El cantor

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
El cantor

A Juan Carlos Gea le fascinan las ruinas. Lo cual, en un poeta cuyo tema único, abrasador, obsesivo, es la Historia, resulta una petición de principio. Porque la Historia, para Gea, es tan ciega como pueril en su horrenda contabilidad de cadáveres, una escombrera sobre la que, al modo de un depósito geológico, el hombre acumula afanes, ruegos, los tristes cachivaches de su gloria. Duramos lo que dura nuestro nombre, y aun así, qué vano consuelo es ese, cuando a lo que aspiramos es a la inmortalidad de la carne.

Si 'El temblor', su anterior libro, organizaba su alucinado registro oratorio sobre uno de los hitos fundadores de la Modernidad (la negación definitiva de toda esperanza de teodicea tras el terremoto lisboeta de 1755), 'Occidente', su hermano en esplendor, recorre el torbellino histórico con la excusa de levantar un plausible mapa de Gijón, mapa que se adivina una coartada para reflexionar sobre cierta constelación de significado que desde siempre obsesiona al autor: el mal, la sinrazón, el consuelo imposible de la literatura.

A Gea la etiqueta de poeta lo define tan escasa y vagamente como a Walter Benjamin, figura vicaria por excelencia en la educación sentimental e intelectual de Juan Carlos, lo hacía la de filósofo. Gea escribe sub specie poesía porque, a día de hoy, hemos sido incapaces de inventar un arte total. Su anhelo por poner nombre a las cosas, su prolijidad, su expansividad, necesitarían de una plataforma expresiva de la que hoy carecemos. Yo, al menos, imagino Occidente con música de Messiaen y con Bengt Ekerot, el actor que interpretaba a la Muerte en El séptimo sello, paseando por San Lorenzo. Lo cual, contrariamente a lo que pudiera pensarse, no implica un presagio de holocausto, sino un testimonio de lucidez.

En los versos finales de 'Occidente' un hombre reencuentra la calma del sueño y penetra en la noche como un barco en la bahía. Lo hace con resignado fatalismo, relegándose a una instancia que de Vísperas a Completas alimenta nuestro fracaso y, en ocasiones, condesciende con nuestro talento. Esa instancia es el Tiempo, en cuya vertical nos congregamos como un rebaño algo melancólico para escuchar al cantor, a quien nos explica, a quien nos dice.

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