Rafael de Zamora, literato y melómano

TAL día como hoy de hace un siglo, un 20 de mayo de 1908 que cayó en miércoles, murió en su domicilio ovetense de la calle Uría, a las cinco y media de la tarde, el tercer marqués de Valero de Urría, un literato bohemio y extravagante llamado Rafael de Zamora y Pérez de Urría. Contaba sólo 46 años, corta edad que le permitió, no obstante, forjarse una más que bien acreditada fama de sabio clasicista, así como tomar parte en las principales iniciativas de corte ilustrado que se pusieron en marcha en la capital del Principado, a la que llegó después de nacer en París, en noviembre de 1861, y de adquirir una sólida formación en La Sorbona y Salamanca, donde se licenció en Derecho Civil y Canónico. Muchos fueron los cargos que desempeñó, como la vicepresidencia de Cruz Roja, la dirección de la Escuela de Industrias y Bellas Artes de Oviedo o la presidencia del Casino y de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, responsabilidad en la que probablemente volcó lo mejor de sí mismo dada su condición de reputado compositor musical y prolijo experto en todo lo concerniente a esta disciplina, que demostró en sus artículos periodísticos y en algunas de las conferencias que dictó en los cursos de la naciente Extensión Universitaria, como fue el caso de uno dedicado a Mozart y su ópera 'La flauta mágica'; en la necrológica de 'El Carbayón' se recuerda que dominaba «los secretos técnicos y estéticos del divino arte». Además, a raíz de una actuación de la Sociedad Coral Avilesina en el teatro Campoamor, el vate Marcos del Torniello recitó una composición que arrancaba con un saludo al presidente de la Asociación Coral Ovetense, Rafael de Zamora, y que decía: «Salú, varón ilustrísimu / vusía con celencia, / quien tien la presidencia, / que munchu bien está, / del Casinón de Uviedu, / que goza tanta fama / que asín la xente llama / primera sociedá».

Rafael de Zamora era un lector infatigable, nada dado a alardear de sus conocimientos, que escribió versos en francés y latín, publicó doctos estudios en diarios como 'El Correo de Asturias' y 'La Opinión de Asturias', y que tradujo íntegra 'La Ilíada' homérica, a la que consagró cinco años de intenso trabajo, enfrascándose posteriormente en poner en castellano 'La Odisea', a la que él mismo definió como «larga, penosa, descomunal, pero entretenidísima traducción que me sorbe los sesos, me agosta el caletre, me exprime el meollo y me tiene lelo de verdad, pues no pienso en otra cosa y durante ocho horas cada día no me ocupo en otro trabajo». Todo este esfuerzo no obtuvo recompensa, ya que sus versiones no llegaron a la imprenta, lo que no le sucedió al complejo divertimento contra los fatuos representantes del mundo artístico que vio la luz en Oviedo en 1906 y que llevaba el largo y estrafalario título de 'Crímenes literarios y meras tentativas escriturales y delictuosas (Máquina cerebral. Dogmas éticos. Banquete anual. Áureas lavas. Los ojos del amor. El cuadrúpedo-Dios) perpetrados por el profesor D. Iscariotes Val de Ur, catedrático de Paleografía, Criptología y Zoophonía en la Universidad de Polanes, publicados, comentados y precedidos de una biografía del mismo por Rafael Urdeval, telarañista, su discípulo y albacea'. Esta satírica obra cosechó tantos elogios que sus amigos le brindaron en el Hotel Francés de Oviedo un banquete de homenaje el 24 de febrero de 1907. Del libro comentó Pérez Galdós que era «exquisito»; Azorín, que se trataba de un «genialísimo libro escrito en sapiente castellano», y Pérez de Ayala llegó a brindarle una alabanza poética: «¿Cómo sin ser dilecto de la sabiduría / ibas a hacer un libro tan lleno de armonía, / tan sutil y empapado de esa risa sana / que a los labios inspira la necedad humana?». Otros críticos madrileños afirmaron que se trataba de un producto «soberbio» o «el más ameno, interesante, profundo y nutritivo de cuantos han visto la luz por estas tierras hace muchos años».

Aunque en Asturias la aparición de esta rareza bibliográfica produjo alguna que otra censura (se habló de «incoherencias y divagaciones monstruosas»), en ciertos medios se acertó a ver que en «aquellas traviesas y humorísticas páginas» se encerraba «un profundo sentimiento de la belleza y de la ética, vislumbrándose allí en muchos de los conceptos un aticismo clásico y una filosofía que aún no ha aparecido y que llegará muy pronto». Si esta región tuviera a gala su rico patrimonio cultural pasado no dejaría sin celebrar una efeméride como la del centenario de un autor que se alejó «de exhibiciones mundanales y laboraba en la pureza cristalina de un éxtasis sincero», según escribió su admirador Pérez de Ayala, y que poseía, como hace 40 años apuntó Antón Rubín, «una exquisita modestia» que le empujo a hacer «las cosas sin darles importancia».

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