Juan Blas Sitges y Grifoll, un sabio olvidado

FERNANDO BALBUENA
Los restos del prócer reposan en San Martín de Laspra. / LVA/
Los restos del prócer reposan en San Martín de Laspra. / LVA

Don Juan Blas Sitges y Grifoll fue un verdadero 'uomo universale', como aquellos que dio el Renacimiento, porque este hombre, extraordinario por muchos conceptos en los tiempos modernos, cultivó con éxito las ciencias más dispares, tales como son la Administración, la Economía, la Ingeniería y la Historia y como veremos a lo largo de este artículo, en todas ellas destacó por su rigor y por sus profundos conocimientos. Merece, pues, nuestro personaje de hoy que le rescatemos del injusto olvido en el que yace, porque además de las razones mencionadas, fue un hombre que estuvo muy vinculado a nuestra comarca desde sus primeros años profesionales, pues fue Luarca su primer destino oficial como Vista de Aduanas. Ya en su madurez, visitó Asturias más frecuentemente y pasó aquí largas temporadas, y en sus últimos años residió permanentemente en Castrillón, donde su hijo, don Juan Sitges Aranda, era Ingeniero Director de la Factoría de Zinc de la Real Compañía Asturiana de Minas en Arnao. En esta localidad murió Juan Blas Sitges, tras una gloriosa ancianidad compartida con sus más allegados, y allí se le enterró en el cementerio de San Martín de Laspra, la pequeña parroquia castrillonense desde la que se domina un maravilloso panorama sobre la mar y la mayor playa de Asturias, le bellísima concha de Salinas-San Juan.

Juan Blas Sitges nació en Mahón el 24 de abril del año 1842. Fue hijo de un inteligente y muy bien considerado funcionario, Juan Sitges Faner, que quiso dar a su hijo una educación esmerada, y así, lo envió a Barcelona, donde, de 1854 a 1856 estudió en el seminario de los Escolapios de aquella ciudad, pasando seguidamente a Beziers (Francia) donde perfeccionó sus conocimientos en el Colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana durante más de tres años, haciéndolo con gran aprovechamiento y siendo absolutamente bilingüe ya en aquella temprana edad. Posteriormente llegó a dominar otros tres idiomas, además del catalán, el castellano y el francés.

Siguiendo el ejemplo paterno, optó para su futuro por el servicio del Estado y así se trasladó a Madrid, donde opositó y obtuvo brillantemente plaza en el Cuerpo Pericial de Aduanas, una de las carreras oficiales que ofrecía grandes dificultades de ingreso y en la que se exigían dotes de preparación, inteligencia y laboriosidad similares a las de cualquier Escuela Especial de Ingeniería. Terminó su carrera a los diez y ocho años y fue destinado a Luarca, donde comenzó a ejercer su profesión. En 1821 fue trasladado de Asturias a Barcelona. Allí, además de ejercer su profesión en la Aduana Nacional, ingresó en la Escuela Especial de Ingenieros Industriales, en la que se graduó con brillantez, destacando en el estudio y práctica de la Química Industrial, materia en la que llegó a ser una autoridad. Tanto es así que, destinado posteriormente a Madrid para ocupar un importante puesto en la Dirección General de Aduanas, desde el año 1867 dio clases de Química en una academia preparatoria para el ingreso en las distintas Escuelas Especiales de Ingeniería.

Su hoja de servicios al Estado es extraordinaria, sus ascensos en el Cuerpo de Aduanas hacia los cargos de responsabilidad que desempeñó no se debieron jamás al amiguismo personal ni, menos aún, a la coyuntura política. Los criterios de mérito y capacidad rigieron siempre su trayectoria profesional llevándole hasta la máxima categoría a que en su Cuerpo podía aspirar: la Dirección General de Aduanas en el Ministerio de Hacienda, puesto que si bien políticamente es considerado como 'cargo de confianza', en su caso, y habiéndolo rechazado en 1882, siendo ministro del ramo Camacho, hubo de aceptarlo en 1899, desempeñándolo hasta su merecida jubilación.

