Los trenes perdidos

RUBÉN FIGAREDO
Los trenes perdidos

En El Berrón ya nadie recuerda la escisión de Noreña que en tiempos se conocía en Siero como 'su Gibraltar' y casi nadie sabe por qué se celebra San Martín en pleno mes de julio, pero prácticamente todos añoran su antigua estación, sus porches de madera, sus columnas de hierro colado y su bulliciosa cantina. Aquí se cruzaba el ferrocarril de Langreo que iba de norte a sur, con los Económicos que venían de este a oeste. Estos no eran más que dos de los muchos trazados de distinto ancho que las industrias mineras y siderúrgicas trazaban al compás de sus necesidades, en una caótica proliferación de vías y apeaderos única en Europa.

Muchos recordamos la impunidad con la que fue destruida la estación ovetense del Ferrocarril Vasco-Asturiano. Los que hoy sacan pecho por la paralización del proyecto de dos rascacielos en su solar, que todavía hoy es una herida abierta después de casi dos décadas, deberían recordar quiénes fueron los artífices de su derribo, a pesar de que ya existía un proyecto para rehabilitarla que además generaba plusvalías para sus propietarios. Para las administraciones parece ser mejor y más rentable impedir que las cosas envejezcan a la vez que lo hacen quienes las miran. La moda es que se tapen los desmanes poniéndoles una losa encima, como una alfombra que se convierte en colina cuando no admite más cochambre. Así quieren hacer con Santullano ignorando que la capacidad de transmisión de vibraciones de los sólidos, léase el hormigón, puede multiplicar la agresión a la joya prerrománica. En El Berrón, una vez indultada la casa del Colegiau, eso sí, tras ser forzada con elementos que alteran su volumetría, amenazan con cubrir las vías con la socorrida losa y coronar ésta con el habitual 'edificio emblemático'. Nada que ver con los ferrocarriles de Snowdonia en Gales o el Alford Valley Railway escocés, ejemplo de cómo trenes históricos se pueden convertir en polos de atracción turística sin cambiar el paso ni la voz.

En Sopeña de Cabuérniga no hay tren ni falta que les hace, pero no pierden el recuerdo de sus hijos ilustres como Manuel Llano, un escritor costumbrista que nació el año en que perdimos Cuba. Su muerte, a los cuarenta años, dejó inéditas obras como 'Dolor de tierra verde' o 'El libro de los tontos', que debería ser enciclopédico. Llano ejerció de vaquero en las brañas de la zona, recogiendo más tarde en su libro 'Brañaflor' todo un compendio de relatos y mitos. Trabó amistad con Azorín y Gerardo Diego, que le dedicó un recuerdo en una placa de las escuelas. Otro atractivo de este pueblo de casas nobiliarias y quesos fragantes es el plátano de Sopeña, de treinta metros de altura y cuatro de grosor que, como sus hermanos pequeños, da sombra a un estío siempre fresco.

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