El fuego y la palabra

RUBÉN FIGAREDO
El fuego y la palabra

Ya no hay blusones multicolores pecho lobo, ni pantalones pirata con volantes, pero seguimos teniendo como techo las estrellas y olemos el perfume del heno recién segado. Nos acostamos de día pero eso nos da otra perspectiva, la del que viaja a través de la celebración sin empaparse de sus fluidos, siendo sólo cómplice de las emociones del respetable que espera lo incierto, el pálpito de la fiesta en la que todo es posible. Una de las poéticas de este trabajo es lo aleatorio del destino. Como si un dedo divino se posara perezoso en el lugar más recóndito, en la aldea más a desmano donde nunca ha entrado un tráiler y el viento da la vuelta después de mecer las ramas y avivar las hogueras.

En San Pedro del Romeral son 700 vecinos pero tradiciones como los marzos están tan vivas como el susurro de sus fuentes. Son coplas entonadas por grupos de varones la última noche de febrero que tienen la finalidad de cortejar y dar la bienvenida a la primavera. Sus intérpretes, los 'marceos', reciben a cambio un estipendio en metálico o especie. Cuando apunta el verano, con todo lo que sacan, y lo que da la barraca, los marzos montan la fiesta en la ermita del Rosario. Las cuadrillas de rapsodas cántabros van de casa en casa preguntando al dueño: «¿Rezamos o cantamos?» Tras la venia, los cantarines se deslizan con versos como estos: «Niñas que al balcón salís, meted las faldas para adentro, que hacéis pecar a los hombres contra el sexto mandamiento».

Valdenoceda es el corazón de la merindad de Valdivielso, donde la vieja Castilla burgalesa presume de sus arrugas. La iglesia románica de San Miguel y la torre medieval de los Velasco son sus principales monumentos, aunque hay otro edificio bastante menos grato, la antigua fábrica de seda y harina que sirvió como penal franquista entre 1939 y 1945. En la fiesta planta su tenderete Juan Antonio Alaña, un artesano peculiar que recorre las romerías con sus cuernos tallados y parece salido de un atávico caserío vasco donde el cuerno era el modo de comunicarse. Es inútil buscar el precio de las piezas, para él no lo tienen y sólo los regala a las personas que le caen bien. Una coleccionista norteamericana le ofreció un dineral por la colección completa pero Juan Antonio prefirió regalarle un cuerno al rey, que es como regalárnoslo a todos, eso si con la leyenda en euskera «como para todo el mundo».

Sanzo, en el concejo de Pesoz, se asoma al embalse de Grandas de Salime y habla una fala que no quiere ser gallega. Cada año los quince hermanos de Casa Basilio celebran San Juan sembrando de pétalos de rosa la capillita del patrón. Nada que ver con la verbena-botellón de El Sardinero donde el fuego calienta la noche santanderina y el calimocho aviva unas palabras que tienen otras urgencias entre las que el verso no se encuentra.

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