Trabajo para el Estado

Son innumerables las misiones administrativas, los informes técnicos y los trabajos profesionales que para la Administración del Estado hubo de realizar. Así, por ejemplo, en 1870 hizo un largo, penoso y exhaustivo trabajo analizando minuciosamente centenares de muestras de vinos españoles que sirvieron de base para un tratado comercial con Inglaterra. Fue este trabajo analítico fruto de sus conocimientos de química. Y fruto asimismo de su preparación como ingeniero industrial fue la publicación, en 1872, de un tratado sobre Artes Mecánicas y Procedimientos Industriales que alcanzó seis ediciones y que sirvió de texto a los peritos de esta especialidad. Asiduo colaborador de 'La Gaceta Industrial', publicó en dicho periódico numerosos artículos y otros muy interesantes trabajos técnicos y profesionales. A finales de 1877 fue comisionado a París para la firma de un tratado comercial que felizmente llevó a cabo en condiciones ventajosas para España. Intervino en el tratado de comercio con Suiza y en la reforma arancelaria de 1906. Y tras su jubilación aún desempeñó el cargo de vicepresidente de la Junta de Aranceles y Valoraciones, a la vez que dirigía los periódicos oficiales 'El Eco de las Aduanas' y 'La Crónica de la Industria', además de colaborar asiduamente en La Gaceta Industrial.

En 1896 realizó un largo viaje de trabajo por Europa para investigar e informar al Gobierno español de las causas de la bajada internacional del precio del trigo, cosa que afectaba profundamente a nuestra economía, en aquel entonces todavía muy dependiente del sector primario. Durante este periplo visitó y estudió las condiciones agrarias de Francia, Hungría, Turquía y Rusia, países muy importantes en la producción de trigo. El viaje sirvió para elaborar un muy documentado informe con el que el Gobierno dictó varios decretos encaminados a regular la producción, exportación e importación de cereales, así como a mejorar nuestras condiciones de competitividad, fijar estímulos y subvenciones y, a la vez, establecer aranceles para la protección de nuestra agricultura.

Tratado de paz

Elaboró docenas y docenas de informes cuya relación haría excesivamente largo el recuento de sus incontables méritos como funcionario público. Quizá es imprescindible señalar que formó parte de la Comisión que elaboró en París el Tratado de paz con los Estados Unidos, tras la guerra de 1898.

Pero no solamente en la actividad pública fue don Juan Blas un personaje eminente. En sus actividades privadas o hobbyes, nos encontramos con una persona apasionada por la Historia, cultivador de la investigación serena, científica y desapasionada.

Su campo histórico de trabajo fue la baja edad media y el comienzo de la moderna, época enormemente interesante pues de ahí parte la construcción de España como Estado unitario, al menos convencionalmente, pues es bien sabido que rigurosamente hablando en términos históricos esta afirmación no es exacta, pero indudablemente la época que mencionamos y que don Juan Blas estudió es el antecedente próximo de la unidad de España y se refirió a dicho periodo con la composición de las siguientes obras:

1910: 'Las Mujeres del Rey Don Pedro I de Castilla'. 1911: 'Proceso y muerte de Don Bernar de Cabrera'. 1913: 'Enrique IV y la Excelente Señora, llamada vulgarmente Doña Juana 'la Beltraneja'. 1913: 'El Monasterio religiosas Benedictinas de San Pelayo el Real' (Oviedo). 1914: 'El Monasterio de San Pedro el Real' (Madrid)

Hizo también alguna incursión en la época contemporánea mediante artículos de prensa y otros trabajos de menos altura, pero no podemos pasar por alto un opúsculo que dejó inédito y manuscrito sobre numismática, titulado 'Las Monedas Carlistas 1837-1885', que posteriormente, en 1987, publicó una editorial avilesina, con una tirada simbólica de 20 ejemplares, que hoy son ya una rareza bibliográfica. Igualmente dejó a sus herederos un importante legado sobre los judíos sefardíes, comunidades con las que estuvo muy relacionado, así como una copiosa correspondencia con personalidades ilustres, entre las que cabe destacar la familia Dreyfuss de Francia. Sería sumamente ilustrativo profundizar en sus desmitificaciones de los Reyes Católicos, del Rey Don Pedro I (llamado 'el Cruel') de doña Inés de Castro, heroína de dramas románticos falseadores de su personalidad y un largo etcétera.

No quedaría completo este breve y modesto trabajo, si no nos refiriéramos, aunque lo hagamos casi telegráficamente a su peripecia personal que es como sigue. Se casó en primeras nupcias con doña Josefa Aranda, viuda de Sempau, que ya tenía otro hijo, Antonio Sempau (persona también vinculada a la Real Compañía Asturiana de Minas). Fue padre de un solo hijo, a quien nos hemos referido. Enviudó de doña Pepita (como se le llamaba cariñosamente) y contrajo nuevo matrimonio con otra viuda, doña Pilar Murga Gómez, con quien no tuvo descendencia, enviudando también de ella el 28 de enero de 1915. Don Juan Blas falleció en Arnao el día 12 de junio de 1919.