La flor desterrada

RUBÉN FIGAREDO
La flor desterrada

Lucrecia es dominicana, de color café y caderas de las que prometen vida, se marchó de su sol y cambió el Caribe por las pendientes verdes de Pisueña, la incertidumbre por la seguridad, y el acento cantarín por el silabeo recio de un mocetón montañés. Lucrecia no baila, pero eso sólo es una realidad aparente. Cuando atacamos nuestro pase latino el merengue le da en la frente y la cumbia reanima sus días de luz tropical, que se agolpan en unos ojos que buscan horizontes donde sólo hay riscos. Su hombre fuma indiferente a una distancia lejana al abrazo. Me apetece saltar del escenario a mover con ella su nostalgia hasta que se disuelva en el aire pasiego, apretar su cuerpo y que broten las lágrimas retenidas, recordarle que todos tenemos derecho al aquí y ahora aunque seamos flores sin tierra, el resto de lo que un día fuimos en espera de la primavera. En la pequeña capilla rezan por los jóvenes del pueblo devorados por la carretera, demasiados para un sitio tan pequeño. En sus cunetas afiladas hay mucha muerte en espera de un despiste fatal. Por allí me entero de que el último minero del azabache, Tomás Noval, un maestro de ojos azules y conversaciones sabias con el que viví la aventura de entrar en una mina se ha marchado para siempre de la mariña. Nunca hablamos de si creía en Dios, pero lo que tengo claro es que Dios si creía en él. Ya no le veremos más caminado por Oles con su lámpara de carburo y su saco lleno con la reluciente oscuridad del azabache que extraía contraviniendo todas las normas de industria.

Estamos en el mes de la fiesta y no hay espacio suficiente para dar cuenta de todo lo que ven nuestros ojos, de la belleza oculta de pueblecitos como Villanueva del Anía o de Tábara el escenario zamorano que vio nacer a León Felipe, donde imaginó con los ojos entornados la figura de un Quijote desarmado, antes de que, como protagonista de la primera 'road movie' de la historia, fuera un derrotado más condenado al exilio. Escribir es quitarse la armadura, abrirse la taleguilla y ofrecerse a lo que venga y en Arija lo que llegó fue un embalse descomunal que anegó los sueños de muchos para favorecer los de otros que no conocieron sus campos y caseríos. Lo inauguró en 1952 un Franco de primera comunión, disfrazado de almirante. Medio siglo después los ribereños siguen esperando las compensaciones prometidas Frente al precioso ayuntamiento todavía hay un pilar y un pozo de cuando se iba a ver al alcalde en caballería y la gente era obediente y ataba al jefe donde mandaba el burro. Entre el poder temporal y celestial los jóvenes bailan la jota, «el señor cura no baila porque no tiene corona, !baile señor cura baile que Dios todo lo perdona!. Cantamos por Alejandro Fernández «mátala con una sobredosis de ternura». Ojala fuera siempre así. Para la familia de Tomás Noval y María de León Reyes.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos