El último que apague la luz

RUBÉN FIGAREDO
El último que apague la luz

Toda lamentación es vulgar si no la acompaña la acción. El mercado nos obliga a ser comprensibles para todos, y por tanto previsibles. Servimos a una memoria auditiva común que no quiere sobresaltos, que lo más que llega a admitir -y eso en el segmento juvenil del auditorio- es el tritono diabólico, proscrito en las partituras medievales y elemento esencial del heavy con el que santificamos las fiestas. A casi nadie le interesa conocer, nos conformamos con reconocer, identificar lo ya sabido que nos reafirma en nuestro yo sin permitir que nada se cuestione. La música, y la cultura en general, se convierte en un conjunto de prejuicios que prefieren revivir que vivir, buscando la mayor similitud entre lo presente y lo que recordamos, edulcorado por el paso del tiempo.

El arte, último reducto de la pureza, sólo puede mantener su razón de ser si es capaz de aislarse del mercado. Es una savia sin finalidad que incumple con la productividad propia del sistema y ofrece placer al sujeto que lo disfruta, que, en consecuencia, no buscará fuera aquello que él mismo es capaz de producir.

La soledad de esta tribuna no renuncia a la comunicación, sino que se niega a hacer de ella algo trivial y domesticado. No hay más que pensar en las operaciones triunfo -que tanto recuerdan a las operaciones Plus-Ultra del Nodo- en las que en vez de premiar la fertilidad familiar y la mansedumbre juvenil pugnan por extraer de adocenados candidatos, y mediante cesárea, el talento mínimo y las tragaderas máximas para repetir hasta la saciedad, con un virtuoso aburrimiento (sólo roto por el apocalíptico Risto Mejode) los esquemas más sobados del repertorio universal de música ligera.

La gira veraniega nos ha llevado a Villalar, el pueblo vallisoletano conocido por la derrota de los Comuneros después de una revuelta que para unos fue una lucha para conservar derechos feudales y para otros la pugna del pueblo para decidir su propio destino. En sus peticiones al aturdido Carlos I -que acababa de arribar a Tazones mareado por la travesía, sin nociones de castellano y con un severo síndrome de abstinencia- los Comuneros solicitaban que los cargos públicos del nuevo reino fueran a parar a manos castellanas, ignorando cualquier mérito al eficiente séquito internacional del monarca.

Me recuerda a nuestras disputas a cuento de las lenguas. La libertad del habla es como la de pensamiento, si cavilamos en asturiano, catalán o esperanto generamos unos derechos, cuya negación no produce más que la radicalización del discurso. Nadie nos puede reprochar que queramos ser felices en nuestro rincón, aunque nos abanderen elites políticas cuyos intereses económicos siempre están en lo global y sus preocupaciones locales en lo electoral.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos