Las fronteras invisibles

RUBÉN FIGAREDO
Las fronteras invisibles

La comunidad marca las ceremonias de paso para cada estación o reverbera las comilonas que seguían a una buena cacería en las sociedades primitivas.

Y si la tradición no existe se inventa. Se escoge a un patrón vacante en el panteón y se le pone a trabajar para la diversión. O tal vez todo es un 'como si', la simulación de lo que ya no está lo que nos brinda una ilusión de permanencia casi siempre falsa. En El Panorama de Arenas de Cabrales las señoritas de la villa cantan envueltas en mantones de Manila, mientras los mozos simulan los trabajos del campo con un impecable carro del país, con asas forradas de espuma para no mancarse. En italiano manca lo que se echa de menos, como extraña José Vicente -un muchachote de la comisión fiestera que habla por el móvil vestido de asturiano- los veranos de su infancia en los que subía al puerto a cuidar del ganado, sin tele ni ordenador, comiendo pan duro para que las vacas se ventilaran los pastos más frescos. «Ya ningún joven está dispuesto a hacer eso», me dice mientras se ajusta los escarpines.

En la verbena se subasta a una jovencita del pueblo, en una humorada que provocaría el escándalo de cualquier ministra del eufeminismo, de las que pretenden sustituir a golpe de decreto los viejos vicios por las dudosas virtudes de la corrección política, y de paso cargarse el lenguaje y convertirlo en surrealista.

-Tres mil euros y una carga de leña. Grita alguien del público. La chica se ríe y baja a bailar con el pujador. No parece demasiado humillada. Ahora explíqueselo a la que pasó de gestionar el hecho diferencial flamenco -a fuerza de subvención domesticable- a servirnos la asimétrica ilusión de la igualdad de género.

Selaya es una de las capitales de la quesada y el sobao, y además del Palacio de Donadío que tiene frente a su fachada una de las boleras más antiguas de Cantabria, cuenta con un curioso monumento a la sed, representada como un ser que es todo piernas y que corona un caño de agua clorada con saña que nos hace olvidar que estamos en un pueblo de la España verde.

Cuando uno viaja por el hinterland cantábrico se percata hasta que punto las fronteras administrativas son un invento artificial. Los astures trasmontanos o cismontanos juegan a la llave y juran lo mismo cuando la ebriedad se abre paso. La chana leonesa en Asturias se llama xana, y anjana en Cantabria, donde nuestro busgosu pasa a ser el musgosu, cambiando el bosque donde habita por el musgo que le viste.

En las Asturias de Santillana la gaita pone la misma piel de gallina y se entonan las mismas canciones, contemplamos la misma película, sólo cambian las localizaciones y se multiplican los sueldos de los gestores.

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