Avilés y Salinas en 1894, según Alfonso Pérez Nieva

RAMÓN BARAGAÑO

El escritor y periodista Alfonso Pérez Nieva, auténtico pionero del turismo en Asturias, firmaba así aunque en realidad se llamaba Alfonso Pérez Gómez-Nieva. Nació en Madrid el 19 de mayo del año 1859 y falleció en Badajoz en 1931. Estudió Filosofía y Letras y fue funcionario del Ministerio de Instrucción Pública, donde ejerció el cargo de jefe del Negociado de Institutos Generales y Técnicos. Ocupó el puesto de ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en dos ocasiones, aunque en ambas de manera ocasional: del 17 de septiembre al 21 de diciembre de 1923, como funcionario habilitado; y del 5 de agosto al 24 del mismo mes de 1925, como interino durante la ausencia del titular del cargo. Colaboró en numerosos periódicos y revistas, entre ellos en 'Revista de España', 'La Ilustración Española y Americana', 'El Imparcial', 'El Liberal', 'Heraldo de Madrid', 'ABC' y 'Blanco y Negro'.

Prolífico autor de más de cuarenta títulos, Pérez Nieva cultivó casi todos los géneros: novelas, cuentos y narraciones, poesía, libros de viajes, teatro. Literariamente se encuadra dentro del naturalismo cristiano y conservador, defensor de los valores tradicionales. Entre sus novelas se pueden citar 'Esperanza y caridad' (1885), 'El alma dormida' (1889), 'El señor Carrascas' (1889), 'Ágata' (1897), 'El buen sentido' (1905), 'La dulce obscuridad' (1907) y 'La alemanita' (1914). En sus últimos años cultivó la novela de tema histórico, en obras como 'El paje de la duquesa' (1923) y 'El juez, el duque y la comedianta' (1931). Publicó además numerosos cuentos y relatos; tres libros de poemas; 'La romántica' (1892), obra que se estrenó en el Teatro de la Princesa de Madrid; y los libros de viajes 'Por Levante' (1892), 'Un viaje a Asturias pasando por León' (1895), 'Por la Montaña' (1896), 'Por las Rías Bajas' (1900) y 'Viajando por Europa' (1911).

El viaje a Asturias

Verdadero precursor del turismo en la región asturiana, Pérez Nieva recorrió, durante los meses de agosto y septiembre de 1894, gran parte de Asturias (Oviedo, Covadonga, Trubia, Avilés, Salinas, la desembocadura del río Nalón, Luanco, Candás y Gijón), a donde llegó en tren procedente de Madrid. Antes había visitado la ciudad de León y con el material recogido escribió el libro 'Un viaje a Asturias pasando por León', que se publicó en Madrid en 1895. La obra está dedicada al escritor asturiano Alfredo S. de la Escosura, y en dicha dedicatoria declara el autor: «Estas humildísimas notas de viaje son sencillamente un himno a Asturias, entonado por uno de sus más entusiastas admiradores». También aprovecha para aclarar que él lleva algo de asturiano en su sangre, ya que su abuelo paterno era natural de La Frecha, en la parroquia de Sevares (concejo de Piloña).

El libro constituye una clara invitación a visitar y conocer esta hermosa región, de la que Pérez Nieva se despide con esta sentida reflexión: «Jamás la vuelta al hogar madrileño me pareció tan triste, y es que, tal vez como en ninguna otra parte, he encontrado en la tierra asturiana, que atrás dejamos, satisfechas mis dos grandes pasiones: el arte viejo y la naturaleza dulce. Dos meses son poco para conocerla a fondo, pero es bastante para amarla, para que no se olvide nunca».

Avilés

Pérez Nieva viajó en tren desde Oviedo hasta la villa avilesina, que describe así: «Una ría, poco pintoresca por cierto, pasa junto al pueblo, que, tierra adentro, asienta sus casas y prolonga sus calles en cuesta. Su vestíbulo no puede ser más lindo. Un amplio paseo con jardines y grandes edificios de piedra que le circundan, constituyendo así una espaciosa plaza. En ella misma se descubre una fachada antigua, con amarillenta arquería de medio punto».

«Internándose en la minúscula ciudad, encuéntrase el turista por todas partes recuerdos artísticos de otros días». Y aquí describe el autor muy acertadamente el palacio de Valdecarzana, el de Camposagrado, el de Ferrera, el Ayuntamiento, la iglesia de San Nicolás de Bari y la capilla de los Alas. Y dice: «Avilés es pequeña, pero monumental, y lo que habla muy en su favor: conserva con esmero sus monumentos, probando de tal suerte una cultura que para sí quisieran más de cuatro encopetadas capitales. Aspira a modernizarse, pero sin dejar de rendir culto al pasado, al noble pasado, siempre venerable como un abuelo».

«Aparte de lo legado por otros tiempos, Avilés resulta una población amplia, desahogada, de buenas casas, de excelentes calles, alguna moderna y anchurosa. La casualidad nos ha traído en domingo. La banda municipal toca en el paseo. Un trasunto del salón del Prado de Madrid, sin que tenga que envidiarle en nada sus mujeres, elegantes, vestidas irreprochablemente a la última moda. Se observa aquí bienestar, bolsillo repleto, gran orden, y sobre todo, una administración excelente y un cuidado constante por el bien parecer de su ciudad». Y destaca dos peculiaridades avilesinas: el Fuero y la fonda La Serrana, que equipara al reconocido restaurante madrileño Lhardy.

Cita también el concurrido mercado de ganado y la cerámica negra de Miranda: «En el recinto de una plaza, y bajo unos soportales, en hileras o en grupos, tendidos sobre el suelo, descúbrense multitud de pucheros, de ollas, de jarros, de cazuelas, de escudillas, de librillos fabricados por un barro negro que a primera vista resulta hierro pavonado». Y aprovecha el autor para resaltar que en Asturias las mujeres del pueblo fuman tanto como los hombres, y más que en ninguna otra región de España.

Salinas

También visitó la vecina localidad veraniega de Castrillón, adonde se iba, en doce o catorce minutos de viaje, en tranvía de vapor desde Avilés. Y escribe: «La playa de Salinas es magnífica, de una longitud enorme, abrigada a la vez y de limpio piso. Un pelotón de hotelitos desparramados por el terreno, junto a las olas, constituyendo calles, sirve de albergue a los bañistas (...) Mañana será, acaso, un lugar delicioso para pasar el estío junto al mar; pero necesita multiplicar los albergues. El sitio es encantador, la libertad de que en él se goza apetecible, el carácter de sus habitantes bondadoso, su deseo de complacer grandísimo; pero tales bienandanzas han cundido, los forasteros acuden en mayor número del que se les esperaba, y resulta difícil encontrar donde hospedarse».

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