaron a la abadía coruñesa de Sobrado el valle de Boiges para fundar un nuevo monasterio cisterciense. Aquella voluntad de que el Císter llenara de paz y espiritualidad el hermoso valle de Villaviciosa se quebró varias veces en un pasado azaroso. La historia -tozuda- podría repetirse de nuevo.

Dieciocho años después de aquella donación real comenzaban las obras del templo de la abadía, que vivió en los años siguientes una buena racha que llegó a su fin en los siglos XIV y XV. Las crisis espirituales y económicas tuvieron la culpa, hasta que en 1515, el claustro se incorporó a la Congregación Cisterciense de la Regular Observancia o de San Bernardo de Castilla. Peores fueron los tiempos que estaban por llegar en plena Edad Media. Una riada en 1522 acabó con el claustro y sólo se salvó la iglesia del desastre, lo que forzó una primera reconstrucción de un monasterio que en el siglo XVIII vivió uno de sus momentos de esplendor. Pero la invasión francesa, la Guerra de Independencia y las desamortizaciones dieron al traste con la vida monástica, que se cerró oficialmente en 1835, aunque tres de los monjes permanecieron allí hasta la muerte del último de ellos casi tres décadas después.

Eran tres aquellos monjes y son tres los que quedan ahora viviendo bajo el mismo techo, el mismo que ya en manos del Arzobispado de Oviedo fue Seminario Menor, Colegio de Secundaria, Seminario Diocesano y, por fin, y de nuevo, convento. Antes, en 1986 se iniciaron unas obras fundamentales para que el enclave recuperara su belleza de antaño y de las que los monjes cistercienses han sido testigos de excepción durante quince años y medio.

Fue un 29 de julio cuando se refundó un monasterio que en estos años ha recibido a un sinfín de turistas en sus hospederías, a viajeros interesados en recorrer su claustro, posar sus ojos en el magnífico Conventín y respirar una paz y una calma que -cuentan fuentes próximas al monasterio- sólo existía en apariencia. Por varias razones, porque las relaciones de los monjes cistercienses con su orden, el Císter, no parecen ser las mejores y porque incluso en un espacio de oración, estudio y trabajo, en un ambiente de silencio y recogimiento, en un lugar con hueco para todo lo divino, también habitan las debilidades humanas. Son de carne y hueso los frailes que ocupan las celdas y al frente de los que se encuentra y se ha encontrado siempre Jorge Gibert. Él ha sido y sigue siendo el prior y es él quien busca ahora la manera de sortear a un destino que dice que un complejo tan grande necesita más vida, necesita más inquilinos y quiere buscarlos más allá de las fronteras españolas, en una comunidad religiosa fundada en 1975. Pero parece que el prior ha sido también el motivo de que en el monasterio no se viviera esa paz que se le presupone, hay quienes apuntan incluso que muchos de los abandonos respondían al descontento con el funcionamiento del cenobio.

Pocos perseveran

Sea como fuere, el caso es que en los diez primeros años de vida del monasterio quisieron ingresar en sus celdas unas ochenta personas con el ánimo de quedarse, pero sólo unos pocos «han perseverado», decía Gibert cuando se celebraba esa década de aniversario. Son más de un centenar los que lo han intentado hasta la fecha, ya fueran sacerdotes o no, pero la realidad dice que sólo quedan tres. Hay, además, otros tres monjes exclaustrados, una especie de expulsión temporal que en principio debía durar tres años pero que se prolonga ya durante unos ocho años.

Esa cifra de sólo tres frailes es la que pone en riesgo la supervivencia del claustro, que, por si fuera poco, no es reconocido como propio por la orden del Císter. Como quiera que su fundación se hizo de una manera un tanto extraña, ya que ningún monasterio de la congregación se encargó de su tutela, como es norma habitual de funcionamiento, depende directamente de la Santa Sede. Quizá por esa falta de conexión con el Císter, el prior de Valdediós quiso que él y los suyos pasaran a depender de la orden de los trapenses, también cistercienses y cuya vida monástica es similar a la suya, pero, por el momento, tampoco han encontrado apoyo en esta congregación que cuenta con siete monasterios en España y que en dos ocasiones ya ha dicho que 'no'. Y 'no' ha dicho también Jorge Gibert a la pretensiones del Arzobispado de Oviedo de buscarle un retiro como canónigo en la Catedral.

Así las cosas, y con el Arzobispado con ganas de dinamizar el monasterio, de darle vida, de que las habitaciones se llenen de vocaciones, el futuro de los monjes cistercienses se presenta incierto.

Dicen en el Arzobispado que todo sigue igual, que no hay ningún plan para proceder al cambio de orden religiosa, pero lo cierto es que los franceses de la comunidad de San Juan ya han recibido a una delegación asturiana en el vecino país y han devuelto cortésmente la visita para ver con sus propios ojos las bellezas del Valle de Dios.

